Polaire y su “cintura de avispa”

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Polaire  (Estrella del Norte) fue el nombre artístico  con el que se conocía a la cantante y actriz francesa Emilie Marie Bouchaud (1874-1939). Nacida en Argelia -en aquel entonces una de las colonias de Francia- se hizo muy famosa por versionear uno de los grandes éxitos de la época, Ta-ra-ra boom the ay. En ese momento los corsés para las mujeres eran el último grito en moda así que ella lo utilizó para marcar y acentuar cada vez más su pequeňa cintura,que según parece ser medía 410 milímetros.
Polaire era una mujer moderna (antaňo tildada de excéntrica) así que en lugar de tener un perrito como mascota, adquirió un cerdito al que puso por nombre Mimí. Lo llevaba de punta en blanco, siempre con vestiditos y un collar de perlas.
La bella Polaire hoy acapararía las portadas de las revistas de moda porque era toda una trend-setter: llevaba un pequeňo aro en la nariz y el pelo suelto y ondulado,algo insólito a finales del S XIX porque no se llevó así hasta la época de los felices aňos 20.

La “Cintura de Avispa”

El modelaje de la cintura, como la costumbre china de menguar los pies, era una práctica aceptada en la época. Es más, era lo deseable y lo más fashion del momento. Las mujeres ansiaban tener la llamada “cintura de avispa” así que, voluntariamente se sometían a auténticas torturas con tal de reducir la cintura unos centímetros bien visibles.  Existen muchos documentos gráficos de mujeres de la época de finales del siglo XIX y principios del XX  que demuestran que no es ningún trucaje, damas fanáticas  del “tightlacer” que poseían cinturas imposibles. Y todo a costa de su salud, por supuesto.

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La superstición del Viernes 13

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¿Por qué tiene tan mala fama el Viernes 13?
Para entender el origen de la superstición debemos remontarnos a la Última Cena. A la mesa se sentaron Jesús y sus doce discípulos (en total, 13 comensales). Al día siguiente,un viernes, se produjo la crucifixión de Jesús.
Siguiendo la corriente del cristianismo, hallamos otro mal fario en el libro del Apocalipsis según San Juan,  donde el capítulo 13 se dedica al Anticristo y a la Bestia.

Pero la Cábala judía también asigna el mal augurio al número 13 pues 13 son los espíritus malignos que enumera, al igual que lo hacen las leyendas nórdicas. Precisamente una leyenda escandinava cuenta que, en una cena de dioses en el Valhalla, Loki, el pseudo dios oscuro y timador (como no tenía ni seguidores ni culto no podemos considerarlo un dios)  era el invitado número 13.

Siglos después, ya en el 1307 de la Baja Edad Media, el rey Felipe IV de Francia, temeroso del poder y las riquezas con las que contaba la Orden del Temple, contó con el apoyo del papa Clemente V  para detener a todos los Templarios del país, precisamente un viernes 13 de octubre. Este hecho fué el que definitivamente apuntaló la leyenda de los malos presagios asociados a los viernes que caen en 13. Además, como todos sabemos, la detención de los templarios alcanzó una gran notariedad a causa de las escabrosas y falsas acusaciones que se les imputaron, como satanismo, y  las torturas y terribles condenas a muerte a los que los sometieron los inquisidores.

No es extraño que con tan mala fama, en el Tarot, el 13 represente la muerte y a la desgracia eterna.

Pero tranquilos. Hoy es un día como otro cualquiera. Simplemente, comienzan los carnavales y llueve. ¿Mala suerte? No. Esto es Galicia y estamos en Febrero. ¡Que eso no os impida disfrutarlos!

Pesadilla antes de la Precuela, por Fernando Rosales

Ghost Soldier

Me llamo Luis de Bombarral, y soy un muerto. No, no estoy borracho. Tampoco soy un zombie. Nací en Salvaterra de Magos. Fui -bueno, y soy- portugués, y me dieron muerte en 1918.
Sí. Pronto hará un siglo, quién lo diría.
Pensarás que me he cargado la historia al revelar desde el principio mi condición de fiambre. Pero es que lo interesante de mi cuento no es que un muerto se dirija a ti -eso, si eres asidu@ de esteblog, no debe sorprenderte-, sino que esté a punto de ser asesinado por vigesimocuarta vez.
Así que pon oído:

Aun no tenía dos años la Guerra del 14, cuando a mi gobierno se le metió entre ceja y ceja que debía meterse en ella. Ya sabes: un pequeño país, pobre y atrasado pero con ricas colonias en África que las potencias mandamases de por entonces deseaban. Para evitar que los vencedores se ganasen cien años de perdón expoliándonos al acabar la carnicería, debíamos minimizar riesgos participando en ella. Y del bando británico, of course, que por algo Reino Unido dominaba nuestra economía desde Dios sabía cuándo.
Total, que yo acabé enviado para luchar en los campos de Flandes. Y allí, en la mañana de un 10 de abril del año que ya dije, mis restos quedaron esparcidos no lejos de Ypres tras encontrarse con un obús que, a día de hoy, ignoro si fue lanzado por nuestros enemigos alemanes o por nuestros aliados británicos. Triste cosa, morir en primavera…
Pero ahí empezó lo bueno.

Fue todo bien al principio. Pues en el otro mundo confraternizamos todas las víctimas de la Guerra sin mirar nuestro origen, idioma o uniforme. No solo eso. Hartos de que los avances del conocimiento se empleasen para picar carne humana a gran escala, decidimos combinar nuestros saberes para descubrir un cauce de comunicación con el mundo de los vivos. Era mucho lo que se podía ganar de conseguirlo: impedir que los dirigentes por quienes habíamos muerto tapasen sus crímenes construyéndonos monumentos y cenotafios que no harían sino acentuar los odios al recordar desde las plazas públicas y los camposantos cuán heroica había sido nuestra actitud y cuánto bien había hecho a la patria nuestro sacrificio. No. Eso no debía repetirse.
Nosotros mismos, aquellos que habíamos sido brutalmente desalmados, nos infiltraríamos continuamente en el mundo de los vivos para dirigirnos a la gente. Sí. Siempre que fuese necesario le recordaríamos cuán poco heroica y qué grandemente miserable, cruel y perjudicial es una guerra.
Solo nosotros podríamos hacerlo. Pues muchos de los supervivientes empezaban ya a ser comprados con pensiones y medallas…

Pero cuando al fin encontramos la manera, empezó todo a torcerse. Los muertos se reagruparon de nuevo por naciones, dispuestos a defender para la suya el honor de ser la primera en beneficiarse del hallazgo.
Discutir quién empezó es en mi opinión tarea vana. Quede para mentes mezquinas. Poco imaginativas, además, pues las recriminaciones que se echan unos a otros son todas parecidas, y todas ocultan la verdad. Eso sí, sin duda harán correr más tinta que buscar al culpable de la propia Guerra del 14. Para más de un francés, todo se estropeó porque un maldito boche se desmarrcó grritando: “empecemos porr mis compatrriotas, pues se les culpó injustamente de la Guerrrra y esa afrrenta a la dignidad nacional merrece ahorra rresarrcimiento”. El sector alemán culpa en cambio a cierto hijo de la Gran Bretaña, que, como buen tendero, quiso anticiparse para comercializar tan magnífica exclusiva -las malas lenguas insinúan incluso que como oferta de lanzamiento realizaba tres demostraciones por el precio de una-. Y esto no acaba aquí: según los serbios, detonó el follón cuando un húngaro se negó a que hablásemos todos a la vez y, sin consultar a Dios ni al Diablo, y apartando a codazos a su propio amigo austríaco, se autoproclamó único portavoz. Y suma y sigue.

Nada de eso me interesa. El caso es que al poco tiempo nos hallábamos de nuevo en lucha y, vete a saber por qué, reproduciendo paso por paso la guerra original. Mas como no podía ser de otra manera, esta nueva pelea -Primera Guerra de los Muertos según algunos, verdadera Segunda Guerra Mundial en mi opinión- provocó los mismos muertos que su modelo, con su propio infierno de excombatientes. Estos repitieron a su vez la maniobra, y así sucesivamente cada cuatro años.

Yo estoy desesperado. Veo otra vez caer a mis camaradas. Y espero resignado revivir eternamente mi dolorosa y cruel muerte. Los chamanes que honrando al nombre de mi pueblo desde el principio me visitaron para traerme nuevas de mis deudos vivos y calmar mi pena, tardan cada vez más en regresar. Pues no solo demoran el inicio de su viaje al tener que elegir en qué infierno visitarme, sino que una vez elegido destino deben hacer un recorrido cada vez mayor porque esto se expande casi tan rápido como el mismísimo Universo. Y es que, amig@ mí@, como en una saga holliwoodiense, vamos ya por la ¡¡¡vigesimocuarta entrega!!!

Solo falta que algún capullo se saque del bolsillo la precuela.

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Fernando Rosales Naya, profesor de historia en el CPI de Baralla y autor del ensayo ” Huyendo de Occidente”, publicado por la Ed. Zaera Silvar (y lo más importante,un querido amigo), ha escrito esta historia para siniestro disfrute de los miembros del Club de las dos lunas. Que lo gocéis, corazones nocturnos.

Verónica Giuliani, otra Santa al borde de la hoguera

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Úrsula Giuliani fue una mística italiana que perteneció a la Orden de Clarisas Capuchinas y que ha sido encumbrada como Santa con el nombre que ella misma eligió para sí: Santa Verónica, en recuerdo de la mujer que acompaňó a Cristo en su pasión.

En 1677 ingresó en el convento de las clarisas capuchinas en Città di Castello (Umbría, Italia). Cuando terminó la ceremonia de recepción, el obispo que presidía le dijo a la abadesa: “Le encargo especialmente a esta nueva hija a su cuidado, porque algún día será una gran santa”.
En el noviciado sufrió pruebas espirituales muy intensas y tuvo grandes tentaciones de volver al mundo, pero sometió obedientemente su voluntad a la que ella creyó su vocación: amar a Cristo.

Después de ser ordenada monja pasó por los múltiples oficios de un monasterio, desde el más humilde hasta el más honroso, siendo sucesivamente cocinera, despensera, enfermera, tornera, panadera, sacristana, maestra de novicias y, finalmente, abadesa, cargo que ejerció once años hasta su muerte.

En 1693 tuvo una visión en que Cristo le presentaba un cáliz, simbolizando la Pasión que iba a ser revivida en sus propias carnes. Al principio no quiso aceptarlo, pensaba de sí misma que le sucedían episodios de locura, pero con gran esfuerzo abrió su mente a los dictados de su Dios; a partir de ese momento y hasta el resto de su vida comenzó a experimentar un intenso sufrimiento espiritual y corporal. Es su confesor quién le ordena registrar por escrito sus experiencias místicas, por lo que inició la redacción de su Diario, que consta de 42 volúmenes (¡unas 22.000 páginas en total!).

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Al aňo siguiente se le grabó en su cabeza la seňal de la Corona de Espinas, siendo las heridas visibles y el dolor, permanente. El 5 de abril de 1697,día de Viernes Santo, recibió los estigmas de Cristo en sus manos, pies y costado. En julio de ese mismo año, su propia abadesa, achacándole artes de brujería, la denunciaría a la Inquisición. Esto supuso años de humillaciones y pruebas. Se la obligó a llevar un régimen especial de comidas y a intentar curar los estigmas con diversas técnicas médicas, que terminaron fracasando en todos los casos. Llegaron hasta a practicarle exorcismos. Además se le incapacitó para ser elegida para ningún cargo de la comunidad así como para votar en las elecciones de otras monjas para cargos comunitarios. También fue sometida a estricta incomunicación, prohibiéndole recibir visitas y escribir cartas.

Visto la inocencia de sor Verónica, las pruebas de la Inquisición fueron cesando en número y retirándose poco a poco las prohibiciones. El 3 de junio de 1703 se le devolvió el cargo de maestra de novicias. El 7 de marzo de 1716 se le permitiría ser elegida abadesa, y así lo hicieron las hermanas el 5 de abril de ese mismo año. Ejerció el cargo hasta su muerte, en 1727. Supuestamente, al practicársele la autopsia, en su corazón se encontraron grabadas la cruz y demás instrumentos de la Pasión de Cristo, tal y como Verónica había dibujado en su diario.

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La muerte en vida, por Fernando Rosales Naya

Quien lo hubiese conocido, no habría dado crédito. Estaba llorando. Su entereza se licuaba en aguas tan gruesas y copiosas que ni las innúmeras e invisibles lanzas que arrojaba el Sol desde su cénit hubieran podido evaporarlas. Mediodía en Valaquia… hummm
Allá en lo hondo de su cabeza las cosas no estaban mejor. No acertaba a hilvanar idea alguna. Sentía que blancas lombrices, largas como estacas, horadaban sus recuerdos. Voraces ratas grises roían su sentir. Llamas escupidas por dragones calcinaban su valor. Y cuando todo esto amainaba, negros vampiros absorbían su voluntad.
Con todo, el Más Compasivo concedió alegrarle la antesala de sus últimas horas -tal vez días- con ensueños reconfortantes. Recordó así que había amado, siquiera fugazmente, a todas sus cinco esposas, a cada cual más bella, e incluyendo a una sirena marsipiosa. Que su audacia, y la misericordia del Generoso, le habían permitido escapar de la miseria a la que los restantes jóvenes de su aldea siempre quedaron atados. Que su corcel no podría ser montado por los victoriosos enemigos, toda vez que había entregado su vida atravesado por las lanzas. O que aunque propiamente ya no moriría en combate, ese que acababa de decidir que cayese prisionero, allá, en el Paraíso, el Justo lo premiaría con sensuales huríes; no en vano, iba a llegar a su fin por haber contribuido con su esfuerzo a la guerra que el sultán Mehmet lanzara para poner fin a tanto horror.
Poco duró la ensoñación. Menos que las lágrimas que aún se le escurrían. El miedo regresó. Y no era miedo a morir, sino a no poder hacerlo de inmediato. Pues no otra cosa que promesa de vida en muerte era esa imagen que ahora el contraluz le recortaba desde el sur. Semejaba un agujero que absorbiese todos los rayos solares para después devolverlos. O esa te[m]pestad que sin ser vista conmueve los cimientos de la vida. La imponente montura era negra como la nada, y descansaba sobre cuatro patas largas y robustas, estacas premonitorias de lo peor. A su lomo, el destello acorazado que casi lo cegaba se había alzado sobre lo estribos. Bastó ese gesto del jinete para que sus seguidores -temerosa mezcla de guerreros blindados junto a sacerdotes armados de crucifijos- lo miraran nerviosos. Aunque él no podía discernirlo, su faz era por sí la emisaria de la Muerte: ojos rotundos como escudos, nariz larga y corvada similar a cimitarra, cejas y bigotes ensanchados cual mandobles de cristianos, densas pestañas que como visera de casco ensombrecían más, si cabe, un rostro cuya encarnada tez parecía vampirizar la sangre de los enemigos. Y bajo el yelmo, envolviéndolo todo, ríos rizados de negro muerte se escurrían más densos que la crin de su caballo. Movió sus labios con calma, para que de entre las almenas de su boca irrumpiesen palabras contundentes y veloces, proyectadas desde su mazmórreo paladar como si de piedras catapultadas se tratara. A sus órdenes, varios acólitos alzaron con presteza cinco círculos concéntricos de estacas.
Y ahora lo miraba a él.

La Papisa Juana

Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam!

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¿Algún día veremos sentado en el trono de San Pedro a un papa negro? Y ahora que el Papa Francisco parece que abre la veda para que los sacerdotes puedan contraer matrimonio… ¿habrá de nuevo algún día un papa casado? (recordemos que el asunto del celibato es una ocurrencia “reciente” del S XVI) ¿Y una mujer? ¿Será posible ver una papisa?

Cuenta la leyenda que en el medievo, tal y como atestiguan las cartas del tarot, ya hubo una: la papisa Juana. Según cuentan las crónicas medievales Juana nació en Ingelheim, cerca de Maguncia (Alemania) allá por el siglo 822. Como a las mujeres no se nos permitía acceder a la cultura Juana se disfrazó de hombre y viajó a Atenas para poder estudiar. Todos la conocían como Juan el inglés. Una vez finalizada su formación se marcha a Francia, donde prosigue su formación en varias abadías. Finalmente se traslada a Roma donde, a la muerte de León IV, es elegida como sucesor(a) en el 855, aunque otros autores datan esta historia en el S XI.
Sí, ciertamente todo esto tiene muchos visos de ser una leyenda aunque muchos escritores coetáneos conceden verosimilitud a la posibilidad de que una mujer haya ocupado el puesto de Papa con vestiduras de hombre.

Sin embargo para rebatir esta idea, a lo largo de los siglos otros escritores llevados por actitudes misóginas inventaron un final de cuento humillante para la supuesta papisa: contaron que ella se había quedado embarazada pero que gracias a los amplios ropajes había logrado ocultar su preňez. Dicen que se descubrió el fraude durante una procesión, cuando sufrió los dolores del parto y comienzó a dar a luz. En unos cuentos la muchedumbre, indignada, la ajusticia allí mismo; en otros, ella muere pariendo.
Así los relatos machistas otorgan esta moraleja zafia el por qué una mujer no podría ser papa: es falsa y cede a los placeres de la carne.
Esta historia mentirosa caló tanto en el bajo medievo que durante un tiempo se usó un trono papal de mármol (realmente había sido un váter y hoy es una pieza de museo) que tenía en su centro un hueco por el que los cardenales metían la mano y comprobaban que, efectivamente, quien ocupaba la Silla de San Pedro era realmente un varón. Ya había bastantes envenenamientos y luchas encarnizadas por ocupar el trono como para compartirlo además con el otro sexo.

Querido corazón nocturno que hasta aquí has leído; si analizas la historia del mundo te darás cuenta de que, salvo algunas religiones primigenias, el resto de los credos no ha tenido, ni tiene, respeto por la mujer.
Y si no somos todos iguales entonces la Tierra es realmente un lugar sin ley y sin Dios. Por eso , cambiando de planeta, la cosmogonía de Malvadia contempla Diosas y Dioses. En Malvadia nunca hubo guerras santas porque cada uno le reza a quien tiene a bien; incluso existen altares para los dioses desconocidos. Así, más allá de la Galaxia de Suspiria algún Dios o Diosa anómima deja caer, enternecida, una estrella fugaz.

Inés

Inés de Castro

Todos los grandes nobles portugueses estaban alineados delante del trono de su reina. Hace muy poco tiempo habían descubierto que su recién nombrado rey, Pedro I, se había casado en secreto con ella y ahora les exigía que le prestasen el juramento debido.

 Los nobles presentes trataban de conservar la calma, la gallardía propia de aquellos grandes linajes del siglo XIV en Portugal. Sin embargo, sus rostros descompuestos evitaban mirar fijamente hacia su reina, hacia la amadísima esposa de su rey.

 Los presentes recordaban la reciente historia de traición y asesinato que había sacudido la corte en los últimos tiempos, historia en la que ellos habían participado activamente y que ya algunos habían pagado bajo el hacha del verdugo sentenciados por el nuevo monarca Pedro que ahora exigía tributo a su esposa, a su reina.

Y todos y cada uno de ellos fueron avanzando hacia el trono, inclinándose y, con mucho cuidado, besando tímidamente la mano seca, fría, correosa, de Inés de Castro, incapaces de mirar a los ojos vacíos de la reina de Portugal asesinada hacía más de dos años.

Fue Alfonso IV, padre del rey,  quien incitado por algunos nobles lusos ordenó asesinar a Inés en 1355.  Roto de dolor y rabia, el futuro Pedro I de Portugal se puso entonces al frente de un ejército para luchar contra progenitor en una guerra que devastó todo el norte del país. Durante un breve tiempo aplacó su ira llegando a reconciliarse con su padre pero a la muerte de éste puso en práctica una venganza muy especial. Una vez en el trono, ajustició a los asesinos directos de su amada mujer y celebró esta ceremonia que la vieja hidalguía portuguesa presenciaba ahora con horror y resignación: estaban rindiendo tributo al cadáver de su reina.