La piel de la noche cubre Calacoayan, por Fernando Rosales Naya

Tal vez fue en la aldea de Calacoayan, no puedo asegurarlo. Puede que fuera septiembre.

Aunque probablemente tampoco. Porque -creo recordar- pocas noches habían pasado desde aquella
otra aciaga, que hoy algunos llaman triste. Lo cierto es que entramos allí dispuestos a hacer pagar a
sus habitantes por todas las desgracias que los de su estirpe nos habían infligido al expulsarnos de
Tenochtitlán, esa urbe hermosa como Venecia, depravada como Babilonia, que en mala hora el
Diablo fundó y espero que un día se lleve.
Habiendo, pues, entrado en la aldea, y tras matar a no pocos enemigos, no fui consciente de
que el fragor del combate me había separado de mi grupo para dirigir mis descalzos y polvorientos
pies hasta el infame lugar donde acaeció lo que contaros quiero.
Recuerdo que sucedió al rebasar la infausta puerta. Sí. Giraba en ademanes masculinos, pese
a su figura de mujer. Y no sentí deseo de poseerla, aunque desnuda se me mostraba. Puede que
fuese su desgreñada cabellera, medio bruna, medio carmesí. Tal vez fuera el olor que de ella
arrancaba la brisa: me devolvía a los rojos regueros que recorrieron mi piel en aquella noche acia…
o, ¡no, no! ¡Ahora recuerdo!: ¡¡¡hedía como los teñidos y repugnantes ídolos de sus demoníacos
templos, embadurnados del mismo color que el ácido zumo de ese raro fruto -otra obra del diablo en
este país del diablo- que llaman tomatl!!!.
Desvarío. Pero ¿qué ser nacido de madre no lo haría al evocar tan terrible escena? Trague
saliva el lector. Hacia ella avancé. Cuanto más yo me acercaba, más perdía ella su feminidad. Y más
me repelía. Sin duda, era progenitora de demonios, pues no leche, sino sangre, manaba de sus
pezones. Y ¿a qué degenerada casta podría pertenecer una hembra con cuatro pies y otras tantas
manos? ¿A qué demonios me enfrentaba? ¿Qué tentaciones había dispuesto el Altísimo para poner a
prueba a este pobre pecador? Fuera lo que fuese, de algo estaba seguro: hembra, desnuda,
sanguinolenta y agitada en procaz baile: sólo el Maligno podía encarnar el repugante cuerpo de esa
nueva Eva, al objeto arrastrarme al Infierno por vías que mis cortas luces no alcanzaban a imaginar.
Me armé de valor. Intenté convencerme de que mi morrión y mi coraza me salvarían de sus
más que seguras asechanzas. Sujeté con firmeza la macana arrebatada a un enemigo -había perdido
mi espada durante la desordenada huida en las aguas de Tacuba- y me repetí que nada como un
arma de Lucifer para devolverlo a él mismo a su morada.
Al alcance de mi brazo la tenía cuando me detuve. En mi pavor, no había reparado en el
bulto con que mis desnudos pies ahora tropezaban y que a fe me hubiese hecho caer si la única
mujer libre de pecado, la virginal madre de Nuestro Señor Jesucristo, no me hubiese protegido. Iba,
pues, a mirar el yaciente y molesto bulto, cuando antes de desviarse hacia el suelo mis ojos se
pararon sobre el torso de la diabólica danzante. Dando un giro me mostraba ahora su sinuoso dorso.
Y una larga carrera abría su piel de cuello a posaderas. Chorreaba sangre. Y más sangre
embadurnaba la piel que había debajo de su piel. ¡¡Por cien mil de a caballo!! Yo nada comprendía:
sangre sobre sangre… ¡Piel sobre piel…!
Mi turbada vista buscó entonces reposo en el bulto yaciente. Y no lo halló. Pues no había
descanso posible para el alma en aquel diabólico y hediendo recinto. Créame el lector: otra mujer,
más horrible si cabe, pero ésta inerte, tendida y retorcida cual sierpe en plena muda, y ya no
impregnada de sangre, sino en ella bañada. ¿Y donde estaba su pi…?
¡Entonces me iluminó el Señor!. Y me hizo recordar aquel terrible relato al que solo quien
haya convivido entre estos salvajes podría dar crédito. Circulaba por la mil veces maldita
Tenochtitlán. Y, ¡sí!, hablaba sobre la mujer siete serpiente, Chicome Cóatl en su degenerada
lengua, esa jerigonza que no se parece a idioma conocido alguno, sea de cristianos, marranos o
infieles, lo que prueba que estas gentes no descienden de la estirpe de Adán. Siete serpiente, digo,
que en tiempo de nuestra vendimia es muerta y desollada por un ministro del Diablo en ofrenda a
sus sanguinarios ídolos para que, según afirman, esta infausta y desgraciada tierra, que solo el
Maligno ha podido crear, pueda rendir sus frutos.
A punto de vomitar estaba cuando la danzante se volvió. Y su viril rostro acabó por
desvelarme la verdad. Aquel sacerdote de Satánas disfrutaba del calor que aún tuviera su nueva ypostiza piel.
Me encomendé a Santiago. Alcé la macana dispuesto a hendirle la cabeza. Mas bien sabe el
piadoso lector que los caminos del Señor son inescrutables, pues es su potestad escribir recto con
renglones torcidos. Estaba, pues, yo a punto de asestar el golpe mortal a aquel sanguinario ministro
del Maligno cuando nuestro Dios decidió salvarlo. Y dispuso para ello que detrás de mi, una viril
voz me increpase en correcto castellano. Era Fray Jerónimo Toscano, que hasta el repugnante
templo me había seguido sin notarlo yo, y que conmigo, sin yo saberlo, había presenciado la cruel y
terrible escena. Fiel a su costumbre, me contravino con su sutileza florentina:
“No lo hagáis, Pedro, no tengáis que arrepentiros vos, ni deban lamentar todos los hombres
de nuestra acosada hueste las consecuencias de vuestro impulsivo carácter y pecaminoso proceder.
La guerra que ahora libramos contra estos aztecas no ha hecho sino empezar. En ella necesitaremos
aliados, cuanto más despiadados, mejor. Y a fe que habremos de salir airosos de ella si ganamos
para nuestra causa a hombres como éste al que vos ahora, irreflexivamente, queréis matar, hombres
capaces de realizar los más terribles actos en nombre de su Dios. Perdonadle, pues, la vida; dejad
que yo lo convierta, y que haga de el un cruzado que combata por la verdadera religión, aquella que
nos enseña nuestra Santa Madre Iglesia y de la que yo soy humilde ministro. Pensad, en fin, que
tiempo habrá de hacerle pagar sus pecados, a él y a todos los de su jaez, cuando con su ayuda
hayamos logrado señorear sobre estas ricas tierras”.

Fernando Rosales Naya, profesor de historia en el CPI de Baralla y autor del ensayo ” Huyendo de Occidente”, publicado por la Ed. Zaera Silvar (y lo más importante,un querido amigo), ha escrito esta historia para siniestro disfrute de los miembros del Club de la Medianoche. Que lo gocéis, corazones nocturnos.