No digas nada

-¡No mientas! ¡No me mientas!
Un río de lágrimas que eran pensamientos corrían por las mejillas polvorientas de la mujer.
-¿Quieres decirme la verdad? ¡Por qué no quieres decírmela! ¡Dime la verdad!
No habla nadie, y sin embargo no hay silencio. Los ruidos en el cuarto pequeño aun seguían.
-¿Que es lo que hay ahí? ¡Que es lo que hay allí!
Era un murmullo, como de gritos ahogados que mueren por lo bajo en el cuarto del fondo, el mas alejado con respecto a su habitación y a la estancia en la que ahora se encontraban.
-No diga nada, señora. Permanezca en silencio, se lo ruego.
El silencio deshacía lentamente la tortura de la mujer, pero el hombre cuyo interior era gris y vacío ya se había entregado a la desdicha del murmullo que le mataba lentamente por dentro.
El rumor había callado, y solo se escuchaba el latido de un corazón que delataba la ausencia de un segundo latente en la sala.
-¡Cobarde!
Arrojó el cuerpo sin vida al suelo y se decidió a averiguar por si misma el origen de su reclusión y desarraigo en los últimos meses.
Le seducía de alguna forma el pavor profundo que sentía, asi que con el cuchillo en la mano se decidió a recorrer el pasillo que la separaba de su objetivo, del que era presa y cazadora al mismo tiempo.
Se encontraba ya en la mitad de su breve pero intenso trayecto cuando cayó al suelo, física y moralmente agotada. Y desde el suelo siguió avanzando, pues la fuerza de atracción de aquella puerta entreabierta era mayor que lo que quedaba de alma y espíritu en ella.
Tras haber cruzado el infierno que en otras condiciones hubieran sido no más de quince pasos, su mano se aferró al pomo de la puerta, levantando su cuerpo malherido y tambaleante.
Un golpe fue suficiente para que se abriera, y para que sus sentidos se vieran ofuscados por un mar de recuerdos sempiternos, que sin saberlo habían permanecido allí, ocultos, para volver y vencer al olvido tras la madera de una puerta que cruje bajo la humedad del llanto apagado. La mujer murió, ahogada por sus propias memorias.