La imagen maldita

Han oído  acerca de una imagen  que debe ver por más de cinco minutos y que circula por Internet, si lo sabes ya te habrá pasado y si no te contare mi historia.  Vi un reportaje por la televisión  y  le conté a mi mejor amiga,  Marta, ha ella le encantan esos programas paranormales. Buscamos en Internet y encontramos la imagen y la historia, una estudiante japonesa había hecho un dibujo, la subió a Internet y luego  se suicido

A  ella le pareció muy interesante y a mí un poco extraño. Descargamos la imagen en mi computadora. El fondo de la foto era un verde oscuro, su cabello era largo de color café, tenía una palidez  y una mirada triste, sus ojos eran café claro y parecían un poco empañados.

Martha me reto a mirar la foto por cinco minutos y  solo logre verla por siete segundos y tuve ganas de  llorar, jamás olvidare esa mirada, MARTHA  se rió de  mi, la observo por 5 minutos que ella había cronometro con su celular.

-tontuela dijo marta no pasa nada y luego nos echamos a reír.

Ya en la noche sentí como  si alguien me vigilara más tarde mientras dormía creí que alguien me moviera la cama. Eran las tres de la mañana cuando Martha me llamo por un fuerte dolor de cabeza que no soportaba, le comente que tampoco yo podía dormir que tomara alguna aspirina colgué el teléfono  y volví a mi cama, luego  recordé  la imagen y decidí entonces   borrarla  de mi computadora la  curiosidad me llevo haberla  fijamente y  en un instante sus ojos se volvieron oscuros ,me sonrió, sentí como si algo me arrastraba no no., al contrario parecía que saliera  me quede paralizada por un momento…Apague el monitor lo  más rápido posible salí de mi habitación llame a  casa de Marta  pero nadie contesto…no pude volver a dormir.

Cuando llego la mañana  salí de prisa a casa de mi  amiga a contarte todo lo que me había pasado  y si ella había sentido algo  parte de aquel dolor de cabeza,  mi sorpresa fue encontrar a sus padres abatidos llorando y un auto de la policía  MARTHA  había desaparecido su padre me pregunta si sabía algo del asunto y negué con la cabeza no podía hablar estaba en shock.

Han pasado tres días de la desaparición de Martha y he tomado la decisión de confesarme ante un cura pues no puedo dormir tengo pesadillas y dolores de cabeza repentinos a veces escucho voces me estoy volviendo loca, creo que es Martha tengo el televisor encendido veo las noticias una chica se ha arrojado a las vías del tren…

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Sueños

Tengo miedo de mis sueños.El miércoles soñé con una rata gigante y al día siguiente mi padre había encontrado un ratón.Otro día soñé que mi gata se caía por un pozo y al día siguiente mi gata Astrid desapareció.Hoy soñé que una muñeca entraba por mi ventana y con una aguja me cosía la boca.No sé cuánto tiempo aguantaré despierta.

                                      

LAS LUCES

Esta historia me la contó una chica de unos 16 años, y no le sucedió a ella, sino a su madre, una española que emigró a Alemania para buscarse la vida, teniendo que alquilarse una casa con su joven esposo que apenas tenía comodidades.

Eso sí, tenía visitantes misteriosos.

Al principio sólo eran sonidos, rasguños en la almohada que mantenía abrazada mientras trataba de descansar después de tantas horas de trabajo. Le asustó, cierto, pero mantuvo la calma y pensó que era su propio agotamiento el que la hacía tener alucinaciones auditivas. Los rasguños en la cama no son tan inhabituales ¿no?. Muchos los hemos oído. Son visitantes que quieren comunicarnos que “están ahí también, que no estamos solos”.

La joven vivió con esa extraña experiencia unos días y terminó por acostumbrarse, pero una noche ocurrió algo terrible. Estaba tumbada en la cama, descansando, su marido estaba afeitándose en el cuarto de baño, y de pronto unas lucecitas de un tamaño algo mayor que el de las canicas, blancas azuladas y brillantes, comenzaron a salir de debajo de la cama.

Subieron, ascendieron hasta ponerse encima de ella, y bailaron.

La chica las miró estupefacta, tragó saliva y respiró profundamente. ¿Qué era aquello? ¿De dónde salían? ¿Qué las producía?

Y entonces las luces comenzaron a bailar con movimientos más bruscos, y una poderosa fuerza salió de ellas. La chica notó esa fuerza en puñetazos y patadas invisibles que la golpeaban y estampaban contra las paredes… Gritó, y su marido se cortó con la gillette. Cuando él iba a salir la puerta del cuarto de baño se cerró de golpe.

La joven española emigrante sufrió una paliza que la dejó destrozada, y no pudo hacer una denuncia, porque en qué comisaría de policía iban a escuchar semejante historia sin echarse a reir.

No volvió a ocurrirle porque volvió a España entre lágrimas y terrores.

Durante años jamás contó la historia, y cuando lo hizo, fue para contárselo a su hija -mi confidente-, quien me confesó que su madre no podía hablar del tema sin echarse a llorar y a temblar.

No es para menos. Su hija también lloró al contármelo.

Noche de Animas

 

Me sorprendió su disfraz de hombre lobo, con su pelambrera negra y sus afilados colmillos. Quise tocarlos por curiosidad y me soltó un mordisco en el brazo y huyó de la fiesta dando gritos como un loco.

Los médicos me tranquilizan con un aluvión de vacunas. Pero no dejan de mirarse entre ellos ni de hablar a escondidas.

 

Miedo Me Da. 78 relatos de humor y espanto.

Jose Antonio Francés.

Pesadilla antes de la Precuela, por Fernando Rosales

Ghost Soldier

Me llamo Luis de Bombarral, y soy un muerto. No, no estoy borracho. Tampoco soy un zombie. Nací en Salvaterra de Magos. Fui -bueno, y soy- portugués, y me dieron muerte en 1918.
Sí. Pronto hará un siglo, quién lo diría.
Pensarás que me he cargado la historia al revelar desde el principio mi condición de fiambre. Pero es que lo interesante de mi cuento no es que un muerto se dirija a ti -eso, si eres asidu@ de esteblog, no debe sorprenderte-, sino que esté a punto de ser asesinado por vigesimocuarta vez.
Así que pon oído:

Aun no tenía dos años la Guerra del 14, cuando a mi gobierno se le metió entre ceja y ceja que debía meterse en ella. Ya sabes: un pequeño país, pobre y atrasado pero con ricas colonias en África que las potencias mandamases de por entonces deseaban. Para evitar que los vencedores se ganasen cien años de perdón expoliándonos al acabar la carnicería, debíamos minimizar riesgos participando en ella. Y del bando británico, of course, que por algo Reino Unido dominaba nuestra economía desde Dios sabía cuándo.
Total, que yo acabé enviado para luchar en los campos de Flandes. Y allí, en la mañana de un 10 de abril del año que ya dije, mis restos quedaron esparcidos no lejos de Ypres tras encontrarse con un obús que, a día de hoy, ignoro si fue lanzado por nuestros enemigos alemanes o por nuestros aliados británicos. Triste cosa, morir en primavera…
Pero ahí empezó lo bueno.

Fue todo bien al principio. Pues en el otro mundo confraternizamos todas las víctimas de la Guerra sin mirar nuestro origen, idioma o uniforme. No solo eso. Hartos de que los avances del conocimiento se empleasen para picar carne humana a gran escala, decidimos combinar nuestros saberes para descubrir un cauce de comunicación con el mundo de los vivos. Era mucho lo que se podía ganar de conseguirlo: impedir que los dirigentes por quienes habíamos muerto tapasen sus crímenes construyéndonos monumentos y cenotafios que no harían sino acentuar los odios al recordar desde las plazas públicas y los camposantos cuán heroica había sido nuestra actitud y cuánto bien había hecho a la patria nuestro sacrificio. No. Eso no debía repetirse.
Nosotros mismos, aquellos que habíamos sido brutalmente desalmados, nos infiltraríamos continuamente en el mundo de los vivos para dirigirnos a la gente. Sí. Siempre que fuese necesario le recordaríamos cuán poco heroica y qué grandemente miserable, cruel y perjudicial es una guerra.
Solo nosotros podríamos hacerlo. Pues muchos de los supervivientes empezaban ya a ser comprados con pensiones y medallas…

Pero cuando al fin encontramos la manera, empezó todo a torcerse. Los muertos se reagruparon de nuevo por naciones, dispuestos a defender para la suya el honor de ser la primera en beneficiarse del hallazgo.
Discutir quién empezó es en mi opinión tarea vana. Quede para mentes mezquinas. Poco imaginativas, además, pues las recriminaciones que se echan unos a otros son todas parecidas, y todas ocultan la verdad. Eso sí, sin duda harán correr más tinta que buscar al culpable de la propia Guerra del 14. Para más de un francés, todo se estropeó porque un maldito boche se desmarrcó grritando: “empecemos porr mis compatrriotas, pues se les culpó injustamente de la Guerrrra y esa afrrenta a la dignidad nacional merrece ahorra rresarrcimiento”. El sector alemán culpa en cambio a cierto hijo de la Gran Bretaña, que, como buen tendero, quiso anticiparse para comercializar tan magnífica exclusiva -las malas lenguas insinúan incluso que como oferta de lanzamiento realizaba tres demostraciones por el precio de una-. Y esto no acaba aquí: según los serbios, detonó el follón cuando un húngaro se negó a que hablásemos todos a la vez y, sin consultar a Dios ni al Diablo, y apartando a codazos a su propio amigo austríaco, se autoproclamó único portavoz. Y suma y sigue.

Nada de eso me interesa. El caso es que al poco tiempo nos hallábamos de nuevo en lucha y, vete a saber por qué, reproduciendo paso por paso la guerra original. Mas como no podía ser de otra manera, esta nueva pelea -Primera Guerra de los Muertos según algunos, verdadera Segunda Guerra Mundial en mi opinión- provocó los mismos muertos que su modelo, con su propio infierno de excombatientes. Estos repitieron a su vez la maniobra, y así sucesivamente cada cuatro años.

Yo estoy desesperado. Veo otra vez caer a mis camaradas. Y espero resignado revivir eternamente mi dolorosa y cruel muerte. Los chamanes que honrando al nombre de mi pueblo desde el principio me visitaron para traerme nuevas de mis deudos vivos y calmar mi pena, tardan cada vez más en regresar. Pues no solo demoran el inicio de su viaje al tener que elegir en qué infierno visitarme, sino que una vez elegido destino deben hacer un recorrido cada vez mayor porque esto se expande casi tan rápido como el mismísimo Universo. Y es que, amig@ mí@, como en una saga holliwoodiense, vamos ya por la ¡¡¡vigesimocuarta entrega!!!

Solo falta que algún capullo se saque del bolsillo la precuela.

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Fernando Rosales Naya, profesor de historia en el CPI de Baralla y autor del ensayo ” Huyendo de Occidente”, publicado por la Ed. Zaera Silvar (y lo más importante,un querido amigo), ha escrito esta historia para siniestro disfrute de los miembros del Club de las dos lunas. Que lo gocéis, corazones nocturnos.

El vampiro de Silesia

En Silesia, Polonia, un zapatero remendón muy familiar y querido por sus vecinos ,que además gozaba de excelente salud , se quitó un día la vida sin motivo aparente. Su familia lo encontró una tarde del mes de septiembre de 1591 doblado sobre sus instrumentos ; la cabeza girada en un extraño ángulo, el cuello cortado por una de las afiladas herramientas de su oficio y la mano derecha manchada de sangre. Aunque lo negaría más tarde la viuda comprendió inmediatamente que se había suicidado.

La Iglesia católica, cuya fe era en aquella época el credo mayoritario en Polonia, era inflexible en lo que se refería a la salvación de quienes se quitaban la vida ya que al pecar contra Dios que es quien decide el momento de cuando ha llegado el fin de cada persona su alma no subiría al cielo y por ese motivo no podría ser enterrado en suelo Sagrado.
De hecho al visitar los antiguos cementerios de Polonia y los países circundantes se pueden ver tumbas fuera de sus muros donde descansan los restos de los suicidas y las madres solteras; lejos del suelo sagrado pero lo suficientemente cerca de aquello a lo que habían renunciado.

La desgraciada viuda del zapatero decidió que prefería mentir por grave que fuera arriesgar el descanso de su querido esposo sin la bendición del cura, de modo que tapó el corte con el clásico cuello duro que los hombres llevaban en aquella época, y le dijo el sacerdote que había muerto de apoplejía durante la noche.
Dado que el hombre era bastante robusto, algo obeso y bebía bastante, el cura creyò a la viuda cuando le refirió el motivo de su repentina muerte. Así pues el zapatero fue enterrado en el cementerio con la ceremonia que exigía la religión y en medio del afecto de sus vecinos.

Más su alma no recibió descanso; muchos de los habitantes del pueblo afirmaban haberlo visto caminando por la carretera que lleva al cementerio una semana después de haber sido enterrado. No mucho después hubo quienes aseguraron que les había atacado cuando dejaban la taberna para volver a casa ,mordiéndoles la garganta para chupar la sangre.

Aparecieron también varias vacas muertas en los campos de los granjeros a los que el vampiro había dejado secas y la gente del pueblo comenzó a interrogar a la viuda acerca de la muerte de su esposo y aunque reacia, esta confesó el engaňo.
El sacerdote y el alcalde llevaron la cuestión ante el obispo pidiéndole permiso para exhumar el cadáver, el obispo se lo concedió y cuando la tumba fue abierta todo el mundo se quedó asombrado ante el estado en que se encontraba el cuerpo. A pesar de que habían pasado varias semanas de su muerte los miembros del zapatero estaban flexibles y no rígidos, la piel suave, le habían crecido las uñas y el corte en la garganta sangraba como si acabara de hacérselo.
Se tomaron las medidas oportunas: le cortaron los brazos y las piernas, le arrancaron el corazón y lo decapitaron para quemar los restos en una gran pira. Se aseguraron de que sólo quedarán de él las cenizas y la humareda que se levantó era tan pútrida que los habitantes del pueblo vecino se acercaron a preguntar qué ocurría. Finalmente echaron las cenizas al río para cerciorarse de que el vampiro no regresaría.

Antaño se creía que cualquiera que se suicidase, por fuerza se convertiría en vampiro. Esta es una creencia ampliamente extendida por la Iglesia en Inglaterra y en el resto de Europa ya que la persona que decidía su propia muerte no recibía la extremaunción, el rito cristiano del paso al otro mundo. La Biblia es muy clara este respecto cuando dice que la tierra no acepta el cuerpo de un excomulgado, y los suicidas invariablemente eran excomulgados y enterrados fuera del recinto bendecido del cementerio.
Por tanto es lógico que los teólogos asumieran que estas personas no tenían descanso eterno y se convertían en revenants, “no- muertos”.

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Vampiro de Silesia

Vampiros. Anna Szigeth y Anna Graves.
Ediciones Jaguar.

Versiones (te puede pasar a tí…)

La portada de mi libro era exactamente igual que las de mis compañeros. De hecho, habíamos comprado la antología de cuentos en la misma librería. Pero el mío tenía ocho páginas menos y los tres cerditos morían asados en la parrilla, la bella dejaba a la bestia por un apuesto granjero, el patito se hacía más feo con la edad, a la Cenicienta le robaban la zapatilla y Caperucita acababa rendida en los brazos del lobo.
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Jose Antonio Francés

MIEDO ME DA: 78 relatos de humor y espanto