El Contrato

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El teleoperador resolvió todas mis dudas con serena amabilidad. La oferta, realmente, era inmejorable. Tres meses de conexión gratuíta con ADSL a cuatro megas, una tarifa plana de 9 euros al mes y un teléfono móvil de regalo si contrataba el servicio en ese mismo momento.
Mientras sopesaba las tarifas, el operador añadió algunos comentarios sobre la calidad del producto y su experiencia personal, que agradecí por su cercanía y sinceridad.
Finalmente, con gran educación, rechacé el ofrecimiento alegando las molestias de dar de baja mi línea actual y mi transitoriedad en el piso de alquiler donde vivía.

Debí sospechar de aquel inquietante silencio. Ignoro cómo sabía el operador el nombre de mis padres, o el lugar de trabajo de mi esposa, o la matrícula de mi coche, o el colegio de mis hijos. Ignoro de dónde salió aquella voz gutural que no paraba de proferir insultos.
Del resto de las amenazas apenas pude enterarme. Cuando le colgué, ya había empezado a maldecir en latín.

Jose Antonio Francés.

MIEDO ME DA. 78 relatos de humor y espanto.

Naturaleza insólita: el tiburón duende.

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Tiburón goblin

Terrorífico y real, el tiburón duende puede llegar a medir 3 metros y a pesar 150 kilos.

Esta extraňa especie de tiburón no fué descubierta hasta fines del S XIX debido a que su hábitat se reduce a aguas profundas, concretamente partir de los 200 metros de profundidad. Su peculiar cabeza cuenta con un prolongado hocico y con unas mandíbulas que, por si no fuesen atemorizadoras ya de por sí, son  capaces de desplazarse fuera de su boca. Esta capacidad es de enorme utilidad en aguas profundas ya que este tiburón se orienta, como muchos peces abisales, por electro-receptores situados en su cabeza, que le sirven para capturar presas como calamares o pulpos antes de que las otras criaturas puedan detectarlo.

Fascinante y temible, ¿verdad?

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El vampiro del cementerio de Belen

image by Raúl Macías

image by Raúl Macías

Esta leyenda tiene lugar en el estado mejicano de Jalisco. Cuentan todavía hoy en los mentideros del lugar que  en el S XIX la ciudad de Guadalajara se vio sacudida por una sucesión de muertes extrañas. Si bien  al principio llamaban menos la atención pues eran animales callejeros como perros o gatos, lo que aterraba era que aparecían resecos, como pellejos a los que álguien había exprimido hasta no dejar más que la piel. Más tarde quienes morían eran los vagabundos, los que no tenían refugio,  hasta que finalmente los fallecidos fueron los ciudadanos que caminaban por Guadalajara tras haberse puesto el sol.  En verano era más sencillo caminar por las calles debido a las horas de luz pero a partir del otoño el comercio se paralizó; las familias dejaron de visitarse para compartir cenas y ya nadie confiaba en nadie. No obstante, más que el temor a un asesino que estuviese asolando las calles de la ciudad, el rumor que se extendió tras conocer el estado de los cadáveres que eran abandonados en las aceras,  era que entre sus muros se había instalado un vampiro.

Las autoridades de la ciudad , temerosas de que algo les sucediese a sus familias y temiendo una revuelta ciudadana, convocaron a todos los expertos del tema. También contrataron a cazarrecompensas. Convocaron a todo aquel que pudiese librarlos de esa maldición. Se presentaron múltiples candidatos llamados por el dinero pero la mayoría eran simples aficionados, estafadores o gentes sin experiencia en el mundo de lo esotérico. Finalmente, tras meses de espera, dieron con la persona indicada.

El hombre en cuestión les indicó que para hacer salir a un vampiro de su escondite hay dos opciones muy útiles: la primera es quemar el lugar en donde se supone que mora. Aunque la noche aún no haya caído, la amenaza del fuego lo despertará; se verá acorralado y no podrá escapar, acosado por un lado por los enfurecidos vecinos, y por otro por la luz solar. No obstante, existía en este caso un problema: nadie sabía dónde se guarecía el vampiro. Surgió entonces la segunda vía: acosar al vampiro con el hambre. Pronto el pueblo fue un desierto: no hubo ni hombre ni mujer ni niño ni animal que aventurara por las calles, ni por la noche ni durante el día. Previo a ello, por supuesto y por recomendación del cazavampiros, habían hecho acopio de gran cantidad de provisiones para soportar la espera.

Apenas transcurrieron dos semanas cuando al caer el sol, el cazador, siempre vigilante, avistó a un hombre alto, enjuto, moviéndose con lentitud por calles periféricas de Guadalajara. Él y su selecto grupo de vecinos, armados con estacas y cruces, lo rodearon. El vampiro, desesperado por la falta de sangre, intentó atacarlos pero la fuerza del número lo derrotó y pronto fue prisionero de la partida. Mientras decidían que hacer con él, el cazador de vampiros fue tajante: no se deja vivir a un vampiro, hay que destruirlo o se recuperará y matará de nuevo. El vampiro fue muerto con una estaca en el corazón, decapitado y quemado. El cazarrecompensas recibió su cuantiosa paga y se marchó. Pero algo salió mal y arruinó el final feliz que la gente de Guadalajara esperaba.

En lugar de esparcir las cenizas del vampiro a los cuatro vientos, para que ni sus partículas más ínfimas no puedan reunirse nunca, los pobladores torpemente enterraron los últimos restos del vampiro en el cementerio de Guadalajara, a la sazón en un lugar llamado el Panteón de Belén. Fue allí que, con el paso de las décadas, la frágil vida del vampiro, al estar en contacto con la tierra, poco a poco recobró algo de su fervor y se aferró desesperadamente a un árbol cuyas raíces comenzaron a asomar por debajo de la tumba. Afortunadamente alguien percibió este macabro augurio y se tomaron medidas: por miedo a que el vampiro pueda escapar se tapió de nuevo la tumba y toda raíz o tronco o tallo u hoja que asoman por entre las piedras del suelo es cortada y quemada.
Todavía hoy se revisa el panteón limpiando la hojarasca,  pues la tradición de impedir que el vampiro del Panteón de Belén regrese se transmite de generación en generación.

La muerte en vida, por Fernando Rosales Naya

Quien lo hubiese conocido, no habría dado crédito. Estaba llorando. Su entereza se licuaba en aguas tan gruesas y copiosas que ni las innúmeras e invisibles lanzas que arrojaba el Sol desde su cénit hubieran podido evaporarlas. Mediodía en Valaquia… hummm
Allá en lo hondo de su cabeza las cosas no estaban mejor. No acertaba a hilvanar idea alguna. Sentía que blancas lombrices, largas como estacas, horadaban sus recuerdos. Voraces ratas grises roían su sentir. Llamas escupidas por dragones calcinaban su valor. Y cuando todo esto amainaba, negros vampiros absorbían su voluntad.
Con todo, el Más Compasivo concedió alegrarle la antesala de sus últimas horas -tal vez días- con ensueños reconfortantes. Recordó así que había amado, siquiera fugazmente, a todas sus cinco esposas, a cada cual más bella, e incluyendo a una sirena marsipiosa. Que su audacia, y la misericordia del Generoso, le habían permitido escapar de la miseria a la que los restantes jóvenes de su aldea siempre quedaron atados. Que su corcel no podría ser montado por los victoriosos enemigos, toda vez que había entregado su vida atravesado por las lanzas. O que aunque propiamente ya no moriría en combate, ese que acababa de decidir que cayese prisionero, allá, en el Paraíso, el Justo lo premiaría con sensuales huríes; no en vano, iba a llegar a su fin por haber contribuido con su esfuerzo a la guerra que el sultán Mehmet lanzara para poner fin a tanto horror.
Poco duró la ensoñación. Menos que las lágrimas que aún se le escurrían. El miedo regresó. Y no era miedo a morir, sino a no poder hacerlo de inmediato. Pues no otra cosa que promesa de vida en muerte era esa imagen que ahora el contraluz le recortaba desde el sur. Semejaba un agujero que absorbiese todos los rayos solares para después devolverlos. O esa te[m]pestad que sin ser vista conmueve los cimientos de la vida. La imponente montura era negra como la nada, y descansaba sobre cuatro patas largas y robustas, estacas premonitorias de lo peor. A su lomo, el destello acorazado que casi lo cegaba se había alzado sobre lo estribos. Bastó ese gesto del jinete para que sus seguidores -temerosa mezcla de guerreros blindados junto a sacerdotes armados de crucifijos- lo miraran nerviosos. Aunque él no podía discernirlo, su faz era por sí la emisaria de la Muerte: ojos rotundos como escudos, nariz larga y corvada similar a cimitarra, cejas y bigotes ensanchados cual mandobles de cristianos, densas pestañas que como visera de casco ensombrecían más, si cabe, un rostro cuya encarnada tez parecía vampirizar la sangre de los enemigos. Y bajo el yelmo, envolviéndolo todo, ríos rizados de negro muerte se escurrían más densos que la crin de su caballo. Movió sus labios con calma, para que de entre las almenas de su boca irrumpiesen palabras contundentes y veloces, proyectadas desde su mazmórreo paladar como si de piedras catapultadas se tratara. A sus órdenes, varios acólitos alzaron con presteza cinco círculos concéntricos de estacas.
Y ahora lo miraba a él.

La Saga del Fénix I: Nuevas traídas entre las hojas

¡Shhh…! No hables.

Me temo que hoy no puedo contar una de mis historias convencionales, ya lo lo dije: ¡Los tiempos están cambiando! Y es mi deber relatar estos cambios.

Tranquilízate, deja de mirar para todos lados intentando seguir mi voz. Estoy inquieta, muy inquieta y me temo que no me mantendré en reposo ni un segundo más.

¡Shhh! ¡Te acabo de decir que guardes silencio! ¡Intento escuchar lo que me intentan decir los árboles!

También están inquietos. Esto no es buena señal, oh, claro que no lo es.

¡Por los dragones plateados de Mhyr! ¡Esto es un desastre! ¿¡Cómo puede haber ocurrido!?

¿¡Cómo que qué pasa!? ¡¡Estúpido humano!! ¿¡No oyes a los árboles!? ¡¡Acaban de aparecer!! ¡¡Él ha vuelto!!

¡¡No, no me voy a tranquilizar!! ¿¡No sabes lo que significa que haya vuelto!?

¡¡Por las calabazas de Marsipiosa!!

¡¡Se le ha visto en el paso entre el Norte y el Sur de Malvadia!!  ¿¡Que qué ocurre!?

¡¡Ocurre que los muertos volverán a levantarse, que los demonios de los bosques comenzarán a comerse a estúpidos humanos como tú, que el Lago de Fuego de la isla de Dragones se helará, las sirenas tomarán la tierra, los dragones se matarán entre sí, el mismísimo Holandés Errante temblará desde los mares…!! ¡¡Esto es un desastre!! ¡¡Él, tenía que ser Él!!

¿¡Que quién!?

¡¡No tengo tiempo para darte explicaciones!! ¡¡Humano, necesitaré tu ayuda!! ¡¡Debemos volver a Malvadia y hablar con Dama!! ¡¡Raudo!!

¡¡ El Fénix ha vuelto !!

La piel de la noche cubre Calacoayan, por Fernando Rosales Naya

Tal vez fue en la aldea de Calacoayan, no puedo asegurarlo. Puede que fuera septiembre.

Aunque probablemente tampoco. Porque -creo recordar- pocas noches habían pasado desde aquella
otra aciaga, que hoy algunos llaman triste. Lo cierto es que entramos allí dispuestos a hacer pagar a
sus habitantes por todas las desgracias que los de su estirpe nos habían infligido al expulsarnos de
Tenochtitlán, esa urbe hermosa como Venecia, depravada como Babilonia, que en mala hora el
Diablo fundó y espero que un día se lleve.
Habiendo, pues, entrado en la aldea, y tras matar a no pocos enemigos, no fui consciente de
que el fragor del combate me había separado de mi grupo para dirigir mis descalzos y polvorientos
pies hasta el infame lugar donde acaeció lo que contaros quiero.
Recuerdo que sucedió al rebasar la infausta puerta. Sí. Giraba en ademanes masculinos, pese
a su figura de mujer. Y no sentí deseo de poseerla, aunque desnuda se me mostraba. Puede que
fuese su desgreñada cabellera, medio bruna, medio carmesí. Tal vez fuera el olor que de ella
arrancaba la brisa: me devolvía a los rojos regueros que recorrieron mi piel en aquella noche acia…
o, ¡no, no! ¡Ahora recuerdo!: ¡¡¡hedía como los teñidos y repugnantes ídolos de sus demoníacos
templos, embadurnados del mismo color que el ácido zumo de ese raro fruto -otra obra del diablo en
este país del diablo- que llaman tomatl!!!.
Desvarío. Pero ¿qué ser nacido de madre no lo haría al evocar tan terrible escena? Trague
saliva el lector. Hacia ella avancé. Cuanto más yo me acercaba, más perdía ella su feminidad. Y más
me repelía. Sin duda, era progenitora de demonios, pues no leche, sino sangre, manaba de sus
pezones. Y ¿a qué degenerada casta podría pertenecer una hembra con cuatro pies y otras tantas
manos? ¿A qué demonios me enfrentaba? ¿Qué tentaciones había dispuesto el Altísimo para poner a
prueba a este pobre pecador? Fuera lo que fuese, de algo estaba seguro: hembra, desnuda,
sanguinolenta y agitada en procaz baile: sólo el Maligno podía encarnar el repugante cuerpo de esa
nueva Eva, al objeto arrastrarme al Infierno por vías que mis cortas luces no alcanzaban a imaginar.
Me armé de valor. Intenté convencerme de que mi morrión y mi coraza me salvarían de sus
más que seguras asechanzas. Sujeté con firmeza la macana arrebatada a un enemigo -había perdido
mi espada durante la desordenada huida en las aguas de Tacuba- y me repetí que nada como un
arma de Lucifer para devolverlo a él mismo a su morada.
Al alcance de mi brazo la tenía cuando me detuve. En mi pavor, no había reparado en el
bulto con que mis desnudos pies ahora tropezaban y que a fe me hubiese hecho caer si la única
mujer libre de pecado, la virginal madre de Nuestro Señor Jesucristo, no me hubiese protegido. Iba,
pues, a mirar el yaciente y molesto bulto, cuando antes de desviarse hacia el suelo mis ojos se
pararon sobre el torso de la diabólica danzante. Dando un giro me mostraba ahora su sinuoso dorso.
Y una larga carrera abría su piel de cuello a posaderas. Chorreaba sangre. Y más sangre
embadurnaba la piel que había debajo de su piel. ¡¡Por cien mil de a caballo!! Yo nada comprendía:
sangre sobre sangre… ¡Piel sobre piel…!
Mi turbada vista buscó entonces reposo en el bulto yaciente. Y no lo halló. Pues no había
descanso posible para el alma en aquel diabólico y hediendo recinto. Créame el lector: otra mujer,
más horrible si cabe, pero ésta inerte, tendida y retorcida cual sierpe en plena muda, y ya no
impregnada de sangre, sino en ella bañada. ¿Y donde estaba su pi…?
¡Entonces me iluminó el Señor!. Y me hizo recordar aquel terrible relato al que solo quien
haya convivido entre estos salvajes podría dar crédito. Circulaba por la mil veces maldita
Tenochtitlán. Y, ¡sí!, hablaba sobre la mujer siete serpiente, Chicome Cóatl en su degenerada
lengua, esa jerigonza que no se parece a idioma conocido alguno, sea de cristianos, marranos o
infieles, lo que prueba que estas gentes no descienden de la estirpe de Adán. Siete serpiente, digo,
que en tiempo de nuestra vendimia es muerta y desollada por un ministro del Diablo en ofrenda a
sus sanguinarios ídolos para que, según afirman, esta infausta y desgraciada tierra, que solo el
Maligno ha podido crear, pueda rendir sus frutos.
A punto de vomitar estaba cuando la danzante se volvió. Y su viril rostro acabó por
desvelarme la verdad. Aquel sacerdote de Satánas disfrutaba del calor que aún tuviera su nueva ypostiza piel.
Me encomendé a Santiago. Alcé la macana dispuesto a hendirle la cabeza. Mas bien sabe el
piadoso lector que los caminos del Señor son inescrutables, pues es su potestad escribir recto con
renglones torcidos. Estaba, pues, yo a punto de asestar el golpe mortal a aquel sanguinario ministro
del Maligno cuando nuestro Dios decidió salvarlo. Y dispuso para ello que detrás de mi, una viril
voz me increpase en correcto castellano. Era Fray Jerónimo Toscano, que hasta el repugnante
templo me había seguido sin notarlo yo, y que conmigo, sin yo saberlo, había presenciado la cruel y
terrible escena. Fiel a su costumbre, me contravino con su sutileza florentina:
“No lo hagáis, Pedro, no tengáis que arrepentiros vos, ni deban lamentar todos los hombres
de nuestra acosada hueste las consecuencias de vuestro impulsivo carácter y pecaminoso proceder.
La guerra que ahora libramos contra estos aztecas no ha hecho sino empezar. En ella necesitaremos
aliados, cuanto más despiadados, mejor. Y a fe que habremos de salir airosos de ella si ganamos
para nuestra causa a hombres como éste al que vos ahora, irreflexivamente, queréis matar, hombres
capaces de realizar los más terribles actos en nombre de su Dios. Perdonadle, pues, la vida; dejad
que yo lo convierta, y que haga de el un cruzado que combata por la verdadera religión, aquella que
nos enseña nuestra Santa Madre Iglesia y de la que yo soy humilde ministro. Pensad, en fin, que
tiempo habrá de hacerle pagar sus pecados, a él y a todos los de su jaez, cuando con su ayuda
hayamos logrado señorear sobre estas ricas tierras”.

Fernando Rosales Naya, profesor de historia en el CPI de Baralla y autor del ensayo ” Huyendo de Occidente”, publicado por la Ed. Zaera Silvar (y lo más importante,un querido amigo), ha escrito esta historia para siniestro disfrute de los miembros del Club de la Medianoche. Que lo gocéis, corazones nocturnos.

No digas nada

-¡No mientas! ¡No me mientas!
Un río de lágrimas que eran pensamientos corrían por las mejillas polvorientas de la mujer.
-¿Quieres decirme la verdad? ¡Por qué no quieres decírmela! ¡Dime la verdad!
No habla nadie, y sin embargo no hay silencio. Los ruidos en el cuarto pequeño aun seguían.
-¿Que es lo que hay ahí? ¡Que es lo que hay allí!
Era un murmullo, como de gritos ahogados que mueren por lo bajo en el cuarto del fondo, el mas alejado con respecto a su habitación y a la estancia en la que ahora se encontraban.
-No diga nada, señora. Permanezca en silencio, se lo ruego.
El silencio deshacía lentamente la tortura de la mujer, pero el hombre cuyo interior era gris y vacío ya se había entregado a la desdicha del murmullo que le mataba lentamente por dentro.
El rumor había callado, y solo se escuchaba el latido de un corazón que delataba la ausencia de un segundo latente en la sala.
-¡Cobarde!
Arrojó el cuerpo sin vida al suelo y se decidió a averiguar por si misma el origen de su reclusión y desarraigo en los últimos meses.
Le seducía de alguna forma el pavor profundo que sentía, asi que con el cuchillo en la mano se decidió a recorrer el pasillo que la separaba de su objetivo, del que era presa y cazadora al mismo tiempo.
Se encontraba ya en la mitad de su breve pero intenso trayecto cuando cayó al suelo, física y moralmente agotada. Y desde el suelo siguió avanzando, pues la fuerza de atracción de aquella puerta entreabierta era mayor que lo que quedaba de alma y espíritu en ella.
Tras haber cruzado el infierno que en otras condiciones hubieran sido no más de quince pasos, su mano se aferró al pomo de la puerta, levantando su cuerpo malherido y tambaleante.
Un golpe fue suficiente para que se abriera, y para que sus sentidos se vieran ofuscados por un mar de recuerdos sempiternos, que sin saberlo habían permanecido allí, ocultos, para volver y vencer al olvido tras la madera de una puerta que cruje bajo la humedad del llanto apagado. La mujer murió, ahogada por sus propias memorias.