Susurros desde el campo del descanso (III): El conquistador

Desde que aliento entró en mí, supe que mi destino era la tierra entera. Y desde que supe espirar palabras, el silencio de mi padre se alió con los que me negaban tributo.

Crecí rodeado de muros que arietaba con la mente: me imaginaba conquistando el norte, pero sólo era una burla de mi padre. Soñaba con el sur y su espejo de estrellas, pero él prohibía todo brillo. Y, con el tiempo, languidecí en este oriente sin ver el oeste de mi anhelo. Mi padre aún callaba.

Durante un tiempo, me creí derrotado. No veía más vida que la casa paterna, ni oía más futuro que su pasado. Pero en la batalla decisiva, mi ejército fue valeroso y no tuvo miedo de abrir fuego.

Ahora se ha cumplido mi destino: ahora y por siempre soy el emperador de mí mismo. Porque esta tierra, toda esta tierra que me rodea y me cubre, la he conquistado con mis propias manos.

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