Islandia venerará a Odín, Thor y Frigg.

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Islandia contará próximamente con un templo en el que adorar a los dioses Thor, Odín y Frigg en una iniciativa inédita. Desde la era de los vikingos no se erigía un templo igual,lo que da muestra del auge del paganismo nórdico en la isla.

La asociación Asatruarfelagid, que promueve la fe en los dioses nórdicos, es la responsable de la construcción del templo, cuyas obras comenzarán este mes en una colina cercana a la capital islandesa.
El edificio será de base circular y contará con una cúpula a través de la cual pasará la luz solar.

En el templo se realizarán rituales de bodas y funerales así como ritos relativos al nacimiento y a la iniciación de los adolescentes en esta religión. Los neopaganos también celebrarán el ritual de sacrificio Blót, aunque ya sin matanza de animales.

«No creo que nadie crea en un hombre de un solo ojo que viaja en un caballo con ocho patas», ha dicho el principal sacerdote (hablando con propiedad deberíamos llamarle Gobi) de Asatruarfelagid, Hilmar Orn Hilmarsson. «Vemos las historias como metáforas poéticas y una manifestación de las fuerzas de la naturaleza y la psicología humana», ha explicado.

Francamente: si los dioses nórdicos son como el Thor de las películas de Marvel, os aseguro que aquí tienen otra fiel. ¡De aquí a los 9 mundos!

La piel de la noche cubre Calacoayan, por Fernando Rosales Naya

Tal vez fue en la aldea de Calacoayan, no puedo asegurarlo. Puede que fuera septiembre.

Aunque probablemente tampoco. Porque -creo recordar- pocas noches habían pasado desde aquella
otra aciaga, que hoy algunos llaman triste. Lo cierto es que entramos allí dispuestos a hacer pagar a
sus habitantes por todas las desgracias que los de su estirpe nos habían infligido al expulsarnos de
Tenochtitlán, esa urbe hermosa como Venecia, depravada como Babilonia, que en mala hora el
Diablo fundó y espero que un día se lleve.
Habiendo, pues, entrado en la aldea, y tras matar a no pocos enemigos, no fui consciente de
que el fragor del combate me había separado de mi grupo para dirigir mis descalzos y polvorientos
pies hasta el infame lugar donde acaeció lo que contaros quiero.
Recuerdo que sucedió al rebasar la infausta puerta. Sí. Giraba en ademanes masculinos, pese
a su figura de mujer. Y no sentí deseo de poseerla, aunque desnuda se me mostraba. Puede que
fuese su desgreñada cabellera, medio bruna, medio carmesí. Tal vez fuera el olor que de ella
arrancaba la brisa: me devolvía a los rojos regueros que recorrieron mi piel en aquella noche acia…
o, ¡no, no! ¡Ahora recuerdo!: ¡¡¡hedía como los teñidos y repugnantes ídolos de sus demoníacos
templos, embadurnados del mismo color que el ácido zumo de ese raro fruto -otra obra del diablo en
este país del diablo- que llaman tomatl!!!.
Desvarío. Pero ¿qué ser nacido de madre no lo haría al evocar tan terrible escena? Trague
saliva el lector. Hacia ella avancé. Cuanto más yo me acercaba, más perdía ella su feminidad. Y más
me repelía. Sin duda, era progenitora de demonios, pues no leche, sino sangre, manaba de sus
pezones. Y ¿a qué degenerada casta podría pertenecer una hembra con cuatro pies y otras tantas
manos? ¿A qué demonios me enfrentaba? ¿Qué tentaciones había dispuesto el Altísimo para poner a
prueba a este pobre pecador? Fuera lo que fuese, de algo estaba seguro: hembra, desnuda,
sanguinolenta y agitada en procaz baile: sólo el Maligno podía encarnar el repugante cuerpo de esa
nueva Eva, al objeto arrastrarme al Infierno por vías que mis cortas luces no alcanzaban a imaginar.
Me armé de valor. Intenté convencerme de que mi morrión y mi coraza me salvarían de sus
más que seguras asechanzas. Sujeté con firmeza la macana arrebatada a un enemigo -había perdido
mi espada durante la desordenada huida en las aguas de Tacuba- y me repetí que nada como un
arma de Lucifer para devolverlo a él mismo a su morada.
Al alcance de mi brazo la tenía cuando me detuve. En mi pavor, no había reparado en el
bulto con que mis desnudos pies ahora tropezaban y que a fe me hubiese hecho caer si la única
mujer libre de pecado, la virginal madre de Nuestro Señor Jesucristo, no me hubiese protegido. Iba,
pues, a mirar el yaciente y molesto bulto, cuando antes de desviarse hacia el suelo mis ojos se
pararon sobre el torso de la diabólica danzante. Dando un giro me mostraba ahora su sinuoso dorso.
Y una larga carrera abría su piel de cuello a posaderas. Chorreaba sangre. Y más sangre
embadurnaba la piel que había debajo de su piel. ¡¡Por cien mil de a caballo!! Yo nada comprendía:
sangre sobre sangre… ¡Piel sobre piel…!
Mi turbada vista buscó entonces reposo en el bulto yaciente. Y no lo halló. Pues no había
descanso posible para el alma en aquel diabólico y hediendo recinto. Créame el lector: otra mujer,
más horrible si cabe, pero ésta inerte, tendida y retorcida cual sierpe en plena muda, y ya no
impregnada de sangre, sino en ella bañada. ¿Y donde estaba su pi…?
¡Entonces me iluminó el Señor!. Y me hizo recordar aquel terrible relato al que solo quien
haya convivido entre estos salvajes podría dar crédito. Circulaba por la mil veces maldita
Tenochtitlán. Y, ¡sí!, hablaba sobre la mujer siete serpiente, Chicome Cóatl en su degenerada
lengua, esa jerigonza que no se parece a idioma conocido alguno, sea de cristianos, marranos o
infieles, lo que prueba que estas gentes no descienden de la estirpe de Adán. Siete serpiente, digo,
que en tiempo de nuestra vendimia es muerta y desollada por un ministro del Diablo en ofrenda a
sus sanguinarios ídolos para que, según afirman, esta infausta y desgraciada tierra, que solo el
Maligno ha podido crear, pueda rendir sus frutos.
A punto de vomitar estaba cuando la danzante se volvió. Y su viril rostro acabó por
desvelarme la verdad. Aquel sacerdote de Satánas disfrutaba del calor que aún tuviera su nueva ypostiza piel.
Me encomendé a Santiago. Alcé la macana dispuesto a hendirle la cabeza. Mas bien sabe el
piadoso lector que los caminos del Señor son inescrutables, pues es su potestad escribir recto con
renglones torcidos. Estaba, pues, yo a punto de asestar el golpe mortal a aquel sanguinario ministro
del Maligno cuando nuestro Dios decidió salvarlo. Y dispuso para ello que detrás de mi, una viril
voz me increpase en correcto castellano. Era Fray Jerónimo Toscano, que hasta el repugnante
templo me había seguido sin notarlo yo, y que conmigo, sin yo saberlo, había presenciado la cruel y
terrible escena. Fiel a su costumbre, me contravino con su sutileza florentina:
“No lo hagáis, Pedro, no tengáis que arrepentiros vos, ni deban lamentar todos los hombres
de nuestra acosada hueste las consecuencias de vuestro impulsivo carácter y pecaminoso proceder.
La guerra que ahora libramos contra estos aztecas no ha hecho sino empezar. En ella necesitaremos
aliados, cuanto más despiadados, mejor. Y a fe que habremos de salir airosos de ella si ganamos
para nuestra causa a hombres como éste al que vos ahora, irreflexivamente, queréis matar, hombres
capaces de realizar los más terribles actos en nombre de su Dios. Perdonadle, pues, la vida; dejad
que yo lo convierta, y que haga de el un cruzado que combata por la verdadera religión, aquella que
nos enseña nuestra Santa Madre Iglesia y de la que yo soy humilde ministro. Pensad, en fin, que
tiempo habrá de hacerle pagar sus pecados, a él y a todos los de su jaez, cuando con su ayuda
hayamos logrado señorear sobre estas ricas tierras”.

Fernando Rosales Naya, profesor de historia en el CPI de Baralla y autor del ensayo ” Huyendo de Occidente”, publicado por la Ed. Zaera Silvar (y lo más importante,un querido amigo), ha escrito esta historia para siniestro disfrute de los miembros del Club de la Medianoche. Que lo gocéis, corazones nocturnos.

No digas nada

-¡No mientas! ¡No me mientas!
Un río de lágrimas que eran pensamientos corrían por las mejillas polvorientas de la mujer.
-¿Quieres decirme la verdad? ¡Por qué no quieres decírmela! ¡Dime la verdad!
No habla nadie, y sin embargo no hay silencio. Los ruidos en el cuarto pequeño aun seguían.
-¿Que es lo que hay ahí? ¡Que es lo que hay allí!
Era un murmullo, como de gritos ahogados que mueren por lo bajo en el cuarto del fondo, el mas alejado con respecto a su habitación y a la estancia en la que ahora se encontraban.
-No diga nada, señora. Permanezca en silencio, se lo ruego.
El silencio deshacía lentamente la tortura de la mujer, pero el hombre cuyo interior era gris y vacío ya se había entregado a la desdicha del murmullo que le mataba lentamente por dentro.
El rumor había callado, y solo se escuchaba el latido de un corazón que delataba la ausencia de un segundo latente en la sala.
-¡Cobarde!
Arrojó el cuerpo sin vida al suelo y se decidió a averiguar por si misma el origen de su reclusión y desarraigo en los últimos meses.
Le seducía de alguna forma el pavor profundo que sentía, asi que con el cuchillo en la mano se decidió a recorrer el pasillo que la separaba de su objetivo, del que era presa y cazadora al mismo tiempo.
Se encontraba ya en la mitad de su breve pero intenso trayecto cuando cayó al suelo, física y moralmente agotada. Y desde el suelo siguió avanzando, pues la fuerza de atracción de aquella puerta entreabierta era mayor que lo que quedaba de alma y espíritu en ella.
Tras haber cruzado el infierno que en otras condiciones hubieran sido no más de quince pasos, su mano se aferró al pomo de la puerta, levantando su cuerpo malherido y tambaleante.
Un golpe fue suficiente para que se abriera, y para que sus sentidos se vieran ofuscados por un mar de recuerdos sempiternos, que sin saberlo habían permanecido allí, ocultos, para volver y vencer al olvido tras la madera de una puerta que cruje bajo la humedad del llanto apagado. La mujer murió, ahogada por sus propias memorias.

Susurros de cordura

“Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, como llorando de pena y alegría al mismo tiempo. Como una fugaz mirada al pasado que resbala por el asfalto y se escurre por una sucia alcantarilla, arrastrada por el llanto constante del frío invierno. Una lluvia de melancolía; una soledad de pensamientos y recuerdos que discurren por las cañerías de la casa. Un llanto que hace llover por dentro, llorar en silencio al compás del aguacero. Morir de pena con una sonrisa en la cara, de tan acompañado estar en la más absoluta soledad, y caer en un profundo abismo sin moverse del sitio.

Son estos mis últimos susurros de cordura, que dejo plasmados en el papel antes de lanzarme al pozo de la locura de forma definitiva en un viaje sin retorno. Muy buenas noches.”

 

Se lanza así el hombre al pozo del deseo, y su borrasca de sollozos se pierde en la espiral de una ociosa tarde invernal que poco a poco le consume.

Les relataré si me lo permiten la historia de su autor. No importa de ningún modo su nombre o su aspecto, y mucho menos si no fue más que un producto de mi imaginación o de la suya.

 

Vivía él rodeado de lujo y extravagancias, como solo un hombre que ha pasado por la más absoluta miseria hubiese deseado; y así vivió hasta que un día la demencia llamó a su puerta, y lo dejó todo. Se lanzó a las calles, y allí murió un par de veces, hasta que por fin decidió que su hora ya le llegaba, aunque de ningún modo moriría con el más pequeño atisbo de coherencia o cordura; dejó escrita una breve despedida y se marchó para no volver. Qué equivocados están ustedes en este momento si piensan en mí como una persona sensata y corriente; ni siquiera sospechan que les escribo desde el fondo de los abismos más profundos de la mente y que soy yo el único autor de esta improvisada biografía.

Claveles y lirios,

Claveles y lirios en el ambiente. Ojos negros como el carbón y brillantes como la luna que se clavan en el blanco vacío de una pared. Por encima de toda la algarabía, su sonrisa contenida que llenaba de nostalgia toda la estancia.

Suenan palmas, se entonan canciones y el sumiso susurro de su silencio parece callar el lugar y gritar a mi oído.  Se oyen disparos fuera, y lejos de abandonar el lugar, se sofocan los gritos con otros más altos, y entran los hombres que van armados.

Una bala enrojecida vierte mi copa, y unas gotas de champán me refrescan las coloradas mejillas inesperadamente. Siguen lanzándose claveles y lirios; las balas tampoco cesan y alguno yace ya sobre un charco ensangrentado, en el suelo; pero por encima de todo se ve su sonrisa roja, que consigue que las batallas parezcan de flores, y que la nostalgia y el champán huelan a carmín y a claveles.

Bloody carnations

Invierno

El coche se detiene. En medio del camino hay una pila de lo que algún día habían sido mesas. Se encuentra rodeado de campos de calabazas, y el sentimiento de soledad se hace cada vez más presente. Ciertamente, la compañía de la madera rota y las enredaderas no era muy agradable. El hombre ya está fuera del vehículo, y mira al cielo, que amenaza tempestad. Ensimismado, piensa en su pequeño apartamento. La casa de Ella y los campos de maíz que la rodean, bastante más pintorescos que los que tenía ante sus ojos. O  no.  Porque los ojos están cerrados. Y en un instante todo puede cambiar. O  no hacerlo. Sigue nuestro personaje en el particular mundo de su mente, y detiene su bombardeo de pensamientos para escuchar algo. Es la música que el viento  hace al pasar por las rendrijas de la madera, llena de misterio, que cada vez suena con más fuerza que la anterior. Abre los ojos, y está tumbado boca arriba, sobre el asfalto.

A sus pies hay un banco astillado, y sobre él restos de una ventana que brillaban a la tenue luz del sol. Decide levantarse, sin siquiera preguntarse qué hacía tumbado en la carretera, y se acerca a los escombros. Trata de coger un pedazo de vidrio, pero se corta. A los pocos minutos, ya hay un charco color carmesí en el suelo, mas nuestro amigo ya no teme por su vida. La verdad, ya no quiere que nadie le encuentre; ni quiere moverse de allí.

Conforme va cayendo sangre, las nubes van dejando pasar más claridad. Da dos pasos el hombre, oye un lápiz crujir bajo su mocasín y se da cuenta de que ha sido despojado de cuanta visión tenía. Pero no está ciego; ve la luz. Ve la escalera, sube sus peldaños, y llega a casa. Y en casa duerme profundamente, no sea que uno de los de abajo le encuentre. No, imposible; a los que cierran los ojos nadie les busca, ni les encuentra. Y comienza a llover, llueve mucho, como gritando: « ¡Ya  llegó el invierno!»

desierto coche

Aisha Kandisha

Aisha Kandisha, hija del traidor don Julián, lleva en su sangre el veneno de generaciones de odio y miseria. Si alguna vez se os ocurre, niños, salir de casa después de que se ponga el sol, nunca os acerquéis a ninguna mujer, por hermosa y amable que sea. Y os lo digo yo, como mujer, como anciana, y como viuda.

-¿Por qué, vieja Aaminah? ¿Por qué no se puede?

-¡Abdul! ¿No te he contado esta historia ya unas mil veces? Muy bien, te refrescaré la memoria, pero que sea la última vez.

Por muy hermosa que se presenta la Aisha Kandisha no es otra cosa que una djina; son cientos los hombres que, al verla bañarse en un oasis, un río e incluso cerca de un pozo, no pueden evitar acercarse a ella, y antes de que puedan reaccionar ella vuelve a su forma real, una repulsiva vieja, con la piel corrompida por los siglos, y sus largos cabellos que son en realidad grises y mugrientos mechones que le caen a cada movimiento que hace. Rápidamente, sacaba un largo machete y segaba las cabezas de sus víctimas como si de trigo se tratara. En un suspiro, Aisha ya no estaba, y se veía una rojiza forma esférica flotar en el agua.

Pero claro, ese es el precio que un hombre pagaba por mirar a Aisha Kandisha, torturada por los invasores, traicionada por su propio padre, y una peligrosa djina que venga su propia muerte todas las noches, cerca de un río del Magreb.

Aisha Kandisha