Muerte por vida

Esta entrada es un trozo de mi propio blog de historias de mi anime favorito (One Piece) es la segunda muerte más sádica de todo este anime, tras la de Shirohige o Barba Blanca, al que lo mata uno de sus hijos tras arrancarle la mitad de la cara y agujerearle el pecho. ¡Disfrutad!

· No me detuve en mi carrera hasta que oí las cuentas del collar caer al suelo. Me giré, bruscamente para ver lo que estaba pasando y el corazón me dio un vuelco.

¿Por qué estaba allí…? Ah, si… era cierto… Había visto como mis camaradas, mis amigos, eran bapuleados sin poder hacer nada, como desaparecian uno a uno ante mía. Daba gracias a que simplemente, nos hubieran separado.

Lúa y yo habíamos acabado en el barco de Padre, junto a mi familia adoptiva para llegar a la base de la Marina, donde habían cogido a mi mejor amigo, uno de mis hermanos. Había sido capturado por al que en su día, había llamado hermano, el que había matado a Tatch en nuestro propio barco, con su propio puñal.

Lloramos la muerte de nuestro hermano mucho tiempo. Yo enfermé, y, ocultándoselo a mi familia, huí de mi hogar. Ace lo hizo, pero por venganza.

Y allí estaba. De pie, aguantando el golpe del Almirante Akainu, para salvar a su hermano pequeño Luffy. Tampoco de sangre, ni de nuestra familia. Eran hermanos de por si, y, como el mayor, Ace, cumplió hasta el final.

Cayó de rodillas, Luffy lo agarró, escuchando el último aliento de Ace mientras miraba sus manos manchadas por la sangre que emanaba del pecho inexistente de su hermano.

Vi como su recién prometida, Lúa,  lloraba de rodillas, a su lado, suplicando que no se muriera, como Luffy negaba el echo de que su hermano se muriera, vi como decía sus últimas palabras: “Gracias por querer a alguien con sangre maldita…”

Y lo vi caer, al suelo, inerte y sin vida, de nuevo, impotente ante los echos. Como cuando desaparecieron mis amigos, como cuando mataron a Tatch y como cuando cayeron tantos hermanos en esta estúpida guerra, que, al final, habíamos perdido.

Lo que no vi, fueron las lágrimas que comenzaron a caer por mis mejillas, yo también lo negaba y suplicaba en silencio. Me dejé caer, con las manos temblorosas sobre el cadáver de mi mejor amigo y palpé el agujero de su pecho, manchándome las manos de sangre. De la que para mi, fue mi sangre.

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