El pequeño y su juguete

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Lund, una bonita localidad al sur de Suecia, tiene un cementerio hermoso y melancólico, como tantos otros , pero a la vez con sus particularidades, como cada camposanto.
Una de las esculturas funerarias más sorprendentes y delicadas de este lugar  es la imagen de un niño flanqueado por dos angelicales alas. Eso significa que los familiares del pequeño lo ubican en los cielos, pero además de otorgarle alas sus padres quisieron hacerle otro homenaje. Y es que si bien la escultura es aparentemente clásica, sin necesidad de fijarnos demasiado ya vemos que el niño está ensimismado toqueteando una suerte de juguete moderno.

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Al acercarnos un poco más distinguimos con claridad en qué se entretiene la angelical criatura: está jugando con una  Game Boy Advance SP que Nintendo sacó en el año 2003.  Y ahora sí, a pocos centímetros de sus pétreas manos averiguamos incluso el juego favorito de este niño que dejó una ausencia inborrable cuando sólo contaba con 5 años.

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Descanse en paz este pequeño, velado eternamente por su fiel pokemon. 

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Los funerales victorianos: costumbres, supersticiones y curiosidades. Parte II.

Continuamos con las características que imperaban en los funerales y enterramientos victorianos.
Os recordamos que este post es la segunda parte de la entrada anterior.
Que lo dusfrutéis,amantes de las delicias tenebrosas.

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– En el siglo diecinueve los doctores apodados como los “resurreccionistas” tenían problemas para conseguir cadáveres que diseccionar en sus clases de anatomía, así que la existencia de salteadores de tumbas en busca de cuerpos recién enterrados era más que un mito. Muchas de las tumbas de esa época se blindaban con verjas, no para evitar que saliesen los no-muertos, como algunos creen ahora,  sino para ofrecer a los seres queridos seguridad más allá de la muerte.

– Otra curiosidad típica de la época tenía que ver con el terror que le inspiraba a los parientes vivos el que un ser querido fuese enterrado vivo con el mal de la catalepsia. Esto inspiró a los fabricantes de ataúdes para diseňar sistemas de seguridad tales como poner una campanilla en la superficie de la tumba que estuviese conectada, mediante una cadena, al interior del ataud. Así, en caso de un enterramiento prematuro, la víctima de la enfermedad podía salvarse. Y por cierto, de ahí procede la expresión “Salvado por la campana.” 

– Si el fallecido era un niňo, el color que primaba en el entierro era el blanco. Los asistentes al entierro llevaban guantes blancos,los niňos que acompañaban la luctuosa procesión portaban plumas blancas de avestruz e incluso el ataúd era blanco.

– Era costumbre entregar a los asistentes al funeral pequeňos pasteles envueltos en papel blanco y sellados con una cinta negra, conocidos como “galletas de funeral”. Después del entierro era típico ofrecer colaciones a los invitados (carnes, dulces, frutas confitadas).

– En muchos cementerios, la gran mayoría de las tumbas estaban orientadas de forma que los cuerpos yacieran con sus cabezas hacia el Oeste y los pies hacia el Este. Esta es una costumbre que proviene de épocas paganas, cuando nuestros ancestros adoraban al sol, pero en el Siglo XIX, con sus férreas ideas cristianas, se atribuía a una tradición de los primeros cristianos, que creían que la gloria del Juício Final se desplegaría desde el Este.

Los funerales victorianos: costumbres, supersticiones y curiosidades. Parte I.

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Desde mediados hasta finales del S XIX las costumbres imperantes cuando álguien fallecía eran hermosas y sobre todo, para nosotros, que mantenemos  la muerte alejada de nuestros hogares (el tránsito es cosa de hospitales y de la pantalla de la televisión),pintorescas. Si bien la mayor parte de ellas proceden de Inglaterra, el contagio cultural era tan frecuente como ahora, así que podemos reconocer algunos de estos usos en las anécdotas que nos cuentan los abuelos:

– Las cortinas se corrían totalmente y los relojes se paraban exactamente a la hora del deceso. Los espejos se cubrían con velos o sábanas para que prevenir que el espíritu del fallecido se quedase atrapado deceased’s spirit en el cristal. 
– En las puertas se colgaban coronas de laurel o tejo de las que colgaban lazos negros. Así se alertaba a los vecinos y transeúntes de que acababa de fallecer un ser querido en ese domicilio.

– El cuerpo se vigilaba minuto a minuto hasta el entierro, siguiendo la tradición del velatorio. Esta vigilia servía, además de para despedirse y mostrar respeto, para salvaguardar de un enterramiento prematuro a álguien que no estuviese muerto, sino catalépsico o en coma.
La mayoría de los velatorios se extendían durante 3 ó 4 días. El uso de flores y velas ayudaba a enmascarar los olores inoportunos y desagradables que pudiesen emanar del cadáver.

– En el Siglo XIX, europeos y norteamericanos tenían otra curiosa tradición: sacaban al difunto de la casa con los pies por delante, para prevenir que el espíritu del finado mirase hacia el interior del hogar e invitase a otro miembro de la familia a acompaňarlo en el tránsito.
Del mismo modo, se ponían boca abajo las fotografías de la habitación donde se velaba el difunto, para prevenir que los familiares y amigos del fallecido fuesen poseídos por el espíritu del muerto… o de la propia Muerte.

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Lápidas inusuales para jóvenes amadas

En Birmingham, UK, existe esta curiosa lápida. Es el homenaje póstumo para una chiquilla adolescente,única hija, que falleció en un accidente de motocicleta. A priori puede parecer siniestro pero las alas evocan la inmortalidad, la ascensión al cielo. Así que la familia simplemente quiso expresar el deseo de que ella siga pedaleando allá entre las nubes. Es curiosa, ¿verdad?  Nunca había visto este tipo de imaginería funeraria anteriormente.

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Foto:Helen Higwater

Este es el Obelisco funerario que la familia erigió en memoria de su hija, que falleció a la edad de 15 aňos un 1 de Agosto allá por el 1860. Muestra a la joven leyendo en las escaleras de la casa familiar. La primera foto, la de color sepia, fue tomada en la década de 1860 y podemos apreciar perfectamente los delicados detalles de la talla. Las de color son de Agosto de 2014, 154 aňos después del fallecimiento de la chica. La erosión provocada por los elementos ha provocado que la joven se haya vuelto fantasmagórica, pero la imagen sigue destilando ternura y melancolía.

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Thanatos.net

El vampiro del cementerio de Belen

image by Raúl Macías

image by Raúl Macías

Esta leyenda tiene lugar en el estado mejicano de Jalisco. Cuentan todavía hoy en los mentideros del lugar que  en el S XIX la ciudad de Guadalajara se vio sacudida por una sucesión de muertes extrañas. Si bien  al principio llamaban menos la atención pues eran animales callejeros como perros o gatos, lo que aterraba era que aparecían resecos, como pellejos a los que álguien había exprimido hasta no dejar más que la piel. Más tarde quienes morían eran los vagabundos, los que no tenían refugio,  hasta que finalmente los fallecidos fueron los ciudadanos que caminaban por Guadalajara tras haberse puesto el sol.  En verano era más sencillo caminar por las calles debido a las horas de luz pero a partir del otoño el comercio se paralizó; las familias dejaron de visitarse para compartir cenas y ya nadie confiaba en nadie. No obstante, más que el temor a un asesino que estuviese asolando las calles de la ciudad, el rumor que se extendió tras conocer el estado de los cadáveres que eran abandonados en las aceras,  era que entre sus muros se había instalado un vampiro.

Las autoridades de la ciudad , temerosas de que algo les sucediese a sus familias y temiendo una revuelta ciudadana, convocaron a todos los expertos del tema. También contrataron a cazarrecompensas. Convocaron a todo aquel que pudiese librarlos de esa maldición. Se presentaron múltiples candidatos llamados por el dinero pero la mayoría eran simples aficionados, estafadores o gentes sin experiencia en el mundo de lo esotérico. Finalmente, tras meses de espera, dieron con la persona indicada.

El hombre en cuestión les indicó que para hacer salir a un vampiro de su escondite hay dos opciones muy útiles: la primera es quemar el lugar en donde se supone que mora. Aunque la noche aún no haya caído, la amenaza del fuego lo despertará; se verá acorralado y no podrá escapar, acosado por un lado por los enfurecidos vecinos, y por otro por la luz solar. No obstante, existía en este caso un problema: nadie sabía dónde se guarecía el vampiro. Surgió entonces la segunda vía: acosar al vampiro con el hambre. Pronto el pueblo fue un desierto: no hubo ni hombre ni mujer ni niño ni animal que aventurara por las calles, ni por la noche ni durante el día. Previo a ello, por supuesto y por recomendación del cazavampiros, habían hecho acopio de gran cantidad de provisiones para soportar la espera.

Apenas transcurrieron dos semanas cuando al caer el sol, el cazador, siempre vigilante, avistó a un hombre alto, enjuto, moviéndose con lentitud por calles periféricas de Guadalajara. Él y su selecto grupo de vecinos, armados con estacas y cruces, lo rodearon. El vampiro, desesperado por la falta de sangre, intentó atacarlos pero la fuerza del número lo derrotó y pronto fue prisionero de la partida. Mientras decidían que hacer con él, el cazador de vampiros fue tajante: no se deja vivir a un vampiro, hay que destruirlo o se recuperará y matará de nuevo. El vampiro fue muerto con una estaca en el corazón, decapitado y quemado. El cazarrecompensas recibió su cuantiosa paga y se marchó. Pero algo salió mal y arruinó el final feliz que la gente de Guadalajara esperaba.

En lugar de esparcir las cenizas del vampiro a los cuatro vientos, para que ni sus partículas más ínfimas no puedan reunirse nunca, los pobladores torpemente enterraron los últimos restos del vampiro en el cementerio de Guadalajara, a la sazón en un lugar llamado el Panteón de Belén. Fue allí que, con el paso de las décadas, la frágil vida del vampiro, al estar en contacto con la tierra, poco a poco recobró algo de su fervor y se aferró desesperadamente a un árbol cuyas raíces comenzaron a asomar por debajo de la tumba. Afortunadamente alguien percibió este macabro augurio y se tomaron medidas: por miedo a que el vampiro pueda escapar se tapió de nuevo la tumba y toda raíz o tronco o tallo u hoja que asoman por entre las piedras del suelo es cortada y quemada.
Todavía hoy se revisa el panteón limpiando la hojarasca,  pues la tradición de impedir que el vampiro del Panteón de Belén regrese se transmite de generación en generación.