La saga del Fénix, II: El espejo de Miradel el Trastornado

Hilda colocó bien la capucha de la capa de colores oscuros sobre la cabeza.

– << El bosque no miente >> – Pensó antes de darse la vuelta, apoyada sobre su enorme bastón de roble para observar las aguas del lago Miradel El Trastornado.

Las pequeñas botellas atadas al báculo, tintinearon cuando removió las oscuras aguas de éste con su apoyo de madera para observar lo que depararía el cruel destino y, una vez perdidas las ondas del agua, se pudo apreciar el reflejo de sus labios fruncidos en una mueca de preocupación.

– ¿A qué has vuelto esta vez? – Preguntó en un susurro al lago – ¿Con qué fin vuelves a pasear tus llameantes alas por nuestros cielos? – Planteó sin respuesta – Y lo que es más importante… ¿Cuántas vidas nos costará esta vez?

¡×l

– ¡Maldita humana! ¿No puedes ir más despacio? – Espeté en tono sarcástico – ¡A este paso el Fénix se nos adelantará! ¡Haz el favor y date prisa!
– ¿Más aprisa…? Llevamos tres horas caminando sin descanso, para un ser incorpóreo es fácil decirlo, pero para una “estúpida humana” no es tan fácil.

Dejé escapar una maldición por lo bajo, cediendo a regañadientes ante la propuesta de pararnos a descansar.

– No nos pararemos demasiado, aún queda mucho camino hasta Malvadia.
– Está oscureciendo.- Me replicó la muchacha – No es seguro pasearse por unas ruinas malditas a ciegas.
– Pero pararse a dormir en ellas es mucho más seguro, ¿no?
– Si me matan, que sea durmiendo.
– Tsk… Humanos…

A veces la joven me daba hasta pena.
Humana… con necesidad de dormir y comer, con cansancio y sed, un blanco fácil de herir… blandengues, estúpidos, lloricas y cobardes. La peor de las maldiciones.

Volví a quejarme entre dientes cuando la vi sacando la cantimplora de cuero para beber, revoloteando a su alrededor mientras musitaba una ruta rápida hasta la capital. Era curiosa la facilidad de molestar a un humano, volviéndose loco intentando seguir mi voz… ¿No son conscientes de que por mucho que escudriñen con la mirada no van a ver rastro de cuerpo alguno?

Su idiotez no tiene límites.

– ¿Has acabado ya? -Comenté en tono borde.
– Si, si… Ya voy…
– Más te vale moverte. Si te quedas atrás y mueres, no me haré responsable de tu cadáver.

 

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