Susurros de cordura

“Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, como llorando de pena y alegría al mismo tiempo. Como una fugaz mirada al pasado que resbala por el asfalto y se escurre por una sucia alcantarilla, arrastrada por el llanto constante del frío invierno. Una lluvia de melancolía; una soledad de pensamientos y recuerdos que discurren por las cañerías de la casa. Un llanto que hace llover por dentro, llorar en silencio al compás del aguacero. Morir de pena con una sonrisa en la cara, de tan acompañado estar en la más absoluta soledad, y caer en un profundo abismo sin moverse del sitio.

Son estos mis últimos susurros de cordura, que dejo plasmados en el papel antes de lanzarme al pozo de la locura de forma definitiva en un viaje sin retorno. Muy buenas noches.”

 

Se lanza así el hombre al pozo del deseo, y su borrasca de sollozos se pierde en la espiral de una ociosa tarde invernal que poco a poco le consume.

Les relataré si me lo permiten la historia de su autor. No importa de ningún modo su nombre o su aspecto, y mucho menos si no fue más que un producto de mi imaginación o de la suya.

 

Vivía él rodeado de lujo y extravagancias, como solo un hombre que ha pasado por la más absoluta miseria hubiese deseado; y así vivió hasta que un día la demencia llamó a su puerta, y lo dejó todo. Se lanzó a las calles, y allí murió un par de veces, hasta que por fin decidió que su hora ya le llegaba, aunque de ningún modo moriría con el más pequeño atisbo de coherencia o cordura; dejó escrita una breve despedida y se marchó para no volver. Qué equivocados están ustedes en este momento si piensan en mí como una persona sensata y corriente; ni siquiera sospechan que les escribo desde el fondo de los abismos más profundos de la mente y que soy yo el único autor de esta improvisada biografía.

Invierno

El coche se detiene. En medio del camino hay una pila de lo que algún día habían sido mesas. Se encuentra rodeado de campos de calabazas, y el sentimiento de soledad se hace cada vez más presente. Ciertamente, la compañía de la madera rota y las enredaderas no era muy agradable. El hombre ya está fuera del vehículo, y mira al cielo, que amenaza tempestad. Ensimismado, piensa en su pequeño apartamento. La casa de Ella y los campos de maíz que la rodean, bastante más pintorescos que los que tenía ante sus ojos. O  no.  Porque los ojos están cerrados. Y en un instante todo puede cambiar. O  no hacerlo. Sigue nuestro personaje en el particular mundo de su mente, y detiene su bombardeo de pensamientos para escuchar algo. Es la música que el viento  hace al pasar por las rendrijas de la madera, llena de misterio, que cada vez suena con más fuerza que la anterior. Abre los ojos, y está tumbado boca arriba, sobre el asfalto.

A sus pies hay un banco astillado, y sobre él restos de una ventana que brillaban a la tenue luz del sol. Decide levantarse, sin siquiera preguntarse qué hacía tumbado en la carretera, y se acerca a los escombros. Trata de coger un pedazo de vidrio, pero se corta. A los pocos minutos, ya hay un charco color carmesí en el suelo, mas nuestro amigo ya no teme por su vida. La verdad, ya no quiere que nadie le encuentre; ni quiere moverse de allí.

Conforme va cayendo sangre, las nubes van dejando pasar más claridad. Da dos pasos el hombre, oye un lápiz crujir bajo su mocasín y se da cuenta de que ha sido despojado de cuanta visión tenía. Pero no está ciego; ve la luz. Ve la escalera, sube sus peldaños, y llega a casa. Y en casa duerme profundamente, no sea que uno de los de abajo le encuentre. No, imposible; a los que cierran los ojos nadie les busca, ni les encuentra. Y comienza a llover, llueve mucho, como gritando: « ¡Ya  llegó el invierno!»

desierto coche