Leyendas escritas en fuego

A todos los que se ríen al oír “brujas”. A los que piensan que son viejas de verrugas en la nariz y escobas sobre las que vuelan en noches de luna llena en busca de niños. A todos vosotros que creéis que los orcos son seres sin corazón y despiadados, a los que pensáis que no hay ser más inofensivo que un hada o una sirena… Me atreveré a acusaros de no saber nada.

Mi nombre es Malon y he vivido más que cualquier hombre o mujer de Malvadia, he habitado aquí desde que los hombres comenzaron a desembarcar en cocas de madera y galeones en estas costas; arrasando todo a su paso: Playas, lagos, ríos, nuestros bosques…

Soy un espíritu sin cuerpo, una sombra, una imaginación para muchos y para otros, una pérdida de cordura. Algunos me llaman “La vigilante del bosque”, otros “Alma perdida”, la gran mayoría me conoce como “Ser del demonio y del mal” – idiotas hipócritas- , pero, sin duda, mi nombre favorito es “La susurradora entre sombras”. Y yo, como tal, mi cometido es susurrar desde las sombras toda historia olvidada para que en el mundo perdure a todos los que me quieran escuchar.

No aseguro que sean agradables; historias de amor con final feliz, pues, desde que tengo uso de razón, los hombres cometen errores y cada vez mayores. Mueren, viven, aman, odian, matan, dan vida… Es curioso que me teman a mí por el simple hecho de no poder verme cuando su enemigo puede ser el mismo con el que comparte lecho…

Sea como sea, si de verdad quieres oírme, escuchar un susurro entre hojas proveniente de la más remota sombra: aquí te espero.

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Los Siete Pecados Capitales – La ira –

¡Siento haber tardado tanto, pero los exámenes me traían loca…! Y, ahora que por fin se ha acabado podré dedicarme a escribir sin miramientos. 

Entre otras cosas, el último capítulo de Los Siete Pecados Capitales, que ahí os va, ¡disfrutad!

Lo sostengo entre mis brazos.

Está frío, la nieve comienza a cubrirlo… el revólver tampoco está caliente ya, pero aún huele a pólvora.

– <<Está muerto. Muerto. Lo he matado…>> -No recuerdo nada más. Simplemente el hecho de haber agarrado el arma y apuntarle antes de apretar el gatillo contra él.

¿Sabéis? Yo le quería. De verdad

Pero no pude evitarlo, él era un juez de prestigio y yo una fugitiva sin ley. Tardaste en darte cuenta, pero la amenaza de entregarme no me gustó. No me lo puedo permitir, no , no. Nunca.

Aún recuerdo cuando nos conocimos bajo este mismo cerezo, en este mirador… Era año nuevo, y un año pasamos juntos, volviendo aquí mil y una veces. Y aquí mismo te he matado. Ya no hay luz, sólo nieve cayendo sobre nosotros; sobre tu cuerpo inerte en el suelo, sobre el revólver.

Agarro éste mismo sin dejar de mirar tu cuerpo sin vida.

– <<No quería, te lo juro que no quería hacerte daño… Yo… >> -Las lágrimas calientan levemente mis mejillas y, en otro impulso, saboreo el frío metal – como la nieve de aquella noche…- la pólvora es amarga a mi paladar, pero, tras aquello, sólo habrá un dulce, dulce cerezo eterno junto a ti.