Truco o trato, por Terrorífica Arancha

La noche del 31 de octubre una pandilla de niños salió en busca de golosinas.Petaron en casi todas las puertas de aquel pueblo pero cuando llegaron a una la observaron asombrados:estaba cubierta de cáscaras de huevo y envuelta en papel higiénico.Petaron a la puerta y una anciana les abrió,como no tenía nada de golosinas les ofreció entrar en casa y ellos aceptaron.Pasaban las horas y los padres de aquellos niños estaban ya muy preocupados

-Llamamos a la policía ,dijo uno.

-No,malo será que no vuelvan pronto…

A la mañana siguiente los padres de aquellos niños buscaban desesperadamente a sus hijos.

-¡Corred,teneis que ver esto!,dijo una madre observando un callejón.

Los niños habían muerto y sus cabezas colgaban en aquel cable. Todos los padres observaron aquella obra tan macabra y algunos comenzaron a llorar.
En sus cabezas estaba grabado con sangre: “TRUCO O TRATO,O ME DAS CARAMELOS O TE MATO”

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¡Se abren las puertas! La muerte monta sobre un caballo andaluz,

El hielo cae, y cruje bajo unas babuchas decoradas y llenas de rabia. Y si el hielo cruje, con el caerán las vidas de muchos inocentes, y no serán pocos los culpables que sobrevivan. Se escucha el llanto de un niño, que llora por instinto, porque aunque no sabe lo que ocurre, sabe que es malo, que cuando acabe no quedará nada, quizá tampoco él, y Alá tornará la mirada, y Mahoma no podrá hacer nada, salvo saludar  a los nuevos inquilinos de la casa… ¡Callen! ¡Escuchen…

-¡Llévenselo! ¡Llévense a este insolente viejo demente! Las pedradas le harán reflexionar sobre sus predicaciones profanas, y la muerte le dará su merecido.

¡¡Cállense!! ¡¡YA!! ¡Escuchen! ¡Escuchen… los caballos! ¡Ya están aquí! Escucho las espadas, veo la sangre y el dolor, y las miradas inocentes horrorizadas, y…

-¡¿Aún sigue aquí?! ¡Adelantad el lapidamiento! ¡Quiero ver sangre brotar de ese rostro sucio y profano!

¡Agghhh! ¿No lo escuchan? ¡¡Van a caer las murallas!! Ya puedo ver a los pobres campesinos, la cerámica de los artesanos se rompe sobre su nuca, ¡¡no lo quiero ver!! ¡Yo les he avisado! ¡Humíllenme después tanto como les venga en gana, pero yo decidiré mi muerte!

¡Agghhh! Yo… yo les advertí.

Se abren las puertas del palacio, cae desplomado el hombre y antes de que nadie comprenda quién realmente era, los cristianos entran, y la sangre baña las impolutas yeserías y ornamentaciones de las paredes.

Y el obeso y tirano emir cae derrumbado sobre sus rodillas, con una cimitarra atravesándole como si de una brocheta se tratase.

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Alice Human Sacrifice I : Picas

Éste era un pequeño sueño, un sueño tan, tan pequeño que tenía miedo de desaparecer. Así que, como remedio, se puso a pensar y pensar en cómo enmendar esto.. Y se le ocurrió, reclutar a gente para encerrarlos en sí mismo para no desaparecer nunca.

La primera persona a la que visitó era una muchacha alta, de pelo corto, castaño, y ojos tan rojos como la sangre, la misma sangre que había en el campo de batalla del sueño que libraba.

Al ver al pequeño niño, le gritó y gritó para que se fuese, la guerra no era lugar de niños. Pero el pequeño sueño se limitó a sonreír.

Cuando se quiso dar cuenta, la chica ya no vestía armadura, si no un vestido de seda del mismo color que sus ojos, llevaba la espada y en su mano, tenía grabada una pica, también roja. Tampoco estaba en el campo de batalla, si no en una pequeña plaza de una ciudad medieval.

Miró a su alrededor, buscando al pequeño niño, pero éste se había desvanecido. Entonces, oyó algo.. 

-“Si del sueño quieres salir, en la Alice te debes convertir…”-

¿Alice? Se preguntó…. Pasaron horas y horas, pensando en cómo convertirse en la Alice de aquel lugar sin que se le ocurriese nada.  Miró a una pequeña niña que corría por la plaza, en persecución de un gato blanco.

-“¡Claro!”- pensó – “¡Si soy la única de este lugar, soy la única que podría ser la Alice”..- Y, sin demorarse, sacó la espada. La sangre corría rápidamente entre las piedras marrones y grises del suelo, la gente gritaba, pero nada le importó.

-“Alice, debo llegar a ser la Alice para salir de aquí”.

A mucha gente mató, sí. Pero, cuando estuvo ella sola en la plaza, el pequeño sueño se le apareció delante, entre los cadáveres. Negó con la cabeza.

– “Tú no debes de ser la Alice, no, no..” – Un gesto, un gesto le bastó para hacerles aparecer en un bosque, muy muy oscuro, por el que el camino, era sangre, tan roja como los ojos de la mujer de la pica.

Y, de nuevo, se quedó sola, pero esta vez, no para bien. Los árboles de espino, la agarraron y comenzaron a tirar de ella hacia sí, mientras ésta se arrastraba, gritaba y pedía socorro. Pero de nada le sirvió, por eso, la primera Alice, ya murió.

La Casa Encantada – 3/7

Llegas a la puerta de la gran mansión y tocas a la puerta, … No hay respuesta, crees que tal vez no escucharon los golpes de la puerta y decides llamar al timbre: “Ding dong dong” … Es una melodía grave y siniestra, esperas un rato para a ver si abrían, pero te has recordado de que estaba abandonada, “¿Cómo se me pudo olvidar semejante cosa…?” ¿Cómo puedes investigar si la mansión abandonada está cerrada? Todo ha cambiado; Estás perdido y no sabes donde se puede encontrar tu casa, además de que no sabes nada sobre lo que le ha podido pasar a tus padres, sientes mas ganas de encontrar el camino hacia tu casa. Te alejas de la mansión y decides salir del bosque. Vaya, parece que el bosque es más largo que antes… ¿Qué le ha pasado? Parece interminable, por mucho que camines no sales del bosque, el camino se repite cada uno por tres y la mansión también aparece, es como si estuvieses dando vueltas en un mismo sitio, confuso, te paras y encuentras a Marta, la niña de antes.

-Tú malo…-Te mira fijamente-.

No sabes a que se refiere de que eres malo, te acercas a ella pero se aleja, el brillo en sus ojos azules le da un toque de inocencia, levantas las cejas y te agachas.

-¿Qué quieres decir?-Intentas acariciar la cabeza, pero se aparta-.

No obtienes respuesta, empiezas a escuchar las voces de antes, pero esta vez, dicen algo diferente, es como… Un eco… <<Tú…>> <<Tú…>>

Sales corriendo, ya crees que alejándote de la niña, las voces se irán.

El payaso Botones

 
 
 
Sucedió durante la fiesta de mi décimo cumpleaños. Mis viejos en ese entonces se estaban separando y las cosas andaban bastante mal en casa. Supongo que, para compensar, organizaron una gran fiesta donde hubo de todo, desde toboganes inflables hasta un mago que hacía trucos con la baraja. También contrataron un payaso. El Payaso Botones. Mi viejo lo había contactado a través de un anuncio del periódico. “El Payaso Botones, el mejor y más divertido payaso de la ciudad”, decía el anuncio. Lo recuerdo muy bien por la curiosa línea final: “¡Jamás podrás olvidar su último acto!”. 
 
    La fiesta transcurrió con normalidad, al menos hasta la aparición de ese maldito payaso. La tarta estaba deliciosa, y el mago no era muy bueno pero aún así nos divertimos como locos.  La tarde pasó rápido, y comenzó a hacer frío porque era otoño. Algunos chicos se fueron, y a otros los vinieron a buscar los padres, y cuando finalmente el Payaso Botones hizo su aparición, a eso de las seis, no quedábamos más de diez chicos en la fiesta. Y creo que fue una suerte, porque si hubiese habido más… bien, no sé qué habría ocurrido entonces.
 
   Ya cuando el payaso hizo su presentación, arrastrando las palabras y mirándonos con ojos acuosos y perdidos, nos dimos cuenta que sería un completo desastre. Se notaba que el rostro debajo de esa máscara de pintura era el de un viejo, tenía movimientos lentos y poco gráciles, incluso su voz chillona sonaba como el graznido de un cuervo agonizando en una rama. El payaso, ante nuestra impavidez, hizo algunas acrobacias y luego fingió caerse de espaldas sobre el césped. Sacó unos globos de su bolsillo y les dio forma de jirafas y perros. Su escaso público se dispersaba con rapidez, y los pocos que quedábamos ni siquiera nos molestábamos en disimular el bostezo. El Payaso, quizás percibiendo la debacle de su show, cambió la estrategia y comenzó a contar unos chistes de los tiempos de Matusalén, y fue entonces que mi padre intervino furioso. Habló a su oído pero nosotros escuchamos igual, porque nos encontrábamos a escasos metros de la escena. Mi padre le ordenó que concluyera el lastimoso espectáculo de una vez, a lo que el payaso respondió, algo petulante, que aún faltaba el último acto. Mi padre lo pensó durante unos segundos y quizás recordó aquel anuncio del periódico, que sin dudas picaba su curiosidad. “Está bien, haga su último acto y después váyase”, concedió entonces mi viejo, retrocediendo unos pasos para dejarlo actuar, aunque aún mirándolo en forma amenazante. Y entonces el Payaso Botones realizó el último y famoso número de su repertorio. Primero se paró frente a nosotros e hizo una torpe reverencia. Y luego, aferrándose los mechones de los costados con ambas manos, se sacó la cabeza. 
 
   Todos en el jardín gritamos, y mi padre por poco no se tragó el cigarrillo que sostenía entre sus labios. El payaso se puso la cabeza bajo la axila, como una pelota, y después comenzó a girar sobre sí mismo. Dio dos o tres vueltas y se detuvo, algo tambaleante. La cabeza bajo su axila fijó sus ojos en mí y luego sonrió. Al hacerlo, unas gotas burbujeantes de sangre asomaron por entre sus dientes amarillentos. Uno de los chicos sentado a mi lado se puso las manos sobre los ojos y comenzó a llorar a todo pulmón. 
  -Este es… el show… del payaso… Botones- borboteó la cabeza del payaso, entre horribles y sibilantes estertores-. Recomiéndenme… con… sus… amigos… 
   Sus ojos se pusieron en blanco y el cuerpo cayó sentado sobre el suelo. Comenzó a convulsionar. Nosotros contemplábamos la escena mudos de espanto, incapaces de hacer otra cosa. Las manos del payaso buscaron la cabeza con evidente desesperación y en un principio no la encontraron, porque había rodado a unos dos metros de distancia. Entonces mi viejo, que había palidecido y parecía como de cien años, se acercó unos pasos y empujó la cabeza con el pie, en dirección a los brazos del payaso. Las manos de Botones asieron la cabeza y la colocaron en su lugar. El payaso inhaló una honda bocanada, como si hubiese sostenido el aliento durante mucho tiempo, y luego se incorporó. 
  -Creo que ya estoy viejo para esto- murmuró a nadie en particular, limpiándose la sangre de sus labios con la manga de la camisa. Me miró y con una mano ensangrentada me revolvió el pelo-. Feliz cumpleaños, chaval. Espero que no me olvides nunca. 
   Recogió sus cosas y se fue, dejando a la fiesta envuelta en un sepulcral silencio.
 

Mauro Croche

Aisha Kandisha

Aisha Kandisha, hija del traidor don Julián, lleva en su sangre el veneno de generaciones de odio y miseria. Si alguna vez se os ocurre, niños, salir de casa después de que se ponga el sol, nunca os acerquéis a ninguna mujer, por hermosa y amable que sea. Y os lo digo yo, como mujer, como anciana, y como viuda.

-¿Por qué, vieja Aaminah? ¿Por qué no se puede?

-¡Abdul! ¿No te he contado esta historia ya unas mil veces? Muy bien, te refrescaré la memoria, pero que sea la última vez.

Por muy hermosa que se presenta la Aisha Kandisha no es otra cosa que una djina; son cientos los hombres que, al verla bañarse en un oasis, un río e incluso cerca de un pozo, no pueden evitar acercarse a ella, y antes de que puedan reaccionar ella vuelve a su forma real, una repulsiva vieja, con la piel corrompida por los siglos, y sus largos cabellos que son en realidad grises y mugrientos mechones que le caen a cada movimiento que hace. Rápidamente, sacaba un largo machete y segaba las cabezas de sus víctimas como si de trigo se tratara. En un suspiro, Aisha ya no estaba, y se veía una rojiza forma esférica flotar en el agua.

Pero claro, ese es el precio que un hombre pagaba por mirar a Aisha Kandisha, torturada por los invasores, traicionada por su propio padre, y una peligrosa djina que venga su propia muerte todas las noches, cerca de un río del Magreb.

Aisha Kandisha