Naturaleza, de Chris Priestley. Adaptación.

George era un joven apasionado de la naturaleza que fue embarcado forzosamente en un barco.

Tras una terrible tempestad que se cobró la vida de cinco hombres, de los cuales dos murieron tras partírseles la nuca en las jarcias y caer su cabeza, deformada y ensangrentada, en la cubierta; el barco quedó atrapado en una gigantesca maraña de algas. Los marineros lucharon y lucharon, pero el barco seguía encallado. George veía en esas algas un aire paranormal, insólito. El joven, que era muy aficionado a los invertebrados, se fijó un día en un caracol marino que se arrastraba por la proa. Era extremadamente raro, así que se lo enseñó a un marinero.

-Veamos- dijo el fornido hombre – Sí, es muy…

Pero no pudo acabar la frase. En cuanto el cuerpo del caracol tocó el dedo del marinero, este soltó un alarido que se escuchó en todo el barco.

-¡Aaaaaaahh! ¡Ese maldito bicharraco me ha mordido!- Y cuando se lo soltó y lo tiró al suelo, todos se quedaron enormemente asombrados:

-J… Jim, ese… ese bicho, ¡Te ha arrancado de un solo mordisco la carne de medio dedo!

Le hicieron todo lo posible, pero era demasiado tarde: Jim, que así se llamaba, se había quedado sin pulgar.

Pero entonces, sucedió algo increíble: una docena de caracoles, como atraídos por la sangre del marinero y los restos de su congénere, treparon desde las mugrientas algas hasta el barco. Todos los caracoles fueron eliminados, pero sus restos atraían a más y más caracoles. Un marinero se dejó llevar por el pánico y trepó por el mástil, pero se resbaló, cayó, y a la media hora las alimañas solo habían dejado un montón de huesos. A la noche, parecía que ya los habían liquidado a todos. Pero estaban muy equivocados: a la mañana siguiente, los moluscos se habían adueñado de la nave, y habían devorado vivos a cinco hombres. Tres hombres intentaron escapar en un bote salvavidas, pero los caracoles devoraron la madera de la barca y de sus tripulantes no dejaron ni rastro…

George, sin poder evitarlo, se metió en su camarote hasta la mañana siguiente. Cuando despertó a la mañana siguiente, solo vio los esqueletos de todos y cada uno de los miembros de la tripulación.

Observó que los caracoles se habían esfumado, pero, cuando subió a cubierta y se dio la vuelta vio, sin exagerar, unos cuantos millones de caracoles que, furibundos y hambrientos, se abalanzaban sobre él.