Un cementerio bajo la nieve.

En el Concello de Batalla se encuentra el cementerio de Ferreiros. Un camposanto moderno cuyas frías lápidas de mármol entonan a diario, como en tantos otros cementerios, el respetuoso canto de piedra por el recuerdo de los muertos. Sin embargo carecen de la melancolía que destilan los cementerios cuyas lápidas esculpidas por delicadas manos que ya son huesos, verdean con el musgo del tiempo. La firma silenciosa, pero irrefutable, del Memento mori.

Sin embargo estas fotografías, enviadas por Fernando Rosales, el profesor que nos regala sus historias tan ingeniosas como luctuosas, demuestran que un cementerio de nichos y lápidas genéricas puede transformarse en un paraje sacado de un cuadro de Caspar David Friedrich.

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Fernando Rosales Naya, profesor de historia en el CPI de Baralla y autor del ensayo ” Huyendo de Occidente”, publicado por la Ed. Zaera Silvar (y lo más importante,un querido amigo), ha tomado estas fotografías para el siniestro deleite de los miembros del Club de las dos lunas. Que lo gocéis, corazones nocturnos.

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Un entierro muy particular

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Esta imagen muestra el duelo por el funeral de un niño, a principios del Siglo XX.
Fijáos en el niňo que aparece en el margen superior izquierdo. Seguramente sea un efecto debido a un movimiento mientras se tomaba la imagen pero es terrorífico. ¿No creéis?

Fuera de la tumba, revisión de Danaerys

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Fonseca miró largamente el campo santo, como un campesino miraría la tierra sembrada por sus manos.   Ciertamente él había “sembrado” aquel cementerio, era el sepulturero.
La tarde llegaba a su fin. El cielo estaba de color plomizo, y un viento frío lo obligó asujetar su sombrero, para que no saliera volando.  La ráfaga pasó silbando entre las lápidas, y en ese momento el viejo Fonseca creyó oír algo.
Giró buscando el origen del ruido, bajó la mirada hacia una tumba reciente, venía de allí.
¡Por todos los cielos! – exclamó – ¡Hay alguien vivo!
Ya tenía la pala entre sus manos. Cavó con frenesí hasta golpear las maderas del ataúd. Hizo palanca con la pala y la tapa se abrió con un largo rechinido.  En ese momento ya era casi de noche, y en la oscuridad de la fosa, un cuerpo se irguió en el ataúd hasta quedar sentado, a la vez que emitía un grito espeluznante.
Si bien el viejo esperaba encontrar alguien vivo, no esperaba aquella reacción, por lo que se asustó bastante. Después de reponerse del susto,  se inclinó y distinguió que era una mujer.  La mujer dejó de gritar y miró el ataúd en que estaba, los lados de la fosa, y por ultimo clavó su mirada en el sepulturero.

– ¡Hambre! – dijo la mujer tras balbucear algo incomprensible.
– ¡Ah! Tiene hambre, es lógico, después de estar enterrada… – En ese momento Fonseca se acordó que había cavado aquella fosa una semana atrás.

Le pareció raro que se mantuviera viva tantos días, pero quién era él para dudar de un milagro.    La ayudó a salir y la llevó a su hogar, situado allí mismo, en el cementerio. La mujer seguía repitiendo que tenía hambre, aunque cada vez se le entendía menos.
Una vez adentro el viejo encendió unas velas. Al iluminarse la habitación, el viejo notó lo mal que se veía la mujer. De no ser porque estaba parada frente a él, podría jurar que estaba muerta, y ya se estaba descomponiendo. Tenía el cabello todo revuelto y la mirada inyectada en sangre.
Arrimó una silla y se la ofreció:
– Tome asiento – le dijo -. Voy a encender la chimenea, después voy a ir al pueblo a buscar al Doctor – Fonseca buscó dentro de un mueble -. Por aquí tengo pan y queso. Los tengo que guardar bien por las malditas ratas ¡Oh! Disculpe mi lenguaje.  Aquí está, ahí tiene, coma todo si quiere.
La mujer se inclinó a olfatear el queso y se apartó con asco.
– No le gusta… bueno, traeré algo más de la casa del Doctor, ahora lo importante es que esté caliente;  hace un condenado frío ¡Oh! Discúlpeme de nuevo. 
Encendió la chimenea. Las llamas iluminaron más la habitación.  La mujer, con la mirada perdida, articulaba unos sonidos incomprensibles. Fonseca la observó nuevamente, tenía que ser un milagro.  – Enseguida vuelvo – le dijo, y partió en busca del Doctor.
El camino que llegaba al pueblo estaba oscuro. El viejo levantó la vista, no se veía ni una estrella, estaba nublado.  Se reprochó el no haber llevado el farol, pero siguió igual, el pueblo no estaba muy lejos.
Ya en el pueblo buscó la casa del Doctor.  Estaba en la calle principal, la única iluminada con faroles de aceite, y por ella paseaban algunas parejas. Los hombres vestían trajes y sus sombreros eran exageradamente altos, mas estaban a la moda, las mujeres
llevaban  largos y amplios vestidos acampanados debido a las enaguas.
Llegó a la propiedad del médico. Atravesó un jardín ensombrecido y tocó la puerta. Escuchó los pasos de alguien y unas voces. Al abrirse la puerta alguien le puso un
farol ante la cara.
– ¿Qué quiere? – le preguntó una voz grave y algo ronca.
– ¡Buenas noches! Soy Fonseca, el sepulturero. Quiero hablar con el Doctor.  Desde adentro se escuchó una voz:
– ¿Quién es Williams?
– Es Fonseca, el sepulturero, quiere hablar con usted – le contestó el hombre del farol.
– Dile que pase. – Williams hizo un gesto invitándole a pasar.

El doctor estaba frente a la chimenea, tenía un libro en sus manos. Era un hombre ancho de largas patillas y algo calvo. Un candelabro araña iluminaba desde lo alto de la habitación.

– Acérquese hombre, ¿qué quería decirme?
– Pues verá usted Doctor, en el cementerio revivió una muerta, está en mi casa.

El médico lo miró algo incrédulo, dejó el libro sobre su pierna y se sacó los lentes.

– Que yo sepa hoy no hubo ningún velorio ¿Estoy en lo cierto?
– Así es Doctor – afirmó Fonseca.
– Entonces está hablando de un cadáver que ya fue enterrado.
– Sí señor.
– Fonseca, cuando un cuerpo comienza a corromperse, se pueden producir ciertos movimientos o sonidos, pero ello no implica que esté vivo.
– Pues este sí está, porque anda caminando, y hasta habló.

El médico quedó sorprendido, se levantó y le ordenó a Williams:

– Engancha el caballo en el carruaje, ¡de prisa Williams! Hay una vida en peligro.

En la parte delantera del carruaje Fonseca sostenía un farol, el doctor manejaba las riendas. El carruaje se abrió paso entre las tinieblas de la noche y paró frente a la entrada del cementerio.  La leña de la chimenea se había consumido, al igual que una de las velas. Fonseca paseó el farol
por la habitación  – ¿En dónde está? ¡Ah! Ahí esta Doctor, en el rincón.
La mujer estaba  arrodillada, con la espalda encorvada, de frente a la pared.
– ¡Señora! Soy el Doctor Mercury ¡Señora! – Cuando la mujer se volvió hacia él,  retrocedió
espantado.  La mujer estaba comiendo una rata, tenía la boca ensangrentada, y la mitad del animal que aún asomaba, agitaba las patas frenéticamente.
Los dos quedaron mudos, se miraban entre si, para después volver a observarla estupefactos.
Mercury pensó que estaría trastornada, el entierro la habría enloquecido, pero aún así era una paciente.

– Fonseca, traiga un paño para limpiarle la cara. Después agregue más leña a la chimenea.
– Me dijo que tenía hambre, pero no quiso lo que le ofrecí, no creí que tuviera tanta…
– Sí, ahora traiga el paño… y agregue leña.  Siéntese aquí señora, eso es, tranquila.

Comenzó tomándole el pulso. Arrimó el farol y lo intentó de nuevo; no se lo encontraba. Intentó con el otro brazo, nada. Palpó el cuello, le puso un espejo frente a la boca. El doctor llamó a Fonseca con un gesto de la mano,  y retirados de la mujer hablaron:

– ¿Cómo está?
– Está muerta. Estoy seguro de ello.
– Entonces…¿Es un fantasma?
-¡Claro que no hombre! Es de carne y hueso. He leído sobre vampiros, seres de ultratumba.
– ¡Dios mío! ¿Usted cree que es un vampiro? – preguntó Fonseca, y se santiguó.
– No sé, no soy experto en esas cosas, pero como médico le aseguro que esa mujer está muerta.
– ¿Y qué hacemos?
– Primero vamos a atarla a la silla. Mientras la examinaba vi como se relamía. Yo la distraigo y usted la ata por detrás, después veremos.

Se acercó con cautela y tomó el farol. Balanceándolo de un lado al otro distrajo a la muerta, que con la boca abierta seguía los movimientos de la luz mientras gemía.
Fonseca la enlazó a la silla, la muerta quedó con los brazos contra el cuerpo. Cuando la amarraron bien, el doctor pasó a realizarle otros exámenes. Le hizo varios cortes. No demostraba dolor ni sangraba.

– ¡Increíble! A pesar de estar muerta aún se mueve. Usted me dijo que le habló.
– Así es doctor.
– Pues ahora no demuestra esa capacidad, que curioso. Tal vez se va deteriorando.
El doctor Mercury puso el semblante serio.
– Bien, ahora sólo queda terminar con esta aberración de la naturaleza. Tráigame un serrucho
Fonseca.
– ¿La va a matar? ¿Usted cree que deberíamos….? 
– ¡Fonseca! Sea sensato, ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿Entregar este monstruo a su familia,
y que los devore como a esa rata?
– Tiene usted razón. Voy por el serruchó. – Al volver preguntó: – ¿Cómo lo vamos a hacer?
– Lo haré yo, le voy a cortar la cabeza. – dicho esto procedió a hacerlo.Atada en la silla, la muerta se resistía sacudiendo la cabeza.

– ¡Tómela de los pelos Fonseca! ¡Agárrela fuerte! Ya casi termino.
El cuerpo quedó quieto, mas la cabeza abría y cerraba la boca, y giraba los ojos.
– ¡Por Dios! – exclamó el sepulturero, santiguándose nuevamente.
– Tal parece que hay que destruir el cerebro. – observó Mercury – Arrojémosla al fuego.

En las llamas, la cabeza seguía moviendo la boca, pero tras arder un rato se convierto en una masa calcinada, y se incendió completamente. 
Estaban tan concentrados en las llamas, que no escucharon los ruidos que venían desde afuera.
Toda una multitud se acercaba a la casa, atraídos por la luz que escapaba por la ventana.
Los dos seguían mirando el fuego de la chimenea cuando golpearon la puerta y la ventana.
Fonseca y Mercury se miraron horrorizados, afuera estaba lleno de muertos, y todos
comenzaron a gritar: – ¡Hambre! ¡Hambre!

La chica en el sendero

La chica llegaba tarde a cenar,pero estaba nerviosa,se estaba haciendo tarde y ella tomó un atajo por el cementerio.De repente vió a otra chica delante de ella y aceleró el paso para alcanzarla.

-¿te importa que vaya contigo?es que me da miedo andar por aquí sola.

-dijo.

-A mi también me pasaba lo mismo…cuando estaba viva -dijo ella.

Escrita por Carol “La gata negra”

“La Sombra Negra”. Adaptación.

Era Halloween, y solo queríamos divertirnos un rato. Entre risas y bromas, subimos a esa alta y siniestra colina en cuya cima se encontraba el cementerio. Íbamos a contar historias de miedo, a asustarnos los unos a los otros, bromeando.

Pero, desde hacía un rato, todos nos sentíamos como si nos observasen, como si alguien o algo nos siguiese. Nos dimos la vuelta, pero no había nadie. En ese mismo instante vimos, tapadas por la hiedra, cinco velas negras, encendidas, colocadas de manera que formaban la estrella del diablo. Parecían llevar ahí siglos, pero, sin embargo, seguían encendidas.

Asustados, nos adentramos en el cementerio, y vimos una sombra, una sombra negra que nos seguía. Desaparecía y volvía, constantemente. Sin poder evitarlo, salimos corriendo de allí, y la sombra, cada vez más nítida, se aproximaba a nosotros. Ya estábamos cerca de la salida cuando vi que mi amiga le costaba seguirnos. Retrocedí paar ayudarle y, ante mi asombro, las cinco velas de antes habían desaparecido, dejando en su lugar brillantes pétalos de rosa, más oscuros que la propia noche. Entonces, un horrible, agudo y turbador chillido. Salí corriendo como alma que lleva el diablo y, a la mañana siguiente, todos volvimos por si Natalia, nuestra amiga, seguía allí.

Cuando pasamos por al lado de donde estaban las cinco velas, vimos algo increíble: esos cinco pétalos negros de rosa que yo había visto anoche ardían, formando una demoníaca estrella de cinco puntas, sin apagarse ni un momento.

En el medio, cubierta por esos espantosos pétalos, había una nota, que decía: ¡Corred, corred! ¡Corred ahora que podéis! ¡La sombra negra hará de vosotros lo que hizo de mí! Estaba firmado, pero la firma la ocultaba una rojísima mancha de sangre.

Han pasado ya muchos años, vivimos todos en lugares diferentes, pero todas las noches nos aparecen en la almohada cinco pétalos negros de rosa, formando una estrella.