Gigantes insensibles merecemos morir

Gigantes insensibles merecemos morir

No sé que sentido tiene que esto envíe. Es dudoso que puedas entender lo que pasa por
nuestras llamémoslas mentes, tan diferentes somos de ti. Más lo es todavía que, de hacerlo, seas
capaz de identificarte emocionalmente con nosotros. E imposible considero que, incluso en ese caso, te sientas movid@ a modificar tu criminal comportamiento. Que aquí ya todos nos conocemos.
Pero ya que sádicamente quieres visualizar nuestro fin, intentaré expresarme en términos
que puedas entender.
A decir verdad, no hago esto porque quiera. Es duro ser franco con tu propio asesino. ¿Qué decirle a quién sabes que te está matando, y que va a seguir haciéndolo pese a cualquier cosa que
expresarle puedas?
Pero es que una vez más, juegas con ventaja. Tú y los que como tú sois me estáis obligando.
El cáncer tanto ha progresado, que ni dueños ya de nuestros pensamientos somos, porque los habéis
vampirizado. De nuestros movimientos, ni te hablo. Y no lo entiendo. Pues, si tanto os interesa lo
que nos ocurre, ¿a qué viene darnos muerte?
No entiendas eso como recriminación. No sé si porque así somos, eternamente -o eso
creíamos- impávidos, o porque a través de vuestro dispositivo nos habéis repetido la idea hasta que
la hemos cristalizado, lo cierto es que asumimos que no otro puede ser nuestro destino. Si no me
crees, relee el título de mi relato.
Así que ese ¿por qué nos estás matando? es tan solo una pregunta fríamente dirigida -se
come el poco frío que nos queda-, de esas que tanto gusta a vuestros técnico-científicos, de esas que
solo buscan ampliar conocimientos, de esas que os han hecho tan supuestamente grandes. ¡Que se
hundan las emociones!
Te chocará saber que me estoy muriendo pero en mi muerte no siento frío. Mas bien al contrario. Y, cosa curiosa, tampoco tengo fiebre, porque mis células no reaccionan contra un
enemigo interno: el calor viene de fuera. Vista así la cosa, casi nos gustaría ser como los
dinosaurios, o mejor como las lagartijas, tan sabias en su pequeñez. Pero no ha dispuesto eso la
Naturaleza.
En realidad, no sé muy bien lo que somos, pues carecemos de formas definidas. Tal vez no
seamos sino la punta del iceberg, pues nos consta, porque lo vemos cada día, que la mortandad afecta a muchas otras comunidades. Y sí sabemos lo que nos espera, porque esta cruel epidemia ya se ha llevado por delante a tant@s de los nuestr@s, que hasta @l más joven se ha dado cuenta. Y no
parece tener cura.
Opera como vuestra lepra.
¿Cómo? ¿No sabes lo que es la lepra? ¡Tonto de mi!. Olvidaba que esa no es una enfermedad de ricos. Doscientos años atrás me habrías entendido. Pero hoy… Ya sé, ya se… El progreso… Se me había olvidado también. Difícil me lo pones entonces, así que a ver.. cómo te
diría… unos segundos mientras encuentro las palabras…
¡Ya sé!. Imagina que la carne de tu cuerpo se va pudriendo por zonas, hasta caerse dejando
un vacío lastimoso. Hoy el extremo de un dedo, mañana la punta de la nariz… Pues esa crueldad es
la que nos estás infligiendo.
¿Que no lo sabías? ¡Venga ya! ¡Pero como voy a creerte si presumes de vivir en la era de la
hiperinformación!. Te lo cuento de todas maneras: mi cuerpo se deshace de a poquitos en un
proceso lento pero aceleradamente inexorable. Y cada trozo que se escinde, lanza un gemido que
prefiero no describir porque me entran ganas de llorar. No sirve de consuelo que vuestro involuntario cómplice le sirva de cuna para su nueva vida, ni que lo arrulle en su caída con un
espumoso chapoteo.
Pero no me entiendas mal. No quiero darte pena. De hecho, ni yo ni los de mi especie tenemos propiamente sentimientos. Recuerda que únicamente estoy traduciendo lo que nos pasa a términos que tú puedas entender. Si así lo pillas mejor, no distinto soy de Pink, el rockero
destrozado en su confortable insensibilidad -es tan agradable el calor…-, aunque la lepra terminalque él padecía fuese de corte moral. ¡Y ahora que lo pienso!, no debo extrañarme por eso, pues al fin y al cabo no soy sino una especie de muro natural.
Quiero que sepas también que un muy viejo compañero de banquisa, que moraba cien kilómetros al sur, se hartó tiempo ha del continuo sufrimiento. ¡Pobrecillo! ¡Toda una vida
queriendo acercarse al Occidente, para acabar huyendo de él! Así que tras lanzar un sentido crac
que a todos conmovió porque supo a grito de combate, se fugó mar adentró una cálida mañana,
dispuesto a no volver. Al poco supimos que había hundido a vuestro Titánic, en una de tantas estériles rebeliones.
¿Perdón? ¿Que cómo un témpano de hielo puede expresar sus pensamientos? Pues porque
una de esas células terroristas que vosotros llamáis equipo técnico-científico me ha conectado un
dispositivo diseñado al efecto. Es otro de esos ingenios por los que sentís perversa atracción, que
renováis continuamente y que no hacen sino fabricar ese calor que ahora nos derrite. ¡Si supierais lo
que duele que con otros grabéis a camara rápida nuestra ralentizada agonía! ¡O que luego lo
visualicéis por grupos mientras con miniaturas de nosotros -también por máquinas creadas refresquéis
vuestros refrescos en cálidas terrazas soleadas durante los apogeos del invierno! ¡O que vengáis a contemplarnos en turismo de supuesto riesgo, cuando los únicos que corremos peligro somos todos cuantos no somos vosotros! ¡O que…! ¡Puajjj, mejor me callo!
Porque además ya solo tengo tiempo para dos deseos. El último, el placentero, no os lo contaré. Total, no lo entenderíais. Mas permitidme que en el penúltimo exprese mezquinos sentires.
Creo que lo merecemos, yo y toda mi moribunda especie: solo esperamos, pues, que se cumplan
vuestras propias profecías, de modo que algún día una de esas máquinas por las que tanto amor
sentís pueda daros jaque mate.

………

Fernando Rosales Naya, profesor de historia en el CPI de Baralla y autor del ensayo ” Huyendo de Occidente”, publicado por la Ed. Zaera Silvar (y lo más importante,un querido amigo), ha escrito esta historia para siniestro disfrute de los miembros del Club de las dos lunas. Que lo gocéis, corazones nocturnos.