La saga del Fénix IV: Llamas de color coral y carmesí

Alanna posó la mano sobre el morro de su compañero mientras le ofrecía una de las manzanas que había recogido de las ramas más bajas de uno de los árboles cercanos hacía poco más de unos instantes.

El prado que los rodeaba a ambos compuesto de verde hierba parecía resplandecer cuando se dejaba mecer por la suave brisa, creando un agradable sonido bastante relajante que, junto al masticar del unicornio, era lo único audible en los alrededores desde hacía rato.

La muchacha sonrió, sin darle mucha importancia mientras su amigo se acababa la fruta con tranquilidad. Por lo menos hasta que la sombra surcó violentamente el cielo, convirtiendo la agradable brisa en una fuerte corriente que consiguió encabritar al animal.

Abrió de par en par los ojos cuando las -hasta entonces- tranquilos entes luminosos salieron de entre del verde mar de hierba, volando confundidas de un lado a otro mientras que el nervioso animal coceaba al aire en un intento desesperado por combatir el agarre de las riendas de su ama.

– ¿¡Dragones!? – Chilló espantada – ¿¡Qué hacen los dragones tan al norte…!? – Se giró con brusquedad cuando la enorme sombra sobrevoló la zona una segunda vez y, entrecerrando los ojos, hizo el esfuerzo de intentar identificar al animal con dificultad, ya que su compañero seguía relinchando con violencia y, tras unos instantes lo vio.

No a la figura, ni mucho menos. Si no como, fuera lo que fuese aquello, abría las fauces de par en par, dejando caer tras de sí un rastro de fuego de color coral que crepitaba a medida que se impregnaba a los manzanos de alrededor tornándose carmesí.

Alanna observó cómo miles de los entes que habían hecho acto de presencia con la brusca ráfaga de viento, sobrevolaban batiendo las diminutas alas en dirección contraria al fuego que comenzaba a invadir parte del Prado de las Mil Lunas en un baile frenético de luces de suaves colores.               Sacudió la cabeza, tirando de las riendas de la criatura ala par que comenzaba a correr siguiendo a las decenas de hadas que huían del fuego creado por la criatura alada que los acababa de sobrevolar, pero el animal estaba incluso más asustado y nervioso que ella, con lo que consiguió zafarse de su agarre con un simple tirón provocado al acelerar su galope; dejando a la pobre muchacha atrás.

La chica chilló cuando la horrible criatura pasó sobre ella, soltando de nuevo otro río de llamas tras su paso y, dejando así, a Alanna -junto a muchos de los entes que no habían conseguido escapar a tiempo-, rodeados por el fuego.

Fuego del que surgió una sombra. Humana… O casi.

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