Berenice, de E. Allan Poe. Adaptación.

Padezco una terrible enfermedad. Me llamo Agaeus, y, como acabo de indicar, tengo una fatal enfermedad. Me paso horas, días, noches enteras observando los más comunes objetos: una lámpara, un libro… Con los más triviales sucesos, me sumo en una especie de meditación intensa y permanente, de la que me es extremadamente difícil salir.

Vivo, o mejor dicho, vivía, con mi prima, Berenice. Ella era alta, esbelta, ágil, positiva, aventurera… Hasta que cayó sobre ella una especie de epilepsia, que con frecuencia la dejaba en una especie de trance, estado semejante al fin de su existencia.

Esta enfermedad avanzaba rápidamente,  hasta el punto de que yo no reconocía a mi prima ni física ni mentalmente. Los días encerrados en la biblioteca que había pasado yo, eran ahora de ella. Sus rubios cabellos eran ahora negros como el azabache. Su presencia era ahora fantasmal y gélida, y mi corazón, que tan prendido estuvo de ella, ahora la evitaba. Sus ojos parecían no tener pupilas, y sus labios parecían haber encogido. Lo único que no habían cambiado eran esos embelesadores dientes. ¡Oh, esas perlas eran pureza, placer, devoción! Verlos era como sumirse en un universo paralelo, misterioso y fascinante. Eran más blancos que las nubes, que las túnicas de los ángeles, ¡Que la luz misma! ¡Los dientes, oh, sus maravillosos dientes!

Entonces, me sumí en una de mis espantosas y largas meditaciones, hasta que un grito de horror me sacó de mi letargo. Me dirigí a la biblioteca, y una criada me informó de que, tras un fuertísimo ataque de epilepsia, Berenice ya no estaba entre nosotros.

Caminé hacia la sala de la despedida, para ver lo que quedaba de mi prima. Casi todo el cuerpo estaba con vendas, y una le sujetaba la mandíbula, que se había partido en dos.  Pero lo que seguía intacta era su blanca, resplandeciente y espantosa dentadura.  Salí corriendo de allí, y me desperté a medianoche, sentado en una silla de la biblioteca.

Entró en el cuarto, tembloroso,  criado.  Yo no recordaba absolutamente nada, y a mi lado había una pequeña caja perteneciente al médico de la familia.

Tras un breve espacio de tiempo, el criado, con una voz entrecortada y casi ininteligible, me informó de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche. A continuación, me susurró con un tono espeluznante algo de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡Aún vivía!

Después, señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y sangre. Luego me cogió la mano: tenía sangre y trozos de uñas humanas. Detrás de mi silla, había una pala. Con un grito, agarré la caja, pero no pude abrirla. Con el temblor de mis manos, se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, y entre estos, cayeron también unos instrumentos de cirugía dental y 32 blanquísimos dientes.

Berenice

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Edgar Allan Poe,

Edgar Allan Poe fue, es y seguirá siendo una persona única, irrepetible. Es el creador de todo un género, el relato policíaco, y es también, sin duda alguna, el gran maestro del relato macabro corto. Hay que decir también, por supuesto, que fue un gran contribuidor al género de la ciencia-ficción.

Su vida fue, en cierto modo, también una bastante breve novela de terror: Cuando era tan solo un niño, sus padres, actores itinerantes en una situación económica bastante mala, murieron y, posteriormente, fue adoptado por una adinerada familia. Sin embargo, cuando las cosas le empezaban a ir bien, empezó a tener malas relaciones especialmente con su padrastro, hasta que al final lo desheredaron y rompieron todo tipo de relación con él, dejándolo abandonado en la calle. Cuando fue a la Universidad, su afición al juego y la bebida le llevaron a la expulsión permanente del centro.  Después de todo esto, escribió anónimamente, para ganarse la vida, Tamerlane and Other Poems (“Tamerlán y otros poemas”), 1827, su primer libro. Firmó como “un bostoniano”, pues su padre adoptivo le había prohibido terminantemente dedicarse a la literatura. El libro, a pesar de que tan solo tuvo 50 copias en la primera tirada, demostró que Poe era un niño prodigio, pues la mayoría de esos poemas habían sido compuestos cuando tenía solamente 13 años.

Se cumplieron, en 2009,  200 años de su tristísima, trágica y repugnante muerte a la que ya hizo Fátima referencia en la última sesión del Club. Y, como también nos recordó Fátima, la horrible historia de terror que fue su vida, no le dejó descansar en paz ni aún después de muerto: en el modestísimo entierro que tuvo el afamadísimo Poe, solo asistieron 7 personas. Y para colmo, al poco de ser enterrado, un carruaje volcó encima de su tumba, matando a 3 de los 4 pasajeros del vehículo.

Para terminar, aquí unas cuantas recomendaciones del grandísimo escritor, poeta, cuentacuentos, físico, matemático, crítico y periodista romántico:

La Caída de la Casa de los Usher (1839)

Ligeia (1838), de la que cabe mencionar que a Poe tan solo le pagaron 10$ por esta y otra historia suya más.

El Retrato Oval (1842) (Originalmente, “La Vida en Muerte”)

-Berenice (1835) Es tan terrorífica y espantosa esta historia, que al ser publicada por primera vez en una revista de relatos de terror, tuvo cientos de quejas, y diciendo que una cosa eran relatos de terror, y otra cosa semenjante monstruosidad, por lo que Poe tuvo que hacer una versión recortada. Sin embargo, la que os leímos en el Club, como notasteis, no era la recortada, sino la original.

-El Gato Negro (1843), calificado por la crítica mundial como “uno de los relatos más espeluznantes de toda la historia de la literatura”.

-Las Aventuras de Arturo Gordon Pym, o La Narración de Arturo Gordon Pym (1838), su única novela, publicada primero en varios tomos y después conjuntamente.

-Morella (1835)

-Silencio (1838)

-La Máscara de la Muerte Roja (1842)

-Eleonora (1842), que es, seguramente, el que más le gusta a Fátima, porque más que acabar en sangre y calaveras acaba en corazoncitos… XD

-Los Crímenes de la Rue Morgue (1841)

Y por último, el que, por lo menos en mi opinión, es el mejor de los relatos de Edgar Allan Poe:

-El Corazón Delator (1843), que influyó muy notablemente en la Música (y no solo de la época), el Cine y, por supuesto, en la literatura de Terror. Y, también como dijo Robert Louis Stevenson, “este relato hace notar la  poco menos que inverosímil agudeza en el resbaladizo terreno entre la cordura y la demencia“.

Y para acabar el post, esta deliciosa y terrorífica ilustración inspirada en el autor:

Caricatura de Edgar Allan Poe

P.D: Además, aquí podréis leer casi todos los relatos de Edgar A. Poe on-line.