Una docena de galletas (Cuento de Navidad)

By Melikeacar

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Tengo una pastelería de éxito en la Calle de la Torre, una gran mujer y una preciosa familia.   Soy un hombre feliz. Pero no siempre fue así…

Los problemas vinieron a mi tienda hace tres años, bajo la apariencia de una apacible anciana.  Recuerdo que era Nochebuena y los clientes apuraban los últimos detalles para su mesa. La mujer entró en la pastelería unos minutos antes del cierre y me dijo:   “Quiero una docena de esas bonitas galletas”, señalando unas pastas de San Nicolás. Yo soy más de Reyes Magos, pero San Nicolás, Santa Claus o Papá Nöel para los niños, se estaba poniendo de moda estos últimos años entre los más pequeños y con las galletas también hacía negocio.

–          Una, dos, tres, cuatro… doce galletas.

 Los ojos de la anciana se estrecharon.

 -“Sólo doce?”, preguntó.   Supe inmediatamente lo que quería.   Algunos panaderos de la ciudad echaban alguna galleta extra en las bandejas, pero a mí me consternaba esa costumbre. Era mi trabajo y debía cobrar por él.
–   “Una docena son doce, mi buena mujer, y eso es lo que te he dado”, le contesté. Tengo una familia que mantener, si reparto gratis todos mis pasteles, cómo podré  alimentarlos?  Una docena son doce y no trece “
–  “Muy bien”, contestó, y salió de la tienda sin las pastas.
A partir de ese momento, mi suerte cambió.   Esa misma noche entraron en la tienda y robaron los bombones y demás dulzadas , pero además mi pan se negó a subir: cada barra que metía en el horno era tan pesada que sólo podía echarla al fuego.  Tuve que  adquirir el pan en una panificadora para no fallarle a los clientes. Angustiado, pensé que me habían aojado.  Fue entonces cuando me acordé de la vieja que vino a la tienda, y tuve miedo.
A la semana siguiente, la anciana volvió a aparecer en mi tienda y pidió una docena de la última hornada de mis galletas.   Yo estaba enojado.

 – ¿Cómo se atreve a venir después de toda la mala suerte que me ha traído? La anciana volvió a entornar los ojos, mirándome fijamente, y sin decir nada, se marchó. .

Las cosas se pusieron realmente feas a partir de entonces.   Mi pan se agrió, los donuts amargaban, las tartas se desmontaban tan pronto salían del horno y las galletas carecían de sabor.

Mis clientes empezaban a fallar y se rumoreaba por el barrio que mis pasteles no eran tan buenos.  Yo estaba realmente colérico.  Ninguna meiga me iba a derrotar.   Así que cuando la anciana vino a mi tienda por  tercera vez para comprar una docena de galletas, la mandé al diablo y cerré la puerta tras ella.       Después de ese día, todo se arruinó.  Mis clientes empezaron a evitar mi pastelería, ahora maldita, incluso aquellos que habían venido todos los días durante años.

Finalmente, mi familia y yo fuimos los únicos que comíamos de mi hornada requemada. Fue la desesperación la que me hizo acompañar a mi esposa a una iglesia cercana, la de San Nicolás, patrón de los comerciantes. Le supliqué que levantase la maldición pues mi familia no tenía la culpa de mi avaricia.

Al día siguiente intenté realizar de nuevo las galletas de Santa Claus. Cuando las metí en el horno me pregunté qué iba a suceder. ¿Demasiada canela? ¿Exceso de jengibre? ¿Se quemarán?   Para mi sorpresa, salió perfectamente.     Cuando levanté la vista de la bandeja, San Nicolás estaba delante de mí.

No llevaba su cetro ni sus vestiduras de obispo; tampoco ese ridículo traje con el que lo caracterizó una conocida marca de bebidas. Pero era él, con su barba blanca y sus ojos bondadosos, esos ojos donde cabía el universo entero. Mis piernas no me sostuvieron y me senté, mirando al santo. El me devolvió la mirada, pero con una tristeza que me encogió el corazón.

Entonces, me habló: “Pasé mi vida entera ayudando a los enfermos y a los que sufren, y velando por los más pequeños. ¿de qué sirve celebrar el nacimiento de un Dios misericordioso si  nosotros no somos generosos con los que nos rodean?      

No pude soportar mirarle a los ojos y enterré mi cara tras las manos.
“¿Es una galleta extra un precio tan terrible que pagar por la generosidad que Jesús mostró con  nosotros?” me  preguntó suavemente, tocando mi cabeza con la mano.
Luego se fue.   Un momento después, oí como se abría la puerta de la tienda, y unos pasos que se acercaban al mostrador. La anciana venía a por su docena de galletas de San Nicolás.   Me levanté lentamente, conté trece galletas y se los dio a la anciana, de forma gratuita.
Ella asintió enérgicamente.   “El hechizo está roto”, dijo.

A partir de ese día mi pastelería volvió a ser la que era, incluso mejor. Y doce, se convirtió en trece.

Sangrienta navidad

La navidad se acercaba rápidamente a nuestro pequeño pueblo. Todo el mundo estaba atareado, corriendo de aquí para allá, en busca de las mejores ofertas y los mejores regalos.  Las cegadores luces de los porches de las casas iluminaban las calles como pequeñas estrellas .Y casi sin darnos cuenta, llegó la nochebuena.

Invitamos a toda la familia, incluso al tío Ray, el extraño y amargado tío Ray que únicamente se dejaba ver por nuestra casa por navidades. No hablábamos nunca de el, y aún así, seguía viniendo todos los años.

La familia al completo se juntó en nuestra casa, incluyendo obviamente, al viejo tío Ray. Tras un montón de besos manchados de pintalabios, nos sentamos alrededor de la mesa decorada con velas y pequeñas figuritas de angelitos. Los mayores charlaban agradablemente, mientras mi hermanito pequeño bailaba en el salón, gritando: ¡Ya llega Santa Claus!

-Cariño, ¿Qué tal las notas?.

-Bien, bueno..Supongo.- dije encogiendo los hombros.

-¿Qué, ya te has echado un noviete?

Cotillas.

-No- respondí rotundamente.

Y así transcurrió la noche. El tío, ajeno a todo, dormitaba sobre el sillón, junto al fuego.

O eso me parecía, porque cuando me acerqué,  abrió mucho los ojos. Le miré fijamente. Su expresión era de profundo desagrado. Sin saber muy bien lo que hacía, le pregunté:

-Tío, ¿Tú odias la navidad?

-¿Que si odio la navidad..? Que si odio la navidad, dice…-carraspeó siniestramente.

Me miró, y entonces lo ví. Ví ese deje de triste locura en sus ojos negros.

-La mató. ÉL la mató.

-¿Quién?¿Quién..la mató?-pregunté asustada.

-SANTA…CLAUS.

No. El tío estaba..estaba desquiciado. Totalmente. Santa Claus no existió, ni existe, ni existirá. Nunca. Jamás. Eran los padres, los que dejaban los regalos, los que se bebían la leche y se comían las galletas.

-Santa Claus no es real.

Me alejé rápidamente, antes de que respondiera, y me senté con mi familia de nuevo. Intenté apartar la conversación de mi cabeza, sin resultado alguno.

Al final, estaba desesperada, y subí a mi habitación. La verdad es que NO me gustaba nada tener a un loco en la casa. Me tumbé sobre la cama y me quedé muy quieta, hasta dormirme. Soñé con regalos enormes, que al abrirlos, escupían sangre, y en un asesino que me perseguía, con un ridículo disfraz de Santa Claus.

Desperté más o menos sobre las ocho. Lo supe por los débiles rayos que se filtraban por mi ventana. Y entonces lo recordé. ¡Hoy era navidad! Bajé rápidamente al salón donde me esperaba un gran paquete rojo escarlata decorado con una cinta verde, bajo el árbol.

Deshice el lazo en un abrir de ojos, y abrí rápidamente el paquete.

Quise gritar, pero no pude. La voz se había esfumado por la impresión y el horror de la imagen que tenía ante mi.

Las cabezas de mi hermano, mi madre y mi padre estaban en frete mío, con una horrible expresión de miedo en el rostro. Para darle el toque de gracia, les habían dibujado una sangrienta sonrisa sobre la comisura de los labios, y les habían decorado la cabeza con unos rojos gorros de Santa Claus. Y lo peor de todo fue, la nota escrita en sangre que rezaba: ¡FELIZ NAVIDAD! CON MUCHO CARIÑO, DE TU TÍO RAY.

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