El eterno amor de una madre

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Uno de los relatos que escribí tiene que ver con esta historia. Lo curioso es que lo ideé hará un aňo y de este triste suceso me enteré ayer. Desde luego que existen realidades que si no superan a la ficción, desde luego la igualan.

Esta que veis arriba es la tumba de Florence Irene Ford. Corría el aňo 1871 cuando la pequeňa Florence murió cuando apenas contaba con 10 aňos de edad a causa de la fiebre amarilla.
Pues bien,en vida, Florence le tenía pavor a las tormentas y su madre, no queriendo dejarla nunca sola mientras duraban los truenos, le leía cuentos y la acariciaba mientras duraba la tempestad.

Cuando Florence murió su madre no quiso renunciar a dejar sola a su pequeňa niňa y mandó construir una diminuta cámara subterránea adyacente a la tumba de su hijita, con una pequeňa ventana contigua al ataud, a la altura donde reposaría su cabecita.
Así que muchos aňos después de la muerte de Florence,su madre acudía cementerio para leerle cuentos durante las tormentas.

Las escaleras que llevan a la cámara todavía permanecen, pero la ventana fue tapiada en 1950.

A continuación os deleito con una recreación de esta triste,melancólica pero esperanzadora escena por el ilustrador Pau Gavino.

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La balsa de la Medusa

La Balsa de la Medusa (1819)  de Théodore Géricault

La Balsa de la Medusa (1819) de Théodore Géricault

En 1816, la fragata Medusa comandando varios navíos, partía de Francia destino a Senegal. La arrogancia de su capitán el  Vizconde Hugues Duroy de Chaumereys, empeñado en llegar el primero, unida a su incompetencia, hizo que el barco se desviase de su rumbo y acabase encallando en un banco de arena frente a las costas de Mauritania.

Los 6 botes de la fragata no eran suficientes para las 400 personas embarcadas  por lo que se decidió construir una rudimentaria balsa donde 146 personas se apiñaron arrastrados por uno de los botes con la intención de llegar a las costas africanas distantes unos 70 kilómetros.

Pero muy pronto el capitán decidió dejar a los náufragos de la balsa abandonados a su suerte. Comienza aquí una terrible experiencia colectiva humana: desesperados, hambrientos y sedientos, se produjeron matanzas donde los más débiles perecieron, unos comieron de sus compañeros muertos y bebieron su sangre, unos se arrojaron al mar ante el espanto y la locura y otros simplemente murieron o se dejaron morir de hambre. Cuando 13 días después la nave Arqus  de forma completamente casual encuentra la balsa,  sólo habían sobrevivido 15 hombres.

Théodore Géricault (1791-1824) alcanzó fama internacional con esta obra de gran formato que se considera una de las grandes del romanticismo francés. Si algún día vais por el Museo del Louvre en París no dejéis de admirar este cuadro, quizá, sólo quizá, podáis sentir el horror de hace casi 200 años.