La Saga del Fénix, III: Rumbo a las ruinas del Bosque de los Oscuros

La muchacha caminaba a tientas entre la bruma del bosque, palpando los troncos de los árboles con una mueca de cansancio.

Su respiración entrecortada se mezclaba con el mecer de las hojas y el cantar del viento que solía pegar fuerte en aquellas tierras desoladas.

– ¿Cuán…Cuánto queda para salir de este bosque…? – Preguntó de repente. ¿Cómo que cuánto quedaba para salir?

– ¿Cómo no puedes saberlo? ¿Es que no atravesaste el bosque antes de llegar a mí? – Negó con la cabeza. – ¿Y cómo has llegado hasta aquí sin atravesar las ruinas? – Dije en un tono que delataba mi curiosidad; para llegar hasta mí deberían atravesar el Bosque de los Oscuros y, en caso de querer atajar -como suelen hacer los estúpidos humanos-, deberías atravesar las ruinas de un castillo -las cuales se rumoreaba que estaban malditas-.                                               La única manera paralela a esta, era escalar los acantilados situados a la derecha de mi bosque.

Se encogió de hombros a la par que maldecía por lo bajo.

– Tres días si no nos desviamos del rumbo. – Respondí.

– ¿¡Tanto!? ¡P-Pero no tenemos comida ni agua!

– ¿Y para qué quiero yo eso? – Frunció el ceño.

– ¡Quizá tú no necesites nada, pero yo tengo que comer y beber para vivir! ¡Si no tuviese cuerpo como tú, tampoco lo necesitaría!

– ¿Y de dónde quieres que saque yo víveres? ¡Aquí no hay animales, y el río más cercano está a una semana a caballo de aquí! – Comenté molesta sin dejar de avanzar, pero me vi obligada a pararme cuando oí el desplome de la chica, desesperada a aquellas alturas.

– ¿Quién me mandaba venir aquí? – Protestó- Maldita sea… Voy a acabar muriendo antes de salir de aquí…

– Te dije que no me ocuparía de ti. No soy niñera de nadie. – Mascullé. Pero la necesitaba viva. – ¿No has traído nada? – Volvió a negar con la cabeza. – Pues tendremos que acercarnos al castillo.

– ¿Castillo? – Preguntó mientras que una chispa de esperanza se iluminaba en su mirada.

No di explicaciones, torné mi camino cara el oeste.

– Muévete o te perderás.

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A los Corazones Nocturnos:

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