El príncipe del lago Killarney (un cuento de hadas irlandés)

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Cuenta la leyenda que el desdichado Bill Doody se hallaba sentado en la orilla del lago Killarney. Parecía que estaba contemplando absorto la belleza de las aguas pero realmente meditaba acerca de cómo iba a hacer para pagar el alquiler al día siguiente. Ya debía un par de mensualidades y carecía de empleo. Pensaba en su familia, en sus queridos hijos. ¿Dónde los resguardecería de los inclementes chubascos de la primavera? Súbitamente, un alto y apuesto joven apareció donde el hombre, como invocado por los lamentos de Bill. El caballero lo miró compasivamente y derramó en el viejo sombrero de éste, que yacía en el suelo con una manzana en su interior para evitar que se lo llevase el viento, una bolsa de monedas de oro. Bill, estupefacto y con el corazón en un puňo cayó de rodillas ante tal repentina ofrenda y cuando se giró con los ojos hechos cascadas por la emoción, el atractivo joven había desaparecido.
Bill no pudo darle las gracias pero era un hombre formal y generoso, así que pescó un pez y realizó a toda prisa una corona de flores, dejándolos en el tocón donde se había sentado con la esperanza de que el caballero los encontrase.
A la mañana siguiente, Bill Doody fué donde su despiadado arrendador a pagarle el alquiler. Pagó orgulloso lo que debía y marchó, no sin mandar hacer antes un recibo a cambio de su oro.
Poco después, el avaro arrendador se acercó a su escritorio y se quedó aturdido al contemplar un montón de bollos de pan de gengibre en vez del dinero allí guardado.  Se enfureció y comenzó a gritar y a maldecir pero fue inútil. El oro se había transformado en pan y Bill llevaba consigo un recibo conforme se había realizado la transacción.
A partir de entones se cuenta que Bill Doody se hizo un hombre de fortuna y prosperaron sus empresas, bendiciendo a diario el nombre de O’Donoghue, el gran príncipe feérico que habita bajo las aguas del lago de Killarney y que según el propio Bill le favoreció el día en que más lo necesitaba.