La Casa Encantada – 2/7

Llegas al lugar de donde viene el grito, pero no hay nadie, detrás tuya suena una voz y te giras, te encuentras a una linda niña llorando, te agachas para acariciar su cabeza, no sabes porqué llora ni sabes de donde apareció, amablemente le preguntas:

-¿Cómo te llamas?

… Un largo silencio, la niña se tranquiliza, con su dulce y débil voz te responde:

– Marta-Responde con su temblorosa voz-.

-Veo que te has perdido… Dime, ¿cuántos años tienes?-Dices con seguridad-.

La adorable niña levanta dos dedos, te quedas pensativo, algo no te encajaba en la cabeza “¿Cómo es que ella llegó aquí? ¿Y sus padres?” Al final dejas esas dudas para más tarde, dejas tu mochila en el suelo y ella te mira con sus ojos irritados de tanto llorar, sacas un pañuelo de tu bolsillo, es el último pañuelo que te quedaba, ya que te habías olvidado de coger otro paquete de pañuelos nuevo. Le secas las lágrimas, le das el pañuelo y te levantas. Marta se va corriendo mientras ríe, vas detrás de ella para no perderle de vista, pero ya era demasiado tarde, oyes risas en todas partes, crees que estás loco y sales corriendo del colegio. Todo… Ha cambiado desde que viste a esa niña, todo es diferente, miras a tu alrededor, te sientes confuso y sigues corriendo, pero esta vez hacia tu casa.

Te paras en seco, no es la misma calle de siempre, ha cambiado, al fondo hay un bosque y decides ir. Las risas ya no se oyen desde que saliste corriendo del colegio, te sientes más tranquilo, pero con algo de miedo. Cuando te adentraste al bosque, a lo lejos había una mansión, estaba abandonada. Te entra un escalofrío del miedo, pero decides investigar.

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La Casa Encantada – 1/7

En esta historia, tu eres el protagonista, donde recibes todo el terror y miedo en la Casa Encantada de los Parker.

Seguramente te preguntarás: ¿La Casa Encantada de Los Parker?

No es simplemente una casa abandonada… Está encantada, antes vivían los Parker. Una niña pequeña, de dos años y sus padres, pero vamos a centrarnos en la niña… Pelo liso, corto, color azabache, un lacito de color turquesa, ojos color azules como el mar … ¿Pero que tiene de importante? Qué está embrujada, ésta murió, se desconoce cómo, pero eso no importa, después de varios días después de su fallecimiento, sus padres murieron, los policías entraron a la casa y encontraron los cadáveres de los padres y el fantasma de la niña, detrás de su cadáveres, la cierra se cerró de golpe y… Uy, bueno, ya lo descubrirás en el resto de los capítulos.

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Es Jueves, hoy es un día muy especial para ti ya que vas de excursión, desayunas, preparas las cosas necesarias para la excursión, le das un beso de despedida en la mejilla de tus padres y te vas. Llegas al colegio, eres el primero en llegar, esperas a que lleguen los demás, pero después de media hora no vienen, te quedas extrañado y decides esperar otro rato más, te sientas en un banco del patio, y al rato te quedas dormido. Te despiertas y todo sigue igual, hasta que escuchas una voz gritando:

-¡No, no te me acerques!

Te levantas rápidamente y vas corriendo a donde viene el grito y…

Through life and death… the subject.

No sé por qué escribo. Supongo que por aquello de escribir para leerme a mí mismo años después, y arrepentirme de haberlo escrito. Aunque, de todas formas, siempre tendré el consuelo de que nunca nadie habrá leído nada de todos aquellos despropósitos escritos a pluma en unas cuantas libretas descoloridas.

Vivo en un pequeño edificio, o, mejor dicho, en una vivienda rodeada por otras cuatro o cinco que hacía años que nadie habitaba. A pesar del temperamento arisco de los vecinos, siempre reacios a salir a la calle, todos acababan bajando aquellas ruinosas escaleras -sin limpiar desde hará ya unas cuantas décadas- o bien a pie, o bien metidos en un oscuro y maloliente ataúd.

La última en hacerlo fue la Sra. Rhonson, ya se sabe que los peores son los que más tardan en irse. Aquella mujer realmente detestaba esa casa, creo que incluso más que yo. Odiaba aquella vivienda y todo lo que tuviese que ver con ella, especialmente a los vecinos; apenas los conocía, pero, sin embargo, no los soportaba. Por suerte, el… sujeto, por así llamarlo, hace un par de semanas se la llevó para no volver; nadie sabe muy bien si al sótano o al ático, pero lo importante es que se la llevó. Así quedó ya él como únic0 habitante de esa edificación maldita, que antaño tan habitada había estado. Yo, la verdad, creo que es mejor así, que, lo queramos o no, las cosas cambian, y nosotros con ellas. Y si llevas más de siete décadas siendo igual de desagradable con todo el vecindario, pues, tarde o temprano, el irse al otro lado va a acabar llegando.

Él -sujeto al que durante tantos años evité referirme- llevaba allí más tiempo que todos nosotros, más tiempo que la casa, que el suelo y que el cielo. Pero ahora puedo hablar abiertamente sobre él, sobre su historia, y sobre todos los que fuimos sus vecinos. Todos los que nos mudamos allí sabíamos que esa no era una vivienda normal y corriente, pero todos teníamos nuestros motivos: la falta de recursos económicos, las ganas de alejarse del mundo o, simplemente, la curiosidad.

Los primeros en irse yo no los llegué a conocer, salvo por una breve y casi oculta noticia en un periódico local: “otras tres desapariciones en el 13713 del Condado de Blackraven”, y poco más añadían, sabiendo el riesgo que estaban corriendo. Y es que la mayoría de la gente de la zona sabía de sobra que no habían desaparecido, que, de hecho, se habían encontrado restos de sus cuerpos en las colinas que lo rodeaban. Al poco de llegar yo a la casa, posada o como queráis llamarla, se fueron una amable -cualidad extraña entre los vecinos- señora y su gato, de un tono grisáceo tirando a negro. Lo peor es que yo sabía por qué, por mi culpa. Tras insistir bastante, al ver yo que la viejecita tenía ganas de desahogarse, empezó a contarme extrañas y oscuras historias sobre el lugar, historias de magia negra, de criaturas previas al mundo que conocemos; criaturas tan espantosas que se las quiso en la especie humana cuando ésta apareció, ni se les concedió la facultad de morir, posiblemente tampoco la de vivir, criaturas que, simplemente, deciden. Tras prometerme seguir contándome al día siguiente, me fui a mi piso, y, al poco, ya empecé a escuchar los maullidos del gato, que no fueron más que un preludio de que a la ancianita se le había acabado su tiempo entre los vivos.

Hubo otras muchas, pero, al menos para mí, bastante menos relevantes. La siguiente lo suficientemente importante como para ser aquí relatada es, claro está, la mía. Me empezaba a cansar de aquel pequeño infierno; ya ni hacía aquella cama en la que hace tiempo había dormido, porque eso me recordaba a la frialdad de aquel agujero, ¿y acaso hay algo más frío que la soledad? Esa traicionera que poco a poco se apodera de los que, como estuve yo, están solos. Harto de todo, me arriesgué, y baje las escaleras, que a cada paso que daba crujían bajo mis pies. Y cuando ya prácticamente había acabado, el… sujeto se me apareció, y sabiendo que nada tenía que hacer, le dejé leerme los ojos, y leyó lo que tanto temía que leyese y que él tanto deseaba leer: que me iba. Que estaba intentando huir. Y, quién sabe, incluso a relatar alguno de los horrores que allí había presenciado.

No me puedo quejar; todo fue muy rápido: simplemente cerré los ojos y escuché, escuché extrañas conversaciones en idiomas jamás imaginados, sentí golpes secos, de esos que solo se sienten, pero no se oyen ni duelen, y finalmente, un tremendo empujón, y sentir que me abría en dos, y que todo aquello que ya no me iba a servir salía. Cuando volví a recuperar algo parecido a la conciencia, callé. Callé y esperé, muchos años, décadas, horas, minutos, o… quién sabe. Y cogí una de mis antiguas plumas, una de las pocas cosas de las que no había sido despojado, y comencé a escribir. Y ahora te cuento a ti, que no sé quién eres, ni dónde estás, ni tú sabes quién soy, ni dónde estoy, que, por nada del mundo, por favor, te acerques al 13713 del Condado de Blackraven. Una última cosa: si tienes el más mínimo aprecio a tu vida, a la vida de alguien, o… a lo que sea, por nada del mundo cuentes esta extraña historia, si así se puede llamar, de un loco que te escribe desde su celda, por utilizar alguna metáfora y que no te vayas con tan mal sabor de boca.

Lo siento, tengo que dejar de escribir, escucho algo, siento frío… me tengo que ir. No sé a dónde, pero me tengo que ir.

Hasta que lo cuentes a alguien, o, lo que es lo mismo, hasta que este peculiar mundo esté condenado a permanecer junto al… sujeto.