La bruma que absorbe vida

 ¿Sabes qué sonido se escucha cuando los árboles lloran?

 Si hubiese tenido cuerpo, el escalofrío me hubiese recorrido el espinazo de arriba abajo cuando el grito de dolor del bosque llegó hasta mis inexistentes oídos, obligando a pararme en seco, horrorizada por lo que acababa de oír.

– ¿Pasa algo, Malon? – Preguntó la muchacha al ver que mi voz había cesado de hablar.

– ¿No… No lo oyes? 

– ¿Oír? ¿El qué?

– ¿N-no has oído el grito? – La muchacha negó con la cabeza, confusa. ¿Cómo no podía haber oído algo como aquello? Aterrador y penetrante como la mirada del mismísimo diablo, un grito sacado del infierno; de las llamas. ¿Cómo podía ser ajena a ello? ¿Quién era aquella humana que siquiera recordaba cómo había acabado en mis dominios…? 

 Antes de poder gesticular palabra de nuevo, volví a fijar mi etérea mirada en el punto que señaló la chica; el cual estaba siendo invadido por una espesa bruma amoratada que surgía de entre los árboles.

– ¿Qué es eso? – Dijo sin bajar la mano. 

– Niebla. -Respondí, aún un poco atacada.

– Eso ya lo veo, pero, ¿es normal que esté ahí?

– Si y no. – Comenté a la par que arqueaba una ceja, en expresión de duda. – No hace falta que pongas esa cara. Estoy yo más extrañada que tú. 

– ¿Puedes explicarte?

– Esa bruma rodea las ruinas del castillo al que te guiaba. Deja señal de la maldición que lo rodea. Más, saliendo del punto en el que estábamos, deberían de quedar dos días de camino aproximadamente. – Había fallado en mis cálculos… No era algo natural, pues, conocía el bosque de lado a lado; cada árbol, cada palmo, cada hoja… era capaz de reconocer cada piedra del camino. No era posible.

 Todo ocurría demasiado deprisa, y, todo desde que aquella estúpida humana había irrumpido en mi hogar sin previo aviso. No me fiaba de ella. Para nada. ¿Y si era el enemigo? ¿Y si ella había traído de vuelta al Fénix?… Nada cuadraba, ¿qué persona es capaz de llegar a un sitio sin recordar haber recorrido el camino hasta él? ¿Qué ser en Malvadia no es capaz de recordar la leyenda del Fénix? Necesitaba su ayuda, no lo niego. Pero no me arriesgaría.

– ¿Te has equivocado, entonces? – Espetó interrumpiendo mis pensamientos, con un tono casi tan burlón como la sonrisa que se había dibujado en sus labios. – No eres tan sabia, después de todo. – Volvió a escudriñar la mirada cara la neblina. – ¿Puedo pasar entre la neblina sin que me pase nada? – Preguntó preocupada.

 Aquella neblina absorbía la vida de aquel que se adentraba en ella. Poco a poco, morías lentamente… pero únicamente si eras un verdadero humano.

 Si mis sospechas eran ciertas, llegaría hasta el castillo sin daño alguno; más, si es humana, caería muerta antes de poder ver siquiera un pedrusco del que fue, en su día, hogar de un Rey.

– Tú simplemente pasa – Dije. – Cuando lleguemos, verás un manzano. Ahí, podrás reponerte de víveres.

La profecía del fénix~The prophecy of the phoenix

 El lago de los dragones ya se hiela,

 los demonios del bosque salen.

Las sirenas caminan sobre la tierra

y aquellas almas que estaban muertas,

despiertan de las profundidades.

 The dragon’s loch is getting cold,

 the demons leave the forest.

The sirens will start to walk on earth

and the ones who once were dead,

wake up from the deepest dephts.

phoenix

Inspirado en La Saga del Fénix, por Malon.

La saga del Fénix IV: Llamas de color coral y carmesí

Alanna posó la mano sobre el morro de su compañero mientras le ofrecía una de las manzanas que había recogido de las ramas más bajas de uno de los árboles cercanos hacía poco más de unos instantes.

El prado que los rodeaba a ambos compuesto de verde hierba parecía resplandecer cuando se dejaba mecer por la suave brisa, creando un agradable sonido bastante relajante que, junto al masticar del unicornio, era lo único audible en los alrededores desde hacía rato.

La muchacha sonrió, sin darle mucha importancia mientras su amigo se acababa la fruta con tranquilidad. Por lo menos hasta que la sombra surcó violentamente el cielo, convirtiendo la agradable brisa en una fuerte corriente que consiguió encabritar al animal.

Abrió de par en par los ojos cuando las -hasta entonces- tranquilos entes luminosos salieron de entre del verde mar de hierba, volando confundidas de un lado a otro mientras que el nervioso animal coceaba al aire en un intento desesperado por combatir el agarre de las riendas de su ama.

– ¿¡Dragones!? – Chilló espantada – ¿¡Qué hacen los dragones tan al norte…!? – Se giró con brusquedad cuando la enorme sombra sobrevoló la zona una segunda vez y, entrecerrando los ojos, hizo el esfuerzo de intentar identificar al animal con dificultad, ya que su compañero seguía relinchando con violencia y, tras unos instantes lo vio.

No a la figura, ni mucho menos. Si no como, fuera lo que fuese aquello, abría las fauces de par en par, dejando caer tras de sí un rastro de fuego de color coral que crepitaba a medida que se impregnaba a los manzanos de alrededor tornándose carmesí.

Alanna observó cómo miles de los entes que habían hecho acto de presencia con la brusca ráfaga de viento, sobrevolaban batiendo las diminutas alas en dirección contraria al fuego que comenzaba a invadir parte del Prado de las Mil Lunas en un baile frenético de luces de suaves colores.               Sacudió la cabeza, tirando de las riendas de la criatura ala par que comenzaba a correr siguiendo a las decenas de hadas que huían del fuego creado por la criatura alada que los acababa de sobrevolar, pero el animal estaba incluso más asustado y nervioso que ella, con lo que consiguió zafarse de su agarre con un simple tirón provocado al acelerar su galope; dejando a la pobre muchacha atrás.

La chica chilló cuando la horrible criatura pasó sobre ella, soltando de nuevo otro río de llamas tras su paso y, dejando así, a Alanna -junto a muchos de los entes que no habían conseguido escapar a tiempo-, rodeados por el fuego.

Fuego del que surgió una sombra. Humana… O casi.

La Saga del Fénix, III: Rumbo a las ruinas del Bosque de los Oscuros

La muchacha caminaba a tientas entre la bruma del bosque, palpando los troncos de los árboles con una mueca de cansancio.

Su respiración entrecortada se mezclaba con el mecer de las hojas y el cantar del viento que solía pegar fuerte en aquellas tierras desoladas.

– ¿Cuán…Cuánto queda para salir de este bosque…? – Preguntó de repente. ¿Cómo que cuánto quedaba para salir?

– ¿Cómo no puedes saberlo? ¿Es que no atravesaste el bosque antes de llegar a mí? – Negó con la cabeza. – ¿Y cómo has llegado hasta aquí sin atravesar las ruinas? – Dije en un tono que delataba mi curiosidad; para llegar hasta mí deberían atravesar el Bosque de los Oscuros y, en caso de querer atajar -como suelen hacer los estúpidos humanos-, deberías atravesar las ruinas de un castillo -las cuales se rumoreaba que estaban malditas-.                                               La única manera paralela a esta, era escalar los acantilados situados a la derecha de mi bosque.

Se encogió de hombros a la par que maldecía por lo bajo.

– Tres días si no nos desviamos del rumbo. – Respondí.

– ¿¡Tanto!? ¡P-Pero no tenemos comida ni agua!

– ¿Y para qué quiero yo eso? – Frunció el ceño.

– ¡Quizá tú no necesites nada, pero yo tengo que comer y beber para vivir! ¡Si no tuviese cuerpo como tú, tampoco lo necesitaría!

– ¿Y de dónde quieres que saque yo víveres? ¡Aquí no hay animales, y el río más cercano está a una semana a caballo de aquí! – Comenté molesta sin dejar de avanzar, pero me vi obligada a pararme cuando oí el desplome de la chica, desesperada a aquellas alturas.

– ¿Quién me mandaba venir aquí? – Protestó- Maldita sea… Voy a acabar muriendo antes de salir de aquí…

– Te dije que no me ocuparía de ti. No soy niñera de nadie. – Mascullé. Pero la necesitaba viva. – ¿No has traído nada? – Volvió a negar con la cabeza. – Pues tendremos que acercarnos al castillo.

– ¿Castillo? – Preguntó mientras que una chispa de esperanza se iluminaba en su mirada.

No di explicaciones, torné mi camino cara el oeste.

– Muévete o te perderás.

El Contrato

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El teleoperador resolvió todas mis dudas con serena amabilidad. La oferta, realmente, era inmejorable. Tres meses de conexión gratuíta con ADSL a cuatro megas, una tarifa plana de 9 euros al mes y un teléfono móvil de regalo si contrataba el servicio en ese mismo momento.
Mientras sopesaba las tarifas, el operador añadió algunos comentarios sobre la calidad del producto y su experiencia personal, que agradecí por su cercanía y sinceridad.
Finalmente, con gran educación, rechacé el ofrecimiento alegando las molestias de dar de baja mi línea actual y mi transitoriedad en el piso de alquiler donde vivía.

Debí sospechar de aquel inquietante silencio. Ignoro cómo sabía el operador el nombre de mis padres, o el lugar de trabajo de mi esposa, o la matrícula de mi coche, o el colegio de mis hijos. Ignoro de dónde salió aquella voz gutural que no paraba de proferir insultos.
Del resto de las amenazas apenas pude enterarme. Cuando le colgué, ya había empezado a maldecir en latín.

Jose Antonio Francés.

MIEDO ME DA. 78 relatos de humor y espanto.

Feliz cumpleaňos, maestro Lovecraft

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Lovecraft

Howard Philis Lovecraft (1890-1937)

“Toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro”. El drama de este autor, uno de nuestros favoritos, es la eterna búsqueda de un paraíso que ni tuvo. Vivió empecinado en escribir sobre ese paraíso, que siempre terminaba explorado en su forma monstruosa.
En cada cuento de Lovecraft hay esa bajada, ese descenso a los infiernos, esa marcha a lo desconocido. Lovecraft exigía lo fantástico como método de conocimiento y de supervivencia. Era demasiado aprensivo para confiar en lo real, su escepticismo era un escepticismo pasado de vueltas. Lovecraft era un solitario que escribía en revistas populares de poco o ningún prestigio literario. En su carrera quiso rodearse de hombres que fracasaron, cada uno en su modo, en la lucha con la realidad y juntos,  viven refugiados en la escritura.
Lovecraft, por encima de sus amigos, se consideraba un autor aristocrático, y en realidad inventó la literatura popular del siglo XX.

Lovecraft fue un profundo admirador de Edgar Allan Poe. Ambos escritores nacieron en la región norteamericana de Nueva Inglaterra y ambos pretextaron esta circunstancia para exhibir cierto dandismo. Los dos tuvieron una vida breve. Poe apenas llegó a conocer a su madre. Lovecraft, huérfano de padre, fue protegido hasta la crueldad por una madre maniática y por sus tías, y así se evaporó su infancia.  Poe sentó las bases del género fantástico de su siglo.  Lovecraft asentó las del siguiente, que fue, hasta hace relativamente poco, el mío.

Una mujer y su hija, encerradas hasta la muerte en Liberia.

El miedo al ébola transformó a Bellajah, en Liberia, en un pueblo fantasma, donde esporádicamente se escuchaban los gemidos de Fatu Sherrif, una niña de 12 años, que permaneció encerrada en su casa “ocho días sin comida ni agua”, junto al cadáver de su madre, antes de morir ella también.
 
Según este septuagenario con barba y pelo blancos, al que AFP entrevistó en Bellajah el domingo, la niña vivía sin problemas particulares con su padre, de 51 años, su madre, de 43 años, y su hermano mayor, de 15 años. El 20 de julio, al detectarse el virus en la familia, cundió el pánico en el pueblo de 500 habitantes. Estos se distanciaron de los Sherrif y pusieron al tanto de lo que ocurría a las autoridades.
 
Como estas tardaron en venir, los habitantes del pueblo protestaron levantando barricadas en la carretera que lleva a Sierra Leona. Cuando llegó el equipo sanitario, el padre ya había muerto cinco días antes, y la madre y la hija estaban enfermas. Solo el examen que se hizo al hijo para saber si tenía ébola dio negativo.
 
Los sanitarios recuperaron y enterraron el cuerpo del padre y «nos pidieron que no nos acercásemos a la mujer ni a su hija», explicó Momoh Wile. «Clausuraron las puertas y ventanas de la casa con la mujer y su hija adentro», agregó.
 
Ambas «lloraban día y noche, sin parar, y suplicaban a la población que les trajera comida, pero todo el mundo tenía miedo» de acercarse a la casa.
 
La madre murió el 3 de agosto y la hija quedó encerrada con su cadáver. «El 10 de agosto vinieron» los agentes sanitarios a llevarse el cuerpo y enterrarlo, prosiguió Momoh Wile, rompiendo a llorar. «Solo quedó la niña que se pasaba el día llorando», se lamentaba.
 
Desde la calle, no se ve el interior de la casa, ya que las puertas y ventanas están selladas, constató la AFP. Los gemidos de la niña se rompen esporádicamente el silencio en el que vive ahora el pueblo, casi desierto, con las calles llenas de pozos y cubiertas de basura.
 
scale.phpEn algunas casas, abandonadas rápidamente con las puertas abiertas también quedaron abandonados efectos personales. Las poblaciones de las aldeas circundantes rechazaron a los habitantes de Ballajah que huyeron, dice Momoh Wile. Estos habitantes “se fueron al bosque. Estoy aquí con algunos parientes de familias que también están en el bosque. Cabe decir que éste es un pueblo abandonado”, añade.
 
A Bernie, el hermano de Fatu, al descartarse que tuviera ébola, se le prohibió entrar en la casa, explica. No obstante, rechazado por los habitantes, se refugió en una casa abandonada, lúgubre, donde lo vio la AFP.
 
El joven está flaco, triste y parece muy cansado. Viste una camiseta sucia y descolorida y lleva sandalias viejas. “Aquí estoy. Aquí duermo y estoy todo el día. Nadie se me quiere acercar y eso que saben, porque la gente les dijo, que no tengo ébola. Cuando tengo hambre, voy al monte a buscar verdura”, dice.
 
El martes, Momoh Wile, en declaraciones telefónicas a la AFP, indicó que Fatu había muerto en la noche del lunes, sola, sin agua ni alimentos, y que no tenía noticias del hermano de la niña. Interrogadas al respecto, las autoridades sanitarias optaron por no hacer comentarios por el momento.
 
El número de muertos por el virus ébola superó el millar, con 1.013 fallecimientos hasta el 9 de agosto, según el último balance de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Liberia registraba 323 muertos.