Susurros desde el campo del descanso (III): El conquistador

Desde que aliento entró en mí, supe que mi destino era la tierra entera. Y desde que supe espirar palabras, el silencio de mi padre se alió con los que me negaban tributo.

Crecí rodeado de muros que arietaba con la mente: me imaginaba conquistando el norte, pero sólo era una burla de mi padre. Soñaba con el sur y su espejo de estrellas, pero él prohibía todo brillo. Y, con el tiempo, languidecí en este oriente sin ver el oeste de mi anhelo. Mi padre aún callaba.

Durante un tiempo, me creí derrotado. No veía más vida que la casa paterna, ni oía más futuro que su pasado. Pero en la batalla decisiva, mi ejército fue valeroso y no tuvo miedo de abrir fuego.

Ahora se ha cumplido mi destino: ahora y por siempre soy el emperador de mí mismo. Porque esta tierra, toda esta tierra que me rodea y me cubre, la he conquistado con mis propias manos.

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Susurros desde el campo del descanso (II): La bibliotecaria

Antes de todo esto, hubo un pasado en el que construía puentes. Más que puentes, pasarelas transparentes, como si un cuarzo se hubiese disuelto en bruma. Más que pasarelas, caminos de tierra amasada en palabras. Cadenas entre personas y libros.

Era bibliotecaria, y el mostrador era un prado donde clareaban hojas de muertos para deleite de vivos.

Ahora que yo misma me he incorporado a la legión de los ya existidos, sucede algo que aún no entiendo: vienen a mí todas aquellas historias que hice leer y se proyectan sobre el cielo de mi lecho. Y cuando el ficticio ejército de los concebidos en sudor y tinta desfila entre la madera ya podrida, me asombran sus colores y sus riñas, sus cantos y sus lodos.

No sé por qué se me ha concedido a mí la potestad de recibir esta embajada dichosa, pero los susurros de mis compañeros de descanso dicen: “cuéntanos más, tú que anudas el lazo entre todos nosotros”, y ésa es quizá la respuesta: cada vez que cuento lo que otros han visto y sentido, me transformo en la eterna sombra del lenguaje sobre el silencio. En la eterna victoria de la palabra sobre el mundo.

Susurros desde el campo del descanso (I): La madre pobre

“No me lo merezco, pero ¿sabes? aquí me siento tan sola…

A veces, cuando la lluvia se filtra entre el musgo y el mármol con mi nombre, me despierto en tu recuerdo. Me acuerdo de tus lágrimas, pequeñas como tus manos entre las mías. Me acuerdo de las noches en vela y de tu mirada suplicando algo que no supe comprender. Porque no era sólo el hambre, ¿verdad?

Otras veces, cuando llegan hasta aquí los estallidos del pueblo en fiestas, siento un arañazo en lo que antes fue mi rostro y recuerdo el tumulto de sus golpes. Oigo, como un viento inmemorial: “¿Qué has hecho con él? ¿Dónde has escondido el cuerpo?”.

Cuando todo esto sucede, mi alma acartonada se despereza y, aunque ya no soy capaz de movimiento, finjo estirar mis piernas y rasgar mi sudario para responder a la mujer que, en mi agonía, gritó “¡matadla, como hizo con su hijo!”

Y le contesto, le contesto a todos, “¿acaso hicísteis algo por él cuando os pedía pan? ¿acaso sabéis cuánta tierra arranqué a la tierra para dar un lecho tierno a su ternura?”

Y me hundo en mi recuerdo cavando la tierra y nace una llaga infinita que me hace odiar mi alma.

Pero tú, tú me envías a veces un gorrión que se posa sobre mi castigo y me trae tu canto diciéndome que aún me quieres y que ahora ningún alimento te falta. Entonces lloro, porque sé que estás descansando muy cerca de mí y no puedo reposar contigo esta eternidad.

Pero también sonrío, y me gustaría tener de nuevo voz para poder responder a tu gorrión diciendo: “gracias por tu perdón, mi niño querido. No me lo merezco, pero tú, sólo tú, sabes que aquí me siento tan sola, tan sola, tan sola…”

“El sueño del hermano”, una invención sobre varios relatos de Iago M.

Llegó el invierno. Lo susurran las gotas que cabalgan la humedad de la habitación. Llegó el invierno y he cerrado mis ojos. He cerrado mis ojos y he sentido tu aliento como escarcha sobre mí. Me has encontrado. Te he encontrado y nieva.
Nieva sobre nuestra infancia, cuando teníamos diez años y soñé que masticaba astillas de almendra.
Me despertaste aquella noche diciendo: “¿Qué sueñas, hermano? Salía saliva marrón de tu boca, como leños de un destino”.
Te conté que frutos de madera quebraban mi paladar y reíste:
“Pues yo soñé que morías”.
No añadiste nada más, por eso vienes ahora errante a detallar mi muerte. Por eso el cuarto huele a claveles y lirios. Por eso nieva y estamos juntos de nuevo.
“¿Era así como lo habías soñado, hermano?”
“No. Soñé que rasgaba tu cuerpo con las manos, y tanto mis uñas como tu pecho se convertían en cristales de azúcar”.
Huele a claveles y lirios. Huele a flores de reencuentro. Lames mi frente y dices:
“Ahora sabes a azúcar como un sueño de infancia. Sabes dulce, como un muerto”.
Sí, ya llegó el invierno. Duermo para siempre mientras caen copos de nostalgia sobre nosotros dos.