Inés

Inés de Castro

Todos los grandes nobles portugueses estaban alineados delante del trono de su reina. Hace muy poco tiempo habían descubierto que su recién nombrado rey, Pedro I, se había casado en secreto con ella y ahora les exigía que le prestasen el juramento debido.

 Los nobles presentes trataban de conservar la calma, la gallardía propia de aquellos grandes linajes del siglo XIV en Portugal. Sin embargo, sus rostros descompuestos evitaban mirar fijamente hacia su reina, hacia la amadísima esposa de su rey.

 Los presentes recordaban la reciente historia de traición y asesinato que había sacudido la corte en los últimos tiempos, historia en la que ellos habían participado activamente y que ya algunos habían pagado bajo el hacha del verdugo sentenciados por el nuevo monarca Pedro que ahora exigía tributo a su esposa, a su reina.

Y todos y cada uno de ellos fueron avanzando hacia el trono, inclinándose y, con mucho cuidado, besando tímidamente la mano seca, fría, correosa, de Inés de Castro, incapaces de mirar a los ojos vacíos de la reina de Portugal asesinada hacía más de dos años.

Fue Alfonso IV, padre del rey,  quien incitado por algunos nobles lusos ordenó asesinar a Inés en 1355.  Roto de dolor y rabia, el futuro Pedro I de Portugal se puso entonces al frente de un ejército para luchar contra progenitor en una guerra que devastó todo el norte del país. Durante un breve tiempo aplacó su ira llegando a reconciliarse con su padre pero a la muerte de éste puso en práctica una venganza muy especial. Una vez en el trono, ajustició a los asesinos directos de su amada mujer y celebró esta ceremonia que la vieja hidalguía portuguesa presenciaba ahora con horror y resignación: estaban rindiendo tributo al cadáver de su reina.

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150 años no es nada

Fotografía inquietante

 

La fotografía de la izquierda fue realizada en el periodo de la guerra civil norteamericana (1861-1865).  La de la derecha está realizada en nuestros días y todos sabemos que se trata de John Travolta. Dos fotografías separadas por 150 años, dos fotografías de dos personas ¿distintas?.

Hay quien hablará de vampirismo, de salto en el tiempo, del elixir de la eterna juventud o, simplemente, de una casualidad cómplice. ¿Qué decis vosotros?

La balsa de la Medusa

La Balsa de la Medusa (1819)  de Théodore Géricault

La Balsa de la Medusa (1819) de Théodore Géricault

En 1816, la fragata Medusa comandando varios navíos, partía de Francia destino a Senegal. La arrogancia de su capitán el  Vizconde Hugues Duroy de Chaumereys, empeñado en llegar el primero, unida a su incompetencia, hizo que el barco se desviase de su rumbo y acabase encallando en un banco de arena frente a las costas de Mauritania.

Los 6 botes de la fragata no eran suficientes para las 400 personas embarcadas  por lo que se decidió construir una rudimentaria balsa donde 146 personas se apiñaron arrastrados por uno de los botes con la intención de llegar a las costas africanas distantes unos 70 kilómetros.

Pero muy pronto el capitán decidió dejar a los náufragos de la balsa abandonados a su suerte. Comienza aquí una terrible experiencia colectiva humana: desesperados, hambrientos y sedientos, se produjeron matanzas donde los más débiles perecieron, unos comieron de sus compañeros muertos y bebieron su sangre, unos se arrojaron al mar ante el espanto y la locura y otros simplemente murieron o se dejaron morir de hambre. Cuando 13 días después la nave Arqus  de forma completamente casual encuentra la balsa,  sólo habían sobrevivido 15 hombres.

Théodore Géricault (1791-1824) alcanzó fama internacional con esta obra de gran formato que se considera una de las grandes del romanticismo francés. Si algún día vais por el Museo del Louvre en París no dejéis de admirar este cuadro, quizá, sólo quizá, podáis sentir el horror de hace casi 200 años.