Aisha Kandisha

Aisha Kandisha, hija del traidor don Julián, lleva en su sangre el veneno de generaciones de odio y miseria. Si alguna vez se os ocurre, niños, salir de casa después de que se ponga el sol, nunca os acerquéis a ninguna mujer, por hermosa y amable que sea. Y os lo digo yo, como mujer, como anciana, y como viuda.

-¿Por qué, vieja Aaminah? ¿Por qué no se puede?

-¡Abdul! ¿No te he contado esta historia ya unas mil veces? Muy bien, te refrescaré la memoria, pero que sea la última vez.

Por muy hermosa que se presenta la Aisha Kandisha no es otra cosa que una djina; son cientos los hombres que, al verla bañarse en un oasis, un río e incluso cerca de un pozo, no pueden evitar acercarse a ella, y antes de que puedan reaccionar ella vuelve a su forma real, una repulsiva vieja, con la piel corrompida por los siglos, y sus largos cabellos que son en realidad grises y mugrientos mechones que le caen a cada movimiento que hace. Rápidamente, sacaba un largo machete y segaba las cabezas de sus víctimas como si de trigo se tratara. En un suspiro, Aisha ya no estaba, y se veía una rojiza forma esférica flotar en el agua.

Pero claro, ese es el precio que un hombre pagaba por mirar a Aisha Kandisha, torturada por los invasores, traicionada por su propio padre, y una peligrosa djina que venga su propia muerte todas las noches, cerca de un río del Magreb.

Aisha Kandisha

Reflejos de ojos verdes e inocentes, ojos negros y vacíos

-¡Mark! ¡Mark! ¡Mark, te estoy llamando! ¿Acaso no me escuchas?
-Hola, Sandra.
-Srta. Sandra. Y hola. Pero dejemos a un lado los formalismos. Tengo que hablar contigo.
Sandra era una de las personas más inestables que nunca había conocido, así que decidí escucharla.
Mark, he estado escuchando voces. He estado viendo a gente en sueños, a gente que no conozco, pero gente que me conoce. Anoche seguí a una niña preciosa, delicada, inocente y de ojos verdes. Ojos verdes como los que nunca hayas visto, pero de algún modo inquietantes. Me recordaban a los de una lechuza de ojos esmeralda; al igual que ella la muchacha también giraba la cabeza de una forma realmente sorprendente.
-Sandra, oye, lo siento, pero tengo prisa.
Por favor, ¿puedes permitirte escuchar las confesiones de una pobre demente? Yo creo que sí, sobre todo si se trata de una pobre demente que te quiere. Proseguiré: como hechizada por esos ojos, la seguí hasta donde supongo que vivía, o moría… o lo que fuera que hiciese. Y allí vi el horror reflejado, reflejado en cientos de espejos. Aquel lugar no tenía paredes, sino espejos, no había techo, sino imágenes que se hacían invisibles a la vista, pero que de alguna forma se percibían. Y Mark, lloré, y me caí de rodillas, y pedí clemencia. Y no se me escuchó, y lo tenía merecido, por tonta, por imprudente, había acabado en el sitio más espantoso que la mente humana jamás haya podido imaginar; de mis oídos brotaba sangre, y mi alma no podía soportar aquello mucho más. Supliqué que acabaran ya con aquello, en vano. Se me condenó con el peor castigo imaginable: no fue la muerte –ojalá que lo hubiese sido-, sino que se me privó de la esencia, el ánimo, el espíritu, la moralidad e integridad de la que todos los vivos gozan. Mark, ya no sueño, no pienso, solo espero que algún día vuelva a ver a esa niñita de ojos verdes, y que de una vez por todas, termine lo que empezó. Adiós, Mark. Adiós.

Through life and death… the subject.

No sé por qué escribo. Supongo que por aquello de escribir para leerme a mí mismo años después, y arrepentirme de haberlo escrito. Aunque, de todas formas, siempre tendré el consuelo de que nunca nadie habrá leído nada de todos aquellos despropósitos escritos a pluma en unas cuantas libretas descoloridas.

Vivo en un pequeño edificio, o, mejor dicho, en una vivienda rodeada por otras cuatro o cinco que hacía años que nadie habitaba. A pesar del temperamento arisco de los vecinos, siempre reacios a salir a la calle, todos acababan bajando aquellas ruinosas escaleras -sin limpiar desde hará ya unas cuantas décadas- o bien a pie, o bien metidos en un oscuro y maloliente ataúd.

La última en hacerlo fue la Sra. Rhonson, ya se sabe que los peores son los que más tardan en irse. Aquella mujer realmente detestaba esa casa, creo que incluso más que yo. Odiaba aquella vivienda y todo lo que tuviese que ver con ella, especialmente a los vecinos; apenas los conocía, pero, sin embargo, no los soportaba. Por suerte, el… sujeto, por así llamarlo, hace un par de semanas se la llevó para no volver; nadie sabe muy bien si al sótano o al ático, pero lo importante es que se la llevó. Así quedó ya él como únic0 habitante de esa edificación maldita, que antaño tan habitada había estado. Yo, la verdad, creo que es mejor así, que, lo queramos o no, las cosas cambian, y nosotros con ellas. Y si llevas más de siete décadas siendo igual de desagradable con todo el vecindario, pues, tarde o temprano, el irse al otro lado va a acabar llegando.

Él -sujeto al que durante tantos años evité referirme- llevaba allí más tiempo que todos nosotros, más tiempo que la casa, que el suelo y que el cielo. Pero ahora puedo hablar abiertamente sobre él, sobre su historia, y sobre todos los que fuimos sus vecinos. Todos los que nos mudamos allí sabíamos que esa no era una vivienda normal y corriente, pero todos teníamos nuestros motivos: la falta de recursos económicos, las ganas de alejarse del mundo o, simplemente, la curiosidad.

Los primeros en irse yo no los llegué a conocer, salvo por una breve y casi oculta noticia en un periódico local: “otras tres desapariciones en el 13713 del Condado de Blackraven”, y poco más añadían, sabiendo el riesgo que estaban corriendo. Y es que la mayoría de la gente de la zona sabía de sobra que no habían desaparecido, que, de hecho, se habían encontrado restos de sus cuerpos en las colinas que lo rodeaban. Al poco de llegar yo a la casa, posada o como queráis llamarla, se fueron una amable -cualidad extraña entre los vecinos- señora y su gato, de un tono grisáceo tirando a negro. Lo peor es que yo sabía por qué, por mi culpa. Tras insistir bastante, al ver yo que la viejecita tenía ganas de desahogarse, empezó a contarme extrañas y oscuras historias sobre el lugar, historias de magia negra, de criaturas previas al mundo que conocemos; criaturas tan espantosas que se las quiso en la especie humana cuando ésta apareció, ni se les concedió la facultad de morir, posiblemente tampoco la de vivir, criaturas que, simplemente, deciden. Tras prometerme seguir contándome al día siguiente, me fui a mi piso, y, al poco, ya empecé a escuchar los maullidos del gato, que no fueron más que un preludio de que a la ancianita se le había acabado su tiempo entre los vivos.

Hubo otras muchas, pero, al menos para mí, bastante menos relevantes. La siguiente lo suficientemente importante como para ser aquí relatada es, claro está, la mía. Me empezaba a cansar de aquel pequeño infierno; ya ni hacía aquella cama en la que hace tiempo había dormido, porque eso me recordaba a la frialdad de aquel agujero, ¿y acaso hay algo más frío que la soledad? Esa traicionera que poco a poco se apodera de los que, como estuve yo, están solos. Harto de todo, me arriesgué, y baje las escaleras, que a cada paso que daba crujían bajo mis pies. Y cuando ya prácticamente había acabado, el… sujeto se me apareció, y sabiendo que nada tenía que hacer, le dejé leerme los ojos, y leyó lo que tanto temía que leyese y que él tanto deseaba leer: que me iba. Que estaba intentando huir. Y, quién sabe, incluso a relatar alguno de los horrores que allí había presenciado.

No me puedo quejar; todo fue muy rápido: simplemente cerré los ojos y escuché, escuché extrañas conversaciones en idiomas jamás imaginados, sentí golpes secos, de esos que solo se sienten, pero no se oyen ni duelen, y finalmente, un tremendo empujón, y sentir que me abría en dos, y que todo aquello que ya no me iba a servir salía. Cuando volví a recuperar algo parecido a la conciencia, callé. Callé y esperé, muchos años, décadas, horas, minutos, o… quién sabe. Y cogí una de mis antiguas plumas, una de las pocas cosas de las que no había sido despojado, y comencé a escribir. Y ahora te cuento a ti, que no sé quién eres, ni dónde estás, ni tú sabes quién soy, ni dónde estoy, que, por nada del mundo, por favor, te acerques al 13713 del Condado de Blackraven. Una última cosa: si tienes el más mínimo aprecio a tu vida, a la vida de alguien, o… a lo que sea, por nada del mundo cuentes esta extraña historia, si así se puede llamar, de un loco que te escribe desde su celda, por utilizar alguna metáfora y que no te vayas con tan mal sabor de boca.

Lo siento, tengo que dejar de escribir, escucho algo, siento frío… me tengo que ir. No sé a dónde, pero me tengo que ir.

Hasta que lo cuentes a alguien, o, lo que es lo mismo, hasta que este peculiar mundo esté condenado a permanecer junto al… sujeto.

El adosado

No vendas mi casa

La vida parecía perfecta para Marcos.  Había sufrido mucho tras la muerte de su primera esposa pero había vuelto a recuperar la alegría al lado de Sara, su actual amor. Y las cosas no podían ir mejor: Marcos estaba pletórico porque Sara estaba embarazada de gemelos. El coqueto adosado donde vivían era perfecto para tres pero no para albergar a cuatro, así que lo pusieron en venta esperando ilusionados encontrar algo similar pero con tres dormitorios y que no fuese muy caro. Fue entonces cuando empezaron los problemas.

De pronto, todo el adosado se vió envuelto en una nube de un caro perfume. La primera vez que Marcos lo olió palideció y le preguntó a Sara si había cambiado de marca de colonia. Ella lo negó, alegando que no se ponía perfumes desde el embarazo pues le producían malestar.  Marcos, atónito, había reconocido en ese olor el perfume predilecto de su difunta primera esposa.  Posteriormente, los muebles que Sara había movido retornaron a sus lugares originales.  Los libros del pequeño despacho de Marcos, que estaban ordenados por categorías, aparecieron colocados por orden alfabético, que era cómo le gustaba a su anterior mujer.  ¿Qué estaba sucediendo? ¿Acaso el fantasma de la primera mujer de Marcos pululaba por el adosado? Y si era así, ¿por qué ahora que ya había transcurrido un año tras el enlace de Marcos y Sara?

Una tarde que Sara estaba en el sótano haciendo la colada, Marcos salió a tomar un café con un posible comprador.   La verdad es que había hecho una oferta muy generosa y tanto él como Sara estaban seguros de aceptarla. Cuando Sara llenó y programó la lavadora  subió las escaleras con el prosaico propósito de hacerse una manzanilla; entonces , asombrada, descubrió a una mujer joven , sospechosamente translúcida, esperándola en el rellano.

“Esta es mi casa. ¡No vendas mi casa!” gritó.  Sus hermosos rasgos se transformaron en una mueca de rabia y sus ojos se clavaron en los de Sara, que chilló e inconscientemente atravesó la silueta de la mujer. Al llegar arriba miró hacia atrás, apoyándose en la pared para tomar aliento. Al momento, la puerta de la cocina se cerró violentamente, como si álguien la hubiese empujado. Sara se apretó contra la pared y cerró los ojos.  “¡¡No vendas mi casa!! ” , exclamó de nuevo el fantasma, golpeando la puerta.  “¡Si vendes mi casa, me lo pagarás! No vendas mi casa!!”

El rugido de un coche entrando en el garaje mitigó los gritos del fantasma, pero no el terror de Sara, aunque inmediatamente los golpes cesaron.  Cuando Sara describió a la mujer, Marcos reconoció en ella a su difunta esposa. Entonces y tras los acontecimientos del último mes decidieron aplazar la venta del adosado. La pareja contó a un sacerdorte amigo de la familia lo sucedido y este se brindó a realizar unas bendiciones en el chalet, pero no sirvió de nada. La casa siguió llenándose de olor a perfume. Sara , nerviosa por vivir en esa atmósfera fantasmagórica, temía por sus bebés nonatos.   Después de mucho discutir, logró convencer a Marcos de que vendiese el adosado.

Al día siguiente de la mudanza de la familia, Sara despertó con un terrible dolor en el abdomen. Marcos estaba trabajando así que llamó a un taxi y se presentó en el hospital. Desde allí telefoneó  a Marcos, que cogió el coche y a toda velocidad intentó llegar al nacimiento de sus hijos.  Pero entonces, delante de sus retinas, se materializó su primera mujer. Marcos derrapó y chocó contra una farola, aunque tras la autopsia se descubrió que había muerto de un aneurisma cerebral. En el instante en que Marcos moría, una malévola voz le susurraba a la pletórica Sara: “Me quitaste mi casa. Ahora estamos en paz”.

Hoy Sara vive liberada de la presencia del fantasma, aunque pagó con la sangre de su querido esposo la venta del adosado. Pero  cuando mira a los ojos de sus hijos descubre la mirada amorosa de Marcos, y aunque el dolor atenaza su corazón si algo ha aprendido es que él  todavía existe y los esperará, bien en otra vida , bien a ese otro lado.

“Fructus Diaboli”

Ocurrió hace relativamente poco. Iba caminando y, de pronto, me fijé en una pequeña bolita roja. Parecía un fruto. Por supuesto, no lo cogí y seguí andando.

Al llegar a casa me puse a buscar fotos en Internet para un trabajo, y me llamó la atención una foto. Pinché y, efectivamente, era el fruto que me había encontrado. Seguí buscando y, al fin encontré su nombre: Fructus Diaboli.

-¡Qué curioso! -pensé.

Ponía, además, que era extremadamente difícil de conseguir, y que debía su nombre a que, antiguamente, las brujas lo utilizaban en sus misteriosos aquelarres. Además, decía que no se sabía aún, debido a su escasez, de que planta provienen. Lo que leí a continuación me dejó completamente paralizado: dicen que si alguien coge uno del suelo, se convierte en una criatura diabólica, amorfa y de un rojo más intenso que el del propio infierno.

Aliviado por no haberlo cogido, cerré el portátil y me me puse a leer. Cuando abrí el libro, comencé a sangrar por el dedo pulgar. Juraría que el papel no me había ni rozado el pulgar, pero me puse una tirita y continué mi lectura. Me quedé dormido y, soñando, vi a una criatura roja y deforme, que devoraba sin cesar esas extrañas bolitas color carmesí.

Cuando me desperté, me dolía la pierna. Me subí el pantalón, y tenía un arañazo que me atravesaba toda la pierna, que a los pocos momentos comenzó a sangrar. Pero no me dio tiempo a reaccionar: un suave cosquilleo en la nuca, sangre brotando de todo mi cuerpo. Mi abdomen brotó en sangre, ¡sangre y más sangre! Poco a poco, mi cuerpo se iba cubriendo del siniestro líquido rojo. Con el poco aliento que me quedaba, grité: ¡SOCORROOO!

Pero era demasiado tarde: me estaba encogiendo, me estaba volviendo completamente rojo, ¡Me estaba conviertiendo en un Fructus Diaboli! ¡Oh, pobre de mí! ¡Por qué! ¡Por qué no habría acabado de leer aquella página! Acababa diciendo:

Cuenta también una leyenda que los que ven uno de estos frutos y no los cogen, tras una dolorosa y sangrienta transformación, se convierten en uno de estos frutos, y de ahí que no sepan de qué planta procede.

¡No es el fruto de ninguna planta! ¡¡Es el fruto de la más diabólica de todas las maldiciones!!