La saga del Fénix, V

La muchacha torció la boca con desagrado.

– ¿Se puede saber adónde me estás llevando…? No veo ningún manzano… Realmente, no veo nada. -Entrecerró los ojos, colocando la mano sobre éstos para hacer el amago de intentar ver entre la espesa neblina que nos envolvía; ello consiguió que blasfemase entre dientes, maldiciendo las estupidez humana.

No respondí a su pregunta, estaba demasiado atenta a su estado que esperaba que poco a poco desmejorase; pero no parecía ser así y ello me preocupaba.

– Estamos cerca. -Sentencié. A confesar la verdad, la mantenía caminando en círculos a la espera de que cayese de un momento a otro al suelo, sin vida; llevábamos un buen rato de la misma manera, pero no había síntomas de que la neblina le afectase. ¿Se habría deshecho la maldición?

No. No podía ser así, era imposible. Imposible.

Entonces…

– ¿Malon? -Dijo la muchacha, desorientada.- Malon, no dejes de hablar, no sé dónde estamos…

– Estoy aquí, estoy aquí. -Respondí al momento con cierto tono de resignación. Aún mantenía la falsa sensación de sorpresa, con lo que opté (tras unos instantes en silencio, de nuevo) por preguntar finalmente.- ¿Se puede saber quién eres tú, “humana”?

– Ohm, cierto; disculpa mi mala educación. -Posó la mano derecha sobre el pecho y desvió la mirada cara el último lugar en el que mi voz había retumbado antes de llegar a ella.- Mi nombre es Savior.